Al final, son todos iguales
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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Cuando era chico, los rostros de la gente grande me resultaban más o menos iguales.
Gente grande, cuando yo era chico, eran las personas de más de 40. O de 35. Y salvo las caras de los parientes o conocidos (condición que tanto valía para el almacenero de la esquina como para el Antonio Rattin de las figuritas o el Kirk Douglas de los matinees del Americano), el resto se parecía entre sí. No había manera (ni razón alguna) de individualizarlos.
Ahora que estoy del otro lado del asunto, me parece que los que son todos son los pibes.
Deduzco entonces, en un razonamiento más bien lineal, que cuanto más lejos se encuentre uno del objeto a analizar, más tiende a confundirse o a generalizar, si es que ambas no son la misma cosa.
Sabemos todos lo que pensamos de los japoneses o los chinos. Antes me causaban gracia esas cosas.
Ahora no.
Por eso, cuando me cruzo con adolescentes por la calle trato de mirar atentamente sus rostros. Durante ese instante, retengo facciones, gestos si los hubiera, miradas.
A esas imágenes instantáneas, que pronto se borrarán de mi memoria, les busco parecidos, los proyecto dentro de unos años, les agrego arrugas, otros gestos, canas.
Este ejercicio me ha permitido corroborar -como si hiciera falta- que no todos son iguales. Hay propensiones, claro. Los amigos tienden a parecerse entre sí; las chicas, por caso, tienen el mismo corte y color de pelo y se visten igual. Los varones, caminan parecido, se ríen parecido, hasta utilizan las mismas malas palabras.
¿Se copian? No: pertenecen. Afianzan sus particularidades a partir del sentido de pertenencia. Los grandes solemos hacer algo similar. Sólo que en nuestro caso se llama apariencia.
El tema es cuando uno de esos adolescentes me saluda.
Trato de ser lo más rápido de reflejos que puedo y respondo amablemente el saludo con un clásico ‘cómo andás’.
Los segundos siguientes son un implacable autointerrogatorio. ¿Quién es este pibe? ¿De dónde lo conozco? ¿Es el hijo de algún amigo? ¿Un amigo de alguno de mis hijos? Hasta que surge el dato, la imagen de archivo, las coincidencias. Y el dilema se resuelve.
Puede fallar, claro. Y eso me pasó ayer a la tarde. Aunque peor.
Iba caminando por Fuerte Independencia y veo que a unos metros adelante viene una pareja. El chico tiene 17 años, tal vez menos; la chica, algo menor.
Cuando cruzo la mirada con él, detiene la charla con la novia y me saluda un poco tímido.
-Cómo te va (yo, simpatiquísimo).
No habré hecho más de cinco pasos cuando ya tenía el problema solucionado: el pibe es Agustín, el hermano menor de un compañero de la primaria de mi hijo más chico.
Todavía festejando interiormente el modesto logro, compruebo que a unos diez metros vienen una chica y un chico, también tomados de la mano.
Igualitos, los cuatro. O los dos pares, mejor dicho.
Deja vu, me dije, mientras me daba vuelta para confirmar que no era una repetición, un pequeño rewind del tiempo. Pero no, la otra pareja iba llegando a la esquina.
Nos vamos acercando y mis sospechas aumentan.
-Cómo está, me dice el chico, que no es otro que Agustín, el hermano menor de un compañero de primaria de mi hijo más chico.
-Ho… ho… hola -ahora el tímido parezco yo.
Ya sé: uno empieza por estas cosas y termina con una pastilla después del desayuno y otra antes de la cena.
Eso me pasa por querer ir en contra de la naturaleza. Cuando uno es chico, los grandes son todos iguales. Con el tiempo, la teoría se invierte.
Mirá qué fácil.
Gente grande, cuando yo era chico, eran las personas de más de 40. O de 35. Y salvo las caras de los parientes o conocidos (condición que tanto valía para el almacenero de la esquina como para el Antonio Rattin de las figuritas o el Kirk Douglas de los matinees del Americano), el resto se parecía entre sí. No había manera (ni razón alguna) de individualizarlos.
Ahora que estoy del otro lado del asunto, me parece que los que son todos son los pibes.
Deduzco entonces, en un razonamiento más bien lineal, que cuanto más lejos se encuentre uno del objeto a analizar, más tiende a confundirse o a generalizar, si es que ambas no son la misma cosa.
Sabemos todos lo que pensamos de los japoneses o los chinos. Antes me causaban gracia esas cosas.
Ahora no.
Por eso, cuando me cruzo con adolescentes por la calle trato de mirar atentamente sus rostros. Durante ese instante, retengo facciones, gestos si los hubiera, miradas.
A esas imágenes instantáneas, que pronto se borrarán de mi memoria, les busco parecidos, los proyecto dentro de unos años, les agrego arrugas, otros gestos, canas.
Este ejercicio me ha permitido corroborar -como si hiciera falta- que no todos son iguales. Hay propensiones, claro. Los amigos tienden a parecerse entre sí; las chicas, por caso, tienen el mismo corte y color de pelo y se visten igual. Los varones, caminan parecido, se ríen parecido, hasta utilizan las mismas malas palabras.
¿Se copian? No: pertenecen. Afianzan sus particularidades a partir del sentido de pertenencia. Los grandes solemos hacer algo similar. Sólo que en nuestro caso se llama apariencia.
El tema es cuando uno de esos adolescentes me saluda.
Trato de ser lo más rápido de reflejos que puedo y respondo amablemente el saludo con un clásico ‘cómo andás’.
Los segundos siguientes son un implacable autointerrogatorio. ¿Quién es este pibe? ¿De dónde lo conozco? ¿Es el hijo de algún amigo? ¿Un amigo de alguno de mis hijos? Hasta que surge el dato, la imagen de archivo, las coincidencias. Y el dilema se resuelve.
Puede fallar, claro. Y eso me pasó ayer a la tarde. Aunque peor.
Iba caminando por Fuerte Independencia y veo que a unos metros adelante viene una pareja. El chico tiene 17 años, tal vez menos; la chica, algo menor.
Cuando cruzo la mirada con él, detiene la charla con la novia y me saluda un poco tímido.
-Cómo te va (yo, simpatiquísimo).
No habré hecho más de cinco pasos cuando ya tenía el problema solucionado: el pibe es Agustín, el hermano menor de un compañero de la primaria de mi hijo más chico.
Todavía festejando interiormente el modesto logro, compruebo que a unos diez metros vienen una chica y un chico, también tomados de la mano.
Igualitos, los cuatro. O los dos pares, mejor dicho.
Deja vu, me dije, mientras me daba vuelta para confirmar que no era una repetición, un pequeño rewind del tiempo. Pero no, la otra pareja iba llegando a la esquina.
Nos vamos acercando y mis sospechas aumentan.
-Cómo está, me dice el chico, que no es otro que Agustín, el hermano menor de un compañero de primaria de mi hijo más chico.
-Ho… ho… hola -ahora el tímido parezco yo.
Ya sé: uno empieza por estas cosas y termina con una pastilla después del desayuno y otra antes de la cena.
Eso me pasa por querer ir en contra de la naturaleza. Cuando uno es chico, los grandes son todos iguales. Con el tiempo, la teoría se invierte.
Mirá qué fácil.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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