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Amistades que salvan vidas

Walter y Evangelina se conocieron en la adolescencia. Su amistad, quedó sellada con el acto más solidario que nos define en tanto humanos: donar un órgano. La historia que conmovió a un país entero, después de 14 años llega a través del testimonio y el recuerdo de sus protagonistas.

El Eco

Frases, citas, aforismos. Canciones y poemas. Miles de expresiones se han utilizado a la hora de describir el inconmensurable valor que guarda aquel que tiene un amigo.

Cada relación entre pares se forja y se sostiene de manera distinta pero en todas y cada una de ellas, hay una historia común que se nutre a través de las vivencias.

Particularmente, esta aventura se suscribe al mundo de Walter y Evangelina. Dos almas que se conocieron en la adolescencia pero que a sus 25 años, lograron sellar un pacto de vida que la adversidad no pudo quebrar.

Corría el 2005. A Evangelina Centurión Cienfuegos le habían diagnosticado un tumor cancerígeno en el hígado. El equipo médico, analizó la gravedad de su cuadro y evaluó un trasplante. Sus hermanos y familiares, no podían conseguir a nadie compatible. El tiempo apremiaba y era imprescindible encontrar un donante. 

En ese momento apareció Walter di Giorgio. Los jóvenes habían mantenido un lazo de amistad desde sus 13 años cuando asistían a un grupo parroquial en Capital Federal. Walter, que hacía unos años se había radicado en Tandil supo que su amiga estaba afrontando un problema de salud y sin dudarlo ofreció su ayuda.

El camino para llegar al trasplante, estuvo repleto de obstáculos. Walter ni siquiera conocía qué tipo y factor de sangre tenía pero estaba dispuesto a donar parte de un órgano para que Eva sobreviviera. Se sometió durante meses, a una serie de diligencias médicas y burocráticas.

Una vez que los profesionales tuvieron certeza de que su hígado era compatible, hubo que esperar la autorización de un juez para llevar a cabo la intervención, ya que se trataba de un donante vivo, sin vínculo sanguíneo y había riesgo de vida.

Finalmente y luego de algunos intentos frustrados, Walter y Evangelina ingresaron al quirófano del Hospital Italiano un 15 de julio y cinco días después, pudieron mirarse a los ojos para saber que una nueva historia, estaba a punto de escribirse.

A 14 años del suceso, comparten entre lágrimas el recuerdo y el relato se hace piel entre sus protagonistas. Walter di Giorgio, un héroe para su hija, un hermano para la eterna agradecida Eva y la persona que evita caer en la emotividad que reviste una acción que no todos estarían dispuestos a llevar a cabo.

Hoy por tí

Walter nos esperó es su casa luego de la jornada laboral. Su tiempo lo reparte en las tareas que dedica a la empresa del rubro alimenticio y en el cuidado de su familia compuesta por su esposa Carolina y sus hijas María Lourdes (9) y María Ángela (5).

En diálogo con el El Eco Multimedios, di Giorgio trajo a su memoria los hechos que lo lanzaron a los titulares de los diarios cuando junto a su amiga lograron conmover a todo un país. Aquella hazaña que estuvo inspirada en el más profundo altruismo.

-Cuando llega esta fecha, ¿rememoras lo que vivieron hace 14 años?

-Bueno, siempre va a ser una anécdota especial para mí. En ese momento y ante el estado de salud de Eva me movilizó un interrogante muy sencillo y me dije ¿por qué no?. Esa circunstancia fue muy particular. Mi mamá estaba en Capital y le pedí que se acercara a la casa de Evangelina porque sabía que estaba atravesando una enfermedad. Yo le dije que contara conmigo para lo que necesitara y cuando me enteré que era un trasplante, no lo pensé dos veces. A partir de ahí empezó el proceso con los exámenes de rigor para establecer la compatibilidad y me interné durante tres días en el Hospital Italiano donde me hicieron absolutamente de todo. Tuvimos que ir a la justicia, porque no era familiar directo y había que formalizar una autorización. Todo eso fue bastante engorroso.

-¿Cómo fue sobrellevar lo que se requería?

Con muchos viajes, idas y vueltas porque los tiempos legales por aquel entonces se dilataban y porque también hubo una fecha previa de operación que no se pudo concretar ya que Eva tuvo gripe. De hecho, viajé a fines de junio ya con todo programado para realizar la intervención. Ingresé a quirófano, me prepararon para la cirugía y en ese momento viene el médico y suspende todo porque Evangelina tenía unas líneas de fiebre y bajo esas condiciones, no se podía realizar el trasplante. Entonces, agarré mi bolso y me volví a Tandil hasta nuevo aviso. Ella se recuperó rápido, pero justo mi abuelo estaba muy mal y yo tenía obligaciones de tipo laboral. Por esa razón la operación pasó para el 15 de julio y nosotros pudimos reencontrarnos cinco días después, cuando me dieron el alta coincidiendo con el día del amigo.

-La decisión, ¿fue fácil de tomar, la consultaste con tu familia?

No, no consulté con nadie y de hecho mi mamá cuando se enteró que Eva estaba mal y yo quería colaborar, ya sabía que no había vuelta atrás. En su momento, fue mi decisión y no lo dudé. Tal vez hoy, que soy más grande y teniendo a mis hijas tan chicas lo pensaría un poco, aunque siento que igual lo haría. Yo sabía que corría un riesgo, me hablaban de chances de mortalidad, pero yo era una persona sana. Me realizaron una intervención muy grande porque por aquellos años, el método que se utilizaba para este tipo de procedimientos revestía otros protocolos. Ahora con el avance de la tecnología, es mucho más sencillo y cada vez hay menos consecuencias.

-Con el pasar del tiempo, ¿tenés otra dimensión de los hechos?

-Relativamente. Yo creo que lo mío fue un granito de arena y todo lo demás lo hicieron los médicos. Yo no dí la vida, di parte de un órgano que por suerte logró salvar a mi amiga y ahora podemos contarlo cada uno de nuestro lugar. Eva es una persona muy agradecida, a veces por demás y la dedicación de los profesionales como también su actitud hicieron que hoy pueda ser madre, trabajar y llevar una rutina normal con los cuidados lógicos que tiene que tener toda persona trasplantada.

-¿Cómo es esa amistad hoy?

-Es igual que siempre. Por supuesto el lazo continúa, yo soy el padrino de su hijo mayor y ella es la madrina de una de mis hijas. La distancia a veces no permite que nos veamos tanto como quisiéramos, pero siempre de una u otra manera estamos comunicados. Compartimos muchos momentos importantes para ambos, buenos y malos pero la verdad es que Evangelina tiene una garra y una fortaleza espiritual muy grande.

Un puente de esperanza

Evangelina Centurión Cienfuegos es pura emotividad. El tiempo, la madurez y sus fervientes creencias no la alejan de la posibilidad de rendirle un pequeño homenaje a Walter, cada vez que llega esta época.

“Este año se me ocurrió pensar en cuánta gente estaría dispuesta a dar su vida, porque él se sometió a una intervención de riesgo sin saber qué iba a pasar en el proceso”, reflexionó.

Evocando ese 15 de julio de 2005, evaluó que “hasta en un punto, no hemos sido totalmente conscientes y hoy que estamos más grandes y que ambos tenemos hijos, vemos desde otra perspectiva lo que vivimos y que gracias a Dios y a los médicos todo salió bien”.

Con la voz algo quebrada, dijo que “nunca son ni serán suficientes las palabras para definir lo que fue ese gran gesto de amor y solidaridad pero se traduce en el hecho concreto de que yo puedo vivir gracias a Walter”.

Desde su experiencia y en relación a la procuración de órganos, Evangelina hizo hincapié en la necesidad de promover campañas de concientización porque más allá de la ley Justina “los alcances hoy no llegan a la donación pediátrica y por desgracia, se mueren muchos chicos mientras están en lista de espera”.

“Es un proceso duro para toda familia porque hablamos de criaturas y hay que tomar decisiones difíciles, pero siempre se trata de salvar una vida”, argumentó.

Finalmente, agradeció que la historia pueda ser recordada y transmitida porque “para muchos saber que esto es posible, es un gran puente de esperanza”.

Mañana por mí

Por esos giros de la vida, el 12 de diciembre de 2018 Walter sufrió un accidente doméstico que lo dejó al borde de la muerte.

Di Giorgio se encontraba desmalezando el parque de la quinta familiar cuando la cuchilla de la máquina que empleaba, alcanzó un alambre y un pequeño trozo del material se incrustó en su cuerpo tras ingresar con la misma fuerza que un proyectil.

En ese momento, no pudo visualizar qué era lo que lo había impactado. Según contó, pensó que había recibido un mero golpe dado por una piedra pero la intensidad del dolor era tan grande, que tuvo que ser trasladado al nosocomio municipal.

Cuando llegó al Hospital, fue asistido en la sala de emergencias. Los médicos lograron advertir un pequeño orificio de entrada a la altura de la ingle, pero tanto el herido como quienes lo auxiliaban, desconocían qué tipo de elemento se había alojado.

Luego de unos minutos, Walter se descompensó. Mediante una serie de estudios los profesionales detectaron que un cuerpo extraño se había incrustado a la altura de la quinta vértebra lumbar y como consecuencia de su trayectoria, una hemorragia interna había desatado la pérdida de más de dos litros de sangre y tuvo que ser intervenido de urgencia.

“Lo que me sucedió, fue horrible”, sintetizó di Giorgio, al describir las horas más angustiantes que tuvo que vivir luego de pasar doce días en la Terapia Intensiva bajo coma inducido mediante fármacos.

“Cuando me llevaron a la guardia, no entendía que me había pasado y los médicos cuando vieron un orificio de entrada, creyeron que tenía una bala”. “Yo trataba de explicar que no era un ladrón y en un instante, comencé a sentirme mal y se me apagaron todas las luces”, detalló.

Los días siguientes se sucedieron entre cadenas de oración y pedidos de dadores de sangre ya que Walter, necesitaba ser hemodinámicamente compensado antes de ingresar por segunda vez a la sala de operaciones.

El equipo médico, finalmente pudo extraer de manera exitosa la pieza de alambre alojada en su columna, muy cerca de la arteria aorta y luego de 15 días de internación, el paciente obtuvo el alta.

“La verdad es que nunca tuve la oportunidad de agradecer a todos los que vinieron a donar porque fueron muchos, de hecho fueron tantos que desde el área de hemoterapia solicitaron en un momento que no se acercara más gente”, comentó entre lágrimas.

“Hubo personas que no conocía, que nunca había visto en mi vida y que pidieron mi número de celular para enviarme mensajes de aliento. Ya no recuerdo cuántos llegaron, pero sí que terminé de escuchar audios en el mes de febrero”.

Superado el mal trance y entre todas las especulaciones que revirtió su cuadro de internación, Walter di Giorgio reflexionó sobre el incidente: “en un momento pensé que me iban a decir que necesitaba un trasplante de hígado”, ironizó.

Nota proporcionada por :

  • ElEcodeTandil

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