Afiches
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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Una de las primeras cosas que hace un político que tenga intensiones de llegar alto es arreglarse la dentadura. Hace bien el hombre: la salud bucal es importantísima.
Por otra parte, y con una mano en el corazón, nosotros mismos, como votantes, solemos darle un papel importante a esta cuestión de la estética.
Será por eso que sin ser un modelo publicitario, el candidato perfecto debe contar una piel tersa, un peinado moderno y una dentadura perfecta. Además de carisma, simpatía, espontaneidad, buen humor, gracia, sensibilidad. Y si puede ser alguna que otra idea, una plataforma de gobierno, mejor.
De 1983 a esta parte hemos visto crecer cabelleras donde antes había calvicies empedernidas, quinchos construidos al fragor de una campaña, todo tipo de pelucas, postizos, bisoñés, entretejidos y toda la fauna gatuna.
Hemos visto desaparecer patillas anti-establishment y hemos visto encolumnarse dientes que antes parecían como arrojados a la bartola; hemos visto botox, liposucciones, siliconas, adelgazamientos fulgurantes, avispas, tinturas, carmelas, peinados, cortes y confecciones.
Hemos visto de todo y seguiremos viendo.
En el plano estrictamente local, la cuestión es un poco más modesta. Será que todavía seguimos siendo un pueblo donde nos conocemos todos, con un rasgo bastante conservador que, entre otras cosas, no perdonaría los cambios abruptos.
Imaginemos que de buenas a primeras nos encontramos con un Néstor Auza de pelo rasurado y bigote módico, en busca del masivo apoyo castrense. O a un Juan Pablo Frolik, de arito y rodete, tratando de conquistar el voto progre.
Tras la gracia y la cargada, llegaría el rechazo.
No obstante, aquello que los asesores de campaña no se animan a hacer en carne y hueso, encuentra vía libre a través del photoshop.
Hablamos, concretamente, de la cartelería. Si comparamos aquellas gigantografías de 2003, en las que veíamos a un Miguel Lunghi que se proclamaba como "el hombre que hace falta", con las actuales ("por lo que hicimos, por lo que hacemos, por lo que haremos"), posiblemente descubramos que el de hoy está más joven.
Parece que las dos gestiones al frente del Municipio y los ocho años transcurridos no le han hecho meya al pediatra. Por el contrario, lo han revitalizado.
En el cartel enorme ubicado en la esquina de Chacabuco y Belgrano se los ve, a él y a Frolik, radiantes, lozanos, alegres.
Conociéndolos vagamente a ambos, estimo que deben experimentar algún tipo de pudor cuando se ven, inmensos y sonrientes, cada mañana cuando entran a trabajar.
Pero son las reglas del juego, en las que la exposición pública es una de las cartas más fuertes.
Me ha pasado en un par de ocasiones en las últimas semanas ir caminando por Belgrano, ensimismado en mis cuestiones, y de pronto levantar la cabeza y encontrármelos mirándome desde el cartel.
-¿Y estos dos de qué se ríen?, me he preguntado.
Supongo que ayer, en plena movilización de canteristas y camioneros, más de uno se debe haber preguntado lo mismo que yo. Y ni quiero imaginarme las respuestas.
Mientras tanto, a metros de allí, dentro de la Municipalidad, un Lunghi y un Frolik de carne y hueso, con sus ojeras, sus desgastes y sus años encima, trataban de contener un reclamo que no parece sencillo de solucionar.
Ahí abajo, en la realidad, no había margen para sonrisas.
Por otra parte, y con una mano en el corazón, nosotros mismos, como votantes, solemos darle un papel importante a esta cuestión de la estética.
Será por eso que sin ser un modelo publicitario, el candidato perfecto debe contar una piel tersa, un peinado moderno y una dentadura perfecta. Además de carisma, simpatía, espontaneidad, buen humor, gracia, sensibilidad. Y si puede ser alguna que otra idea, una plataforma de gobierno, mejor.
De 1983 a esta parte hemos visto crecer cabelleras donde antes había calvicies empedernidas, quinchos construidos al fragor de una campaña, todo tipo de pelucas, postizos, bisoñés, entretejidos y toda la fauna gatuna.
Hemos visto desaparecer patillas anti-establishment y hemos visto encolumnarse dientes que antes parecían como arrojados a la bartola; hemos visto botox, liposucciones, siliconas, adelgazamientos fulgurantes, avispas, tinturas, carmelas, peinados, cortes y confecciones.
Hemos visto de todo y seguiremos viendo.
En el plano estrictamente local, la cuestión es un poco más modesta. Será que todavía seguimos siendo un pueblo donde nos conocemos todos, con un rasgo bastante conservador que, entre otras cosas, no perdonaría los cambios abruptos.
Imaginemos que de buenas a primeras nos encontramos con un Néstor Auza de pelo rasurado y bigote módico, en busca del masivo apoyo castrense. O a un Juan Pablo Frolik, de arito y rodete, tratando de conquistar el voto progre.
Tras la gracia y la cargada, llegaría el rechazo.
No obstante, aquello que los asesores de campaña no se animan a hacer en carne y hueso, encuentra vía libre a través del photoshop.
Hablamos, concretamente, de la cartelería. Si comparamos aquellas gigantografías de 2003, en las que veíamos a un Miguel Lunghi que se proclamaba como "el hombre que hace falta", con las actuales ("por lo que hicimos, por lo que hacemos, por lo que haremos"), posiblemente descubramos que el de hoy está más joven.
Parece que las dos gestiones al frente del Municipio y los ocho años transcurridos no le han hecho meya al pediatra. Por el contrario, lo han revitalizado.
En el cartel enorme ubicado en la esquina de Chacabuco y Belgrano se los ve, a él y a Frolik, radiantes, lozanos, alegres.
Conociéndolos vagamente a ambos, estimo que deben experimentar algún tipo de pudor cuando se ven, inmensos y sonrientes, cada mañana cuando entran a trabajar.
Pero son las reglas del juego, en las que la exposición pública es una de las cartas más fuertes.
Me ha pasado en un par de ocasiones en las últimas semanas ir caminando por Belgrano, ensimismado en mis cuestiones, y de pronto levantar la cabeza y encontrármelos mirándome desde el cartel.
-¿Y estos dos de qué se ríen?, me he preguntado.
Supongo que ayer, en plena movilización de canteristas y camioneros, más de uno se debe haber preguntado lo mismo que yo. Y ni quiero imaginarme las respuestas.
Mientras tanto, a metros de allí, dentro de la Municipalidad, un Lunghi y un Frolik de carne y hueso, con sus ojeras, sus desgastes y sus años encima, trataban de contener un reclamo que no parece sencillo de solucionar.
Ahí abajo, en la realidad, no había margen para sonrisas.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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