Anclajes
Bajo la premisa de que el financiamiento externo argentino había quedado ?Anclao en París?, el Gobierno nacional sorprendió esta semana con la cancelación de la deuda con el exclusivo Club, y aventuró un despegue inversionista derivado de la ?decisión estratégica? de cumplir con los compromisos contraídos.
Sin embargo, como en el tango de Enrique Cadícamo, al que Guillermo Barbieri le puso música allá por 1931, Buenos Aires aparece apenas como una lejana evocación, y así lo hicieron sentir las principales publicaciones especializadas internacionales y, peor aún, los mercados.
Los analistas compararon la determinación, que demandará el 15 por ciento de las reservas, con la adoptada en su momento por el ex presidente Néstor Kirchner, aunque a la actual le adjudicaron un carácter emparentado más con un manotazo de ahogado que con una movida de estadista.
La oposición, fragmentada, criticó por partes iguales la coyuntura y la decisión en sí, inclinándose en algunos casos por la necesidad de un refinanciamiento que aparejaría menores costos a las arcas nacionales.
Con todo, el tiempo volverá a convertirse en el termómetro que mida, efectivamente, si la medicación elegida fue la adecuada para disminuir la fiebre que amenaza a la macroeconomía argentina.
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Unos miles de kilómetros, y de millones, más acá, el Gobierno comunal encaró esta semana varios frentes internos, entre los que figuran la negociación, aún trunca con los municipales, y la espinosa relación con los K, erosionada tras el conflicto agrario.
En este último punto, la llegada de Alicia Kirchner puso en evidencia la frialdad que sobrevino a la candidez de otrora, cuando el hermano de la ministra visitante halagaba al ?amigo? que lo ?entusiasmaba?.
Es más, para aquellos que creen a rajatabla en el poder de la energía, el incendio del CIC de Las Tunitas, a poco de retirarse la funcionaria, obraría como una prueba elocuente del estado de la cosa interpersonal-estatal.
Claro está que Lunghi va en la búsqueda de nuevos anclajes. Lo viene insinuando desde el estallido de la rebelión chacarera, y lo confirmó en las últimas horas con otro gesto de pertenencia partidaria. En su plan, no figuran los radicales K, sean foráneos o, mucho menos, locales. Y, si de acercamientos se trata, sólo el socialista Hermes Binner es mirado con cierta simpatía.
También el tiempo se encargará de demostrar hasta qué punto sirve la receta. Sólo hasta acá, el pediatra viene acertando con sus oscilantes diagnósticos.
Más temprano que tarde, lo que el Gobierno nacional se empecinó en negar, o al menos en ocultar tras la cortina humeante de los chacareros en rebeldía, se manifiesta ahora con toda su vital elocuencia.
La gestión K pretendió distorsionar la realidad con un prepotente y no menos ingenuo mecanismo de destrucción del Indec. Algo así como intentar tapar el sol con un harnero. Como era lógico, no pudo ser. Y pese a la insistencia en mantener funcionarios y perseverar con su rancia receta, se le quemó el estofado.
El fantasma de la inflación se descorrió la sábana y apareció corporizado en cada actividad del devenir cotidiano. Entonces, añicos quedó hecho el argumento de la redistribución de la riqueza, cuando el que menos tiene es el que más caro paga, siempre, sus consecuencias.
Todo se le hace cuesta arriba a la Presidenta, aferrada a un matrimonio que le ha traído más problemas que soluciones, y divorciada de una buena parte de la sociedad que, en el mejor de los casos, le ha perdido la confianza. Para colmo de males, los números macroeconómicos navegan sobre una superficie de flotación cada vez más dudosa.
Pero volviendo a la cotidianidad, los síntomas de la enfermedad inflacionaria se manifiestan cada día con mayor virulencia. Esta semana, sin ir más lejos, la lucha por la recomposición salarial imprescindible para vastos sectores desnudó la fragilidad de los fundamentos kirchneristas. Docentes de todos los niveles, judiciales y estatales, por caso, multiplican en sus provincias y municipios los reclamos elementales para su subsistencia. Los gobiernos satélites, mendigos del poder central por obra y desgracia de una coparticipación injusta, hacen malabares para atender esas demandas.
Más allá de las particularidades de cada uno, entre las que se inscribirían la capacidad de administrar y la transparencia en los actos de gestión, la tarea parece de bajo rédito y alto riesgo.
Tandil, como se ha reflejado en estas páginas durante las últimas y muy agitadas jornadas, no escapa al fenómeno. Basura en la calle, salud en emergencia, aulas y despachos tribunalicios vacíos, son apenas la foto de la realidad que, se ha escrito, el gobierno K pretendió distorsionar con su patético dibujo, ése al que denomina relato. Y que, sin solución de continuidad ni de otra especie, se desdibuja.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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