Acrobacia
Lejos del amor, y espantado por la caída libre de sus ex socios K, Miguel Lunghi renovó esta semana sus votos matrimoniales con la UCR, y su compromiso de oportuna convivencia con un gobernador edulcorado pero funcional a los intereses del pago chico.
La estrategia viró claramente a partir de la guerra gaucha y sus devastadoras consecuencias. Lunghi intuyó el descarrilamiento del tren kirchnerista y, aun a contramano de algunos asesores, saltó sin culpas. Casi en el aire, se subió a la cosechadora de imagen, primero, para vociferar por la parte del león y sus convicciones. A la carreta radical, que por ahora sólo engrasa sus ejes, más tarde, y al vacilante avión provincial, en el interregno.
El jefe comunal hace su juego. Hasta acá, se ha movido como sagaz pescador en río revuelto, quizá más por el peso de su intuición que por cualquier entramado de la mesa chica a la que se sienta. Ejemplos sobran.
Nadie sabe a ciencia cierta cuál será el precio a pagar por sus oscilaciones. Por ahora, la está sacando barata.
Mide su acrobacia para criticar con dureza a Daniel Scioli ante una tribuna chacarera, o para tratarlo casi con afecto en la inauguración del Debilio Blanco Villegas o el vuelo del miércoles. Y sigue cayendo parado.
Todo vale, mientras el ex motonauta se manifieste como el vehículo indispensable hacia el objetivo de máxima en esta etapa de la era lunghista: la expropiación de las canteras.
Como antes todo valió para lograr que Néstor K sacara la chequera para los pozos de agua, las cloacas y La Movediza.
Claro que L no se pone colorado. Al contrario, se autodefine como un ?soñador pragmático?, lo que automáticamente se convierte en la coraza impenetrable de las críticas. Por derecha y por izquierda.
El argumento parece demasiado ingenuo en términos políticos. Pero a él, por obra suya y desgracia de sus opositores, le sigue dando resultado.
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