Allá lejos…
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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En "Allá lejos y hace tiempo", Guillermo Hudson cuenta su infancia. La primera parte del libro, se centra en sus primeros años, vividos en el campo. En su doble condición de naturalista y escritor, Hudson puede hacer de la descripción de un ombú todo un cuento. O maravillarnos con el relato del perro que apareció en la casa sin que nadie lo llamara y también se fue sin permiso, años más tarde. Ese perro fue todos los perros de quienes alguna vez leímos el libro. Quizás por eso ni siquiera tenía nombre -sólo pichicho-: para que cada uno le pusiera el nombre el del suyo.
Con las escuelas, con ciertas escuelas, suele ocurrir lo mismo. Basta escuchar a una persona mayor hablar de sus días de clase, de sus maestras, de las aulas, de sus libros, para reconocer en ese relato buena parte de la propia escuela.
Tal vez no sea casual que se llame "Guillermo Hudson", la EPB 33 -como se la nombra en formularios oficiales-, o simple y cariñosamente la Escuelita de La Porteña, como la conocemos todos.
Nació por la necesidad de unos cuantos hombres y mujeres que querían un futuro mejor para sus hijos. Y la educación era el camino. Funcionó sus primeros años dentro de la estancia Chapaleofú, de los Goñi, en un galpón donde se estacionaban los quesos. Era 1930, año de crisis.
Con el tiempo, la Escuela Granja le cedió un lugar y años más tarde tuvo su edificio propio, el actual, en el paraje que le regaló su nombre.
La ilusión de aquellos tamberos, puesteros, cabañeros, peones había dado frutos: sus hijos iban a saber leer, escribir, sumar, instruirse. Había una vida mejor para ellos.
Por aquellos años ir a la escuela era una alegría. No sólo porque llegar significaba haber dejado atrás leguas de a pie o a caballo, sino porque ahí, en esas mesas largas y lustrosas, en los bancos estrictos, en la palabra sabia de la maestra, se olía el saber. Ese aroma mezcla de tiza y goma de borrar, de tinta y de madera. El perfume de la alegría.
Así lo contó hace poco Elvira Silva, una de las primeras alumnas de la Escuelita. "Cuando terminé sexto grado fue una tristeza. Porque después de la escuela no había más nada, ni radio, ni teléfono, en el campo no había nada más que trabajo, necesidades, a veces miserias y muchos miedos. Para mí la escuela era la fiestita de todos los días".
Hoy hay radios y teléfonos, televisores y computadoras, combis y colectivos para ir y venir. Pero los casi 28 nenes y nenas que diariamente le siguen dando vida a la Escuelita, también son protagonistas de esa inolvidable fiesta cotidiana.
Aquel sueño de padres y madres que querían torcer el futuro de su descendencia, de la primera directora Alicia Galván, del doctor Cereseto -que le dio el nombre a la escuela y donó el busto de Hudson-, de Francisco Macuso, el primer presidente de la cooperadora; aquellos sueños siguen siendo el desvelo de los que tomaron relevo.
Son otros nombres: Paulina Cárdenas, la directora; los docentes Rosana Mariela Pérez, Marcela Flos, María Andrea Enriquez, Virginia Beltrán, Nicolás Fernández, Carlos González, Sara Tilatti, Viviana Peltier, Lorena Echecoin. Son también Graciela Casales, la portera desde hace 20 años, dueña y señora de los mejores desayunos, y Franco Alvarez, abuelo de un alumno, que da un taller de música para los chicos. Son los nombres de madres, padres, abuelos y abuelas de los 28 chicos de la Escuelita.
El próximo domingo 4 de diciembre -en el gran asado para celebrar los 80 años- seguramente habrán de juntarse todos: los de hoy, los que alguna vez pasaron por sus aulas, los que viven todavía en los recuerdos y las anécdotas.
Para todos ellos será una fiesta. Como decía la alumna Elvira, "la fiestita de todos los días: volver a la escuela".
Con las escuelas, con ciertas escuelas, suele ocurrir lo mismo. Basta escuchar a una persona mayor hablar de sus días de clase, de sus maestras, de las aulas, de sus libros, para reconocer en ese relato buena parte de la propia escuela.
Tal vez no sea casual que se llame "Guillermo Hudson", la EPB 33 -como se la nombra en formularios oficiales-, o simple y cariñosamente la Escuelita de La Porteña, como la conocemos todos.
Nació por la necesidad de unos cuantos hombres y mujeres que querían un futuro mejor para sus hijos. Y la educación era el camino. Funcionó sus primeros años dentro de la estancia Chapaleofú, de los Goñi, en un galpón donde se estacionaban los quesos. Era 1930, año de crisis.
Con el tiempo, la Escuela Granja le cedió un lugar y años más tarde tuvo su edificio propio, el actual, en el paraje que le regaló su nombre.
La ilusión de aquellos tamberos, puesteros, cabañeros, peones había dado frutos: sus hijos iban a saber leer, escribir, sumar, instruirse. Había una vida mejor para ellos.
Por aquellos años ir a la escuela era una alegría. No sólo porque llegar significaba haber dejado atrás leguas de a pie o a caballo, sino porque ahí, en esas mesas largas y lustrosas, en los bancos estrictos, en la palabra sabia de la maestra, se olía el saber. Ese aroma mezcla de tiza y goma de borrar, de tinta y de madera. El perfume de la alegría.
Así lo contó hace poco Elvira Silva, una de las primeras alumnas de la Escuelita. "Cuando terminé sexto grado fue una tristeza. Porque después de la escuela no había más nada, ni radio, ni teléfono, en el campo no había nada más que trabajo, necesidades, a veces miserias y muchos miedos. Para mí la escuela era la fiestita de todos los días".
Hoy hay radios y teléfonos, televisores y computadoras, combis y colectivos para ir y venir. Pero los casi 28 nenes y nenas que diariamente le siguen dando vida a la Escuelita, también son protagonistas de esa inolvidable fiesta cotidiana.
Aquel sueño de padres y madres que querían torcer el futuro de su descendencia, de la primera directora Alicia Galván, del doctor Cereseto -que le dio el nombre a la escuela y donó el busto de Hudson-, de Francisco Macuso, el primer presidente de la cooperadora; aquellos sueños siguen siendo el desvelo de los que tomaron relevo.
Son otros nombres: Paulina Cárdenas, la directora; los docentes Rosana Mariela Pérez, Marcela Flos, María Andrea Enriquez, Virginia Beltrán, Nicolás Fernández, Carlos González, Sara Tilatti, Viviana Peltier, Lorena Echecoin. Son también Graciela Casales, la portera desde hace 20 años, dueña y señora de los mejores desayunos, y Franco Alvarez, abuelo de un alumno, que da un taller de música para los chicos. Son los nombres de madres, padres, abuelos y abuelas de los 28 chicos de la Escuelita.
El próximo domingo 4 de diciembre -en el gran asado para celebrar los 80 años- seguramente habrán de juntarse todos: los de hoy, los que alguna vez pasaron por sus aulas, los que viven todavía en los recuerdos y las anécdotas.
Para todos ellos será una fiesta. Como decía la alumna Elvira, "la fiestita de todos los días: volver a la escuela".
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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