Adiós al amigo
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Accedé a las últimas noticias desde tu email Ese es el título de una vieja película, que en estos días trágicos me viene a la memoria y es el mensaje que por su intermedio quiero transmitir en homenaje al gran amigo que fue Carlos María Doartero.
Mucho se habla y se hablará de sus cualidades como médico, prestigioso en todo el país y también en el extranjero, y de la irreparable pérdida que significa para la oftalmología; su fallecimiento es muy prematuro.
Pero yo quiero hablar de y homenajear al amigo, al gran amigo, porque es cierto que el amigo es el hermano que se elige y Carlos fue mi hermano, fue la amistad químicamente pura, para mí y para todos los que tuvimos la enorme dicha de haber sido distinguidos por su afecto.
Nos conocimos el primer día de clases en el Colegio Nacional Laprida. Yo venía del campo, no conocía a nadie y la buena fortuna quiso que me tocara el banco de al lado al de Carlos y a partir de ahí conocí a una de las personas más maravillosas que la vida me regaló.
Rápidamente me incorporó a los grupos de estudio en su casa, su madre nos trataba a todos los que íbamos a estudiar allí como a sus propios hijos y me llamó mucho la atención que su casa, en los cinco años de colegio, nunca tuvo llave. Los amigos entrábamos ahí como a la nuestra y aunque Carlos no estuviera, siempre había algo para compartir con la calidez de Elba o el consejo paternal de Cacho, su inolvidable padre.
Cuando se fue a Estados Unidos, un año de intercambio estudiantil, fuimos los amigos en procesión a despedirlo y a buscarlo a Ezeiza, llevados por su padre. En ese año, yo seguí yendo a su casa como si él estuviera y nos juntábamos con Cacho a leer las cartas (no había mails en esos tiempos) y era emocionante ver a un hombre de apariencia tan fuerte como él lagrimear al leer lo que su hijo le escribía.
Me llevó de su mano a Interact, donde viví hermosos momentos, fuimos juntos a sacar el DNI (tenemos casi el mismo número), a revisación médica para la conscripción y cuando ingresé a la Universidad y no teniendo yo donde vivir en Buenos Aires, con su enorme generosidad y la de su hermana Laura me alojaron en su casa por casi tres años.
Me acompañó a inscribirme en la Facultad de Derecho, fue mi padrino de confirmación y testigo de mi casamiento. Estuvo presente en cada momento importante de mi vida, triste o alegre.
Llamó cada 23 de abril a mi madre para su cumpleaños desde donde estuviera, así fuera Japón, como un hijo más, y nunca pasó por Laprida sin dejarle un beso y charlar un poco con ella. Para mi madre que pasara Carlos María por su casa era como si un poquito fuera yo, que estaba lejos y la fina sensibilidad de Carlos lo percibía y nunca, pese a sus grandes ocupaciones, dejó de hacerlo.
Y también tuvo tiempo para dispensar a mi hermana, el trato de hermana menor.
Yo tampoco podía pasar por mi pueblo desde que me fui, hace más de treinta años sin entrar a la barraca a darle un beso a Elba y tomar unos mates con Mario, que por Carlos, es también un poco mi hermano menor.
Tengo miles de momentos atesorados compartidos con mi amigo, que ahora estallan a borbotones en mi corazón y me aferro a ellos para no morir de tristeza por esta partida abrupta, absurda, increíble y también a lo que él me diría desde sus profundas convicciones religiosas, que los designios del Señor son insondables para los pobres mortales, pero que quien vivió de manera ejemplar, tiene un lugar de privilegio reservado a su lado.
A la pregunta inevitable que nos hacemos todos: ¿por qué justo a él? El me diría con su mirada tranquila… ¿y por qué no?
Los dos perdimos a nuestros padres en forma prematura y nos aferramos a nuestra amistad para encontrar ese consuelo y esa referencia para hablar de los grandes temas de la vida.
Hoy he perdido esa posibilidad de hablar con él de los temas más profundos, pero sé que ante cualquier encrucijada del diario trajinar, preguntándome qué me habría dicho mi amigo, sabré encontrar respuesta al dilema.
No tengo dudas que estos sentimientos que hoy me embargan son compartidos por muchas personas que consideraban a Carlos María su mejor amigo, pues él tenía ese privilegio sólo reservado a los grandes, de hacernos sentir a cada uno como si fuéramos únicos, que cuando lo necesitábamos, él no tenía otra preocupación en el mundo que no fuera ayudarnos, y a esos amigos en común es que también me dirijo para proponerles que en nuestro fuero íntimo y para siempre el Día del Amigo sea a partir de ahora el 17 de abril, para que nos juntemos en su homenaje, como seguramente le habría gustado y que sea un pequeño intento de empezar a cicatrizar es herida inmensa que nos deja su partida. Porque estas palabras no son un homenaje de los muy merecidos que tiene este hijo ilustre de Laprida, como médico prestigioso, como profesional exitoso o como ciudadano ejemplar, sino nada más y nada menos que como amigo, esa palabra singular que junto al amor representan el más bello de los sentimientos que un ser humano puede sentir y expresar y del que Carlos María hizo un culto. Por eso hoy te digo, adiós querido Amigo, adiós Hermano querido.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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