Al final del arco iris
Falta poco. Apenas un poco más de dos semanas para las elecciones legislativas y las ideas no aparecen. Y aunque esto apabulla un poco no es llamativo. La realidad indica que no. No lo es porque como a tantas otras cosas, ya nos hemos acostumbrado, como con aquellas cuestiones que no están bien, que no nos gustan, que sabemos que son irregulares pero que por repetidas, irresolutas y constantes comenzamos a considerarlas como naturales y las dejamos pasar, casi como las vacas miran pasar el tren. Con cara de nada.
Pero eso sí. Cada tanto nos sacudimos la modorra y discutimos, nos enganchamos, nos prendemos en interminables debates acompañando con nuestra aprobación o desaprobación, nos agarramos la cabeza y opinamos sobre las noticias de cada día y las promesas de campaña que fueron (y siguen) completando con una certeza digna de una cara de piedra y tan exagerada como increíble; todos los matices posibles sobre las soluciones que proponen para cada una de las necesidades de nosotros, los ciudadanos. Dicen qué pero no cómo. Y tantos matices y promesas, nos recuerdan al arco iris. Vemos todos los colores, nos fascinan; parece que están ahí nomás pero conforme nos acercamos, se van desvaneciendo. Rápido. Tan rápido como la ilusión misma.
Voy de viaje. La calle pasa como una película pero en lugar de ser como la vaca, cambio la cara de nada y por el sol que me apunta al medio de la frente, escudriño la vista y cada vez más (la película) se parece a un grotesco. No lo entiendo. No era lo que esperaba ver. Las tomas se parecen, se repiten. Son los carteles desde los que los distintos (¿distintos?) protagonistas de esta película, nos enrostran las virtudes propias denostando las ajenas. ?Yo sí, él no?, ?más distribución?, ?más trabajo?, ?más seguridad? ?nosotros hacemos (ellos no)?, etcétera. Palabras, palabras, palabras? como dice la canción.
Sigo escudriñando y entre los carteles en los que abundan los dientes blancos; pasa la ciudad, pasan los barrios; las alegrías, las miserias, las desazones, las esperanzas; hasta que la calle sale de la zona urbanizada y el viaje se convierte en industrias, en fábricas y sigue y se mete en la ruta y pasa por el campo y aparecen los alambrados, los molinos, los montes, los arados, los tractores y también los caballos y las vacas, que se las rebuscan (bastante), igual que en la ciudad, igual que en los barrios, para sobrevivir a la sequía de pasto e ideas. Me gana el sueño pero antes de darme por vencida, me pregunto qué vendría a ser el período entre cada una de las elecciones. Cuando se trata de deporte son olimpíadas, cuándo se trata de política, ¿cómo podría llamarse a ese período de letargo entre las distintas elecciones en el que las propuestas que lanzaron desde la anterior cartelería que aparece cada una de las veces como la primera vez, hace rato se esfumaron? Miramos la propaganda y nos preguntamos: ¿Y si sabías tanto, entonces por qué no lo hiciste antes? Y lo que es peor, en algunos casos con candidatos anzuelo, burlando hasta el fondo la inteligencia de las personas mientras se hace una campaña entre jueces y tribunales.
Dicen que al final del arco iris se esconde un tesoro, pero que yo sepa, hasta ahora nadie lo encontró. Lo mismo pasa con la democracia en su estado puro. Con la democracia sana, verdadera, sin agachadas. Parece tan esquiva como el tesoro al final del arco iris. Dicen que hay que saber buscar, con paciencia. Que hay que construir, que los mejores son los pasos cortos pero seguros, firmes y convencidos. Convencidos de que sí lo podremos encontrar, y para que el tesoro de la democracia constante y sonante, con diversidad de ideas y equilibrio, respeto y madurez no se desvanezca como el del arco iris, sólo dependerá de todos nosotros hacerlo real.
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