A rodar
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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Lo de Samanta Arenaza (34) y Carlos Platz (36) es envidiable. O mejor dicho, y dado que la sana envida no existe, admirable.
Concretaron eso que tantas veces se nos cruza por la cabeza y por una razón u otra lo posponemos: largar todo y viajar.
Pero no viajar con pasajes y hoteles reservados ni con boletos de vuelta y fechas de retorno. Viajar: echarse al mar, levantar vuelo, hacer camino al andar.
La decisión tampoco fue fácil para ellos. Tanto es así que fueron años de juntar algunos dólares y de convencer a propios y ajenos.
Con la decisión tomada, el resto fue más sencillo: poner en condiciones el Renault 12 y planear la ruta, ponerle punto de partida, de llegada y de retorno. Patagonia, Alaska, Tandil, en ese orden.
El comienzo fue en febrero de 2009, cuando la break verde modelo 81 puso primera en Ushuaia. El sueño de Samanta y Carlos creció desde el pie, como la canción de Alfredo Zitarrosa. Fue la Patagonia, Cuyo y el cruce de la Cordillera.
Luego vendría la América Inca, Bolivia, Perú, Ecuador; el Caribe, la América Central y morena y el Norte: México, Estados Unidos, Canadá y el otro polo: Alaska.
Bastante antes, los ahorros se habían terminado, pero las ganas no y el renolito seguía firme.
Para ese entonces, la pareja ya formaba parte de ese mundo particular de los viajeros. Un mundo de solidaridad sin fronteras, de caminos peligrosos, de aduanas burocráticas, de culturas diferentes, lenguajes comunes y comidas exóticas. Y esto es, justamente, lo que estaban buscando: la aventura.
Hoy, el camino de regreso lo marca la disponibilidad de dinero; el jornal que puede conseguir Carlos en alguna changa y la buena voluntad de la gente que se junta en la plaza de los pueblos a escuchar las anécdotas de su viaje o a comprarles el libro. Como juglares del nuevo siglo, la pareja relata sus historias a medida que las vive.
Por estos días, Samanta y Carlos están en el norte de Brasil. Los espera una larga travesía por el Amazonas. Será larga y también cuidadosa, porque a diferencia de la ida, este retorno viene con un nuevo ser creciendo en el vientre de la mamá viajera.
Luego de un buen tiempo en Brasil los espera Paraguay, la exuberancia de sus verdes y sus ríos, después el Uruguay que tanto se nos parece y por fin el hogar.
No hay fecha de regreso, pero la idea es que ese hijo concebido en algún punto de la América nazca en Argentina. Si es así, se cumplirá el deseo de sus padres. Y si no, no importa. Igual llevará en la sangre y en la memoria, palmo a palmo, metro a metro, los casi cien mil kilómetros de continente recorrido.
En el blog de Carlos y Samanta -adonde de tanto en tanto nos metemos para saber de su viaje- hay una confesión que en algún sentido responde nuestra pregunta: "A diario nos preguntamos qué va a suceder cuando termine este viaje. Es un sueño del que nos va a costar despertar. Pero si un día nos animamos a salir y dejar todo lo que teníamos para vivir algo desconocido; en un futuro nada va a ser tan difícil como regresar adonde ya conocemos".
Al fin y al cabo, de eso se trata concretar los sueños: echarse al mar, levantar vuelo, hacer camino.
Concretaron eso que tantas veces se nos cruza por la cabeza y por una razón u otra lo posponemos: largar todo y viajar.
Pero no viajar con pasajes y hoteles reservados ni con boletos de vuelta y fechas de retorno. Viajar: echarse al mar, levantar vuelo, hacer camino al andar.
La decisión tampoco fue fácil para ellos. Tanto es así que fueron años de juntar algunos dólares y de convencer a propios y ajenos.
Con la decisión tomada, el resto fue más sencillo: poner en condiciones el Renault 12 y planear la ruta, ponerle punto de partida, de llegada y de retorno. Patagonia, Alaska, Tandil, en ese orden.
El comienzo fue en febrero de 2009, cuando la break verde modelo 81 puso primera en Ushuaia. El sueño de Samanta y Carlos creció desde el pie, como la canción de Alfredo Zitarrosa. Fue la Patagonia, Cuyo y el cruce de la Cordillera.
Luego vendría la América Inca, Bolivia, Perú, Ecuador; el Caribe, la América Central y morena y el Norte: México, Estados Unidos, Canadá y el otro polo: Alaska.
Bastante antes, los ahorros se habían terminado, pero las ganas no y el renolito seguía firme.
Para ese entonces, la pareja ya formaba parte de ese mundo particular de los viajeros. Un mundo de solidaridad sin fronteras, de caminos peligrosos, de aduanas burocráticas, de culturas diferentes, lenguajes comunes y comidas exóticas. Y esto es, justamente, lo que estaban buscando: la aventura.
Hoy, el camino de regreso lo marca la disponibilidad de dinero; el jornal que puede conseguir Carlos en alguna changa y la buena voluntad de la gente que se junta en la plaza de los pueblos a escuchar las anécdotas de su viaje o a comprarles el libro. Como juglares del nuevo siglo, la pareja relata sus historias a medida que las vive.
Por estos días, Samanta y Carlos están en el norte de Brasil. Los espera una larga travesía por el Amazonas. Será larga y también cuidadosa, porque a diferencia de la ida, este retorno viene con un nuevo ser creciendo en el vientre de la mamá viajera.
Luego de un buen tiempo en Brasil los espera Paraguay, la exuberancia de sus verdes y sus ríos, después el Uruguay que tanto se nos parece y por fin el hogar.
No hay fecha de regreso, pero la idea es que ese hijo concebido en algún punto de la América nazca en Argentina. Si es así, se cumplirá el deseo de sus padres. Y si no, no importa. Igual llevará en la sangre y en la memoria, palmo a palmo, metro a metro, los casi cien mil kilómetros de continente recorrido.
En el blog de Carlos y Samanta -adonde de tanto en tanto nos metemos para saber de su viaje- hay una confesión que en algún sentido responde nuestra pregunta: "A diario nos preguntamos qué va a suceder cuando termine este viaje. Es un sueño del que nos va a costar despertar. Pero si un día nos animamos a salir y dejar todo lo que teníamos para vivir algo desconocido; en un futuro nada va a ser tan difícil como regresar adonde ya conocemos".
Al fin y al cabo, de eso se trata concretar los sueños: echarse al mar, levantar vuelo, hacer camino.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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