Al enterarnos de la noticia, ¡nos entristecimos tanto!
(Ana Pérez Porcio) Juanita -así la llamaba todo aquel que la conocía- fue una mujer que sembró tanto cariño a lo largo de su vida que lo cosechó a manos llenas en el amor incondicional de sus hijos Graciela Susana, Enrique Eduardo y Marcelo Oscar Aracil, en el de su compañero en la madurez, en sus colegas artistas… A Juanita la quiso todo el mundo, y eso es algo que muy pocos en la vida logran verdaderamente. Y, sin dudas, es lo mejor que le puede pasar a una persona cuando le llega el momento de partir, dejar el amor marcado a fuego en todos los corazones que la conocieron. Fue una mujer generosa en el afecto, solidaria con su prójimo, con los que la rodeaban o apenas conocía.
En alguna oportunidad Antonio nos dijo: “No tiene una pizca de maldad, es hermosa por dentro y por fuera”.
Quienes tuvieron el honor de conocerla, o de frecuentar su círculo se encontraban también con la exquisita escultora, creativa y sensible, cuyas piezas, de cóncavos y convexos expuestas en Tandil y ciudades de la provincia llegaron a recibir grandes elogios de la crítica especializada. Fue una pionera en su arte, ya que a partir de que una obra suya se emplazara en uno de los edificios que rodean la plaza principal, se comenzó a imitar la saludable idea de embellecerlos con piezas de escultores locales.
“Soy una autodidacta” señalaba sonriendo cuando se le preguntaba por su impronta en el arte, aunque siempre fue una inquieta mujer en busca del arte. Alumna del maestro Rizzo en la Escuela de Cerámica y del que después de una larga viudez se enamoraría y contraería nupcias, merced a la labor de amigas celestinas que la animaban a volver a vivir en pareja.
Humilde, de bajo perfil, romántica y querida incondicionalmente por sus hijos hasta el final y el después, por sus nietos y su marido, será recordada así, como se la ve en la foto, con su mejor sonrisa.
No queda otra forma de pensar en ella sino con amor y esa alegría interior tan contagiosa, propia de las personas que honran la vida.
No puede sino estar en el Cielo. Era como un ángel.
La llevaremos en el corazón.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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