Acechanzas
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailMe pasa a veces, cuando camino muy cerca de la pared. Cuando paso por una ventana con postigos cerrados y mirillas abiertas. Me pasa de intuir una presencia del otro lado, una mirada, una respiración contenida.
Más que una percepción tal vez sean recuerdos que intentan corporizarse; imágenes que me llegan del barrio de la infancia. Porque en mi barrio y en mi infancia todavía se practicaba el oficio de espiar.
En mi cuadra había dos vecinas que se dedicaban al rubro. Una de ellas, de carácter afable, siempre atenta y de buenos modales. Debió tener por aquel tiempo no muchos más años de cuarenta, a pesar de que su rostro y mi insolencia se empecinaban en hacerla vieja.
Pasaba las tardes parada en la puerta de su casa, ubicada estratégicamente a mitad de cuadra. De esquina a esquina no había movimiento que escapara a su disciplina vigilante. Sólo las lluvias intensas postergaban su hábito. Imagino ahora su aburrimiento de encierro y aguacero entre las cuatro paredes de una cocina que asumo oscura y silenciosa.
Fue a partir de su pertinaz costumbre del ‘buenas tardes’ que aprendí a saludar a los vecinos. Apenas recuerdo el timbre de su apellido, algo que sonaba como Roldán y que, a falta de nombre, en mi casa iba antepuesto por un "la de…".
Seguramente la de Roldán habrá sabido de mí, de mi niñez y mis juegos, de mis salidas, de mis llegadas y costumbres, de mis amigos, más de lo que yo mismo puedo recordar ahora.
En mi casa, y estimo que en todas las del barrio, no gozaba de las mayores simpatías. Sin embargo, en más de una ocasión sus servicios de vigilancia eran muy bien recibidos por la indisimulable curiosidad patológica de mi vieja y otras vecinas.
A su manera, era reservada. Si nadie le preguntaba, mantenía una delicada discreción sobre lo que había visto. Ante la primera pregunta solía ser generosa en datos, nombres y detalles.
En la vereda de enfrente y un poco más hacia la esquina vivía Doña Rita.
A poco de llegar al barrio, nos enteramos (a través de la de Roldán) que era viuda. Vivía sola en una casa que en algún momento debió ser la más linda de la cuadra pero a la que también la viudez fue dejando huellas de ausencias.
La ventana de la habitación daba a la calle y tenía unos postigos de hierro, descascarados y grises, con una de esas mirillas que abren y cierran en el centro. A diferencia de su vecina de enfrente, la vigilancia de Doña Rita era disimulada, oscura. Había algo temible detrás de esa mirilla, una acechanza, algo sórdido e inexplicablemente para mí, peligroso.
Y así como estoy seguro de que la de Roldán sabía más cosas de mi vida de las que hoy puedo recordar, sospecho que Doña Rita sabía más de mí que yo en ese momento.
Desconozco si en estos nuevos barrios de mi madurez se practican aún estas costumbres.
A veces, mientras camino muy cerca de las paredes, intuyo alguna presencia detrás de postigos cerrados.
Sólo en esos casos me invaden ciertas inquietudes de temores lejanos. Como si alguien supiera de mí, más que yo mismo.
O tal vez sólo sea paranoia.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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