Acostumbrado a los retos, Evo Morales enfrenta un referendo de alto riesgo
Para lograr sortear esa consulta, el aymara Morales, un dirigente cocalero de 48 años, cuenta con un amplio respaldo de sectores indígenas del altiplano andino, que debería asegurarle que será ratificado cómodamente en su cargo.
Pero algunos peligros acechan: la oposición a su gestión se ha extendido a seis de los nueve departamentos de Bolivia bajo el liderazo de Santa Cruz, un pujante departamento que produce el 30% del PIB del país y que ha confrontado desde el comienzo el proyecto estatista del presidente indígena.
Los analistas consideran una característica de Morales como un factor de la grave crisis boliviana: su sentido de que su proyecto político no puede ni debe ser negociado con nadie, algo que no sólo le ha generado problemas con los opositores sino con sus propias bases. Es un rasgo que presentó en su época de sindicalista y luego de diputado, y que gusta en una gran parte de la población.
Líder indiscutido de los indígenas y cocaleros bolivianos, llegó a la presidencia en enero de 2006 con un aplastante 54% en un país de más de nueve millones de habitantes y donde el 60% de la población es de etnias originarias.
Hombre de izquierda que se define a sí mismo como “antiimperialista” y como un indio “negro, loro y feo”, se convirtió en líder político encabezando a los cultivadores de coca del Chapare, epicentro de las luchas sociales bolivianas entre 1988 y 2002 y de la lucha antinarcóticos.
Nacido en Orinoca, un pueblo perdido en los Andes bolivianos sin agua potable ni electricidad, creció en una vivienda de paja y adobe que era comedor y dormitorio pero además almacenamiento de tubérculos y criadero de cerdos y ovejas.
Tras una infancia muy pobre -cuatro de sus seis hermanos murieron antes de cumplir dos años-, Morales emigró debido a una feroz sequía que a principios de los ochenta asoló los cultivos del altiplano boliviano, “para buscar el pan”, según afirma.
Se vio obligado a desempeñar los más diversos oficios para sobrevivir, entre ellos el de trompetista de una banda de música y el de futbolista, vocación esta última que no pierde oportunidad de expresar en cuanta ocasión se le presente.
Su destino se selló cuando su familia se desplazó hacia la selva del Chapare, donde entonces se instalaba el narcotráfico.
Allí, entre miles de trabajadores aymaras y quechuas despedidos de la quebrada empresa de minerales del Estado, se hizo dirigente de los cocaleros, lo que lo convertiría más tarde en el líder de 30.000 familias pobres vinculadas a la producción de la estigmatizada hoja.
Poco a poco Morales se volvió popular gracias a la capacidad de convocatoria de sus protestas y rebeliones sociales y postuló a la presidencia en 2002, perdiendo por poco frente al acaudalado Gonzalo Sánchez de Lozada. Pero un año más tarde Morales sería factor decisivo para sacar a Sánchez de Lozada del poder.
Opositor a rajatabla de lo que considera políticas “imperialistas” de Estados Unidos (país al cual ha acusado a lo largo de su mandato de complotar contra él), es en cambio aliado de los presidentes de Cuba, Fidel Castro, y de Venezuela, Hugo Chávez.
Su relación con Chávez es uno de los puntos que más le critica la oposición. Arrollador en su época de opositor, desde que asumió la presidencia aprendió que en el poder las dificultades eran enormes. A tal punto que a pesar de haber ganado con una tal amplitud en las urnas, las piedras, como el referendo del domingo, no dejan de aparecer en su camino.
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