Anestesia social: un refugio de humo
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No te va a pasar nada por fumar un porro. Falso. Te van a pasar muchas cosas. La marihuana no es una aterradora y perversa planta que debe ser erradicada de este mundo. Pero, ¡Mucho cuidado! que el disfrute inducido tiene patas cortas.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailComenzando ya el año 2026, luego de casi tres décadas inmersos en el siglo de la omnipresencia tecnológica y el placer instantáneo, resulta obvio reconocer que la sociedad ha normalizado las formas de consumo que ofrecen dopamina sin esfuerzo. La satisfacción superficial está al alcance de la mano, atrás de una pantalla o dentro de envoltorios descartables. El consumo ofrece un refugio temporal frente a la productividad constante que el sistema reclama. No hay escrúpulos a la hora de despertar en nuestro cerebro algún mensajero químico que nos enseñe un efímero atisbo de felicidad, aunque se escurra entre nuestros dedos dejándonos con un vacío aún mayor. Estas formas proliferan y mutan, abarcando desde la comida ultraprocesada hasta el contenido digital en formato corto y, por supuesto, las drogas propiamente dichas, entre tantas otras. El sujeto experimenta un vacío, consume sin esfuerzo, inunda sus receptores con dopamina, los satura y, al cabo de un cierto tiempo (cada vez más corto), vuelve a sentirse vacío. El mundo moderno pareciese estar cuidadosamente diseñado para perpetrar este círculo vicioso. Una vez establecido esto, el cauce discursivo podría continuar en su dirección natural, avanzando hacia lugares conocidos como por ejemplo los hábitos más eficientes para reemplazar estos estímulos vacíos: el deporte, la meditación, el ayuno de dopamina, etc. Sin embargo, a esta altura, en la época de la sobreinformación, donde ya nada es del todo desconocido, ni novedoso, cualquier persona es capaz de reconocer la diferencia entre el placer de comer un chocolate y la satisfacción de completar una rutina en el gimnasio. Se puede percibir sin problemas la frontera que divide el consumo basura de las actividades constructivas. Pero existe un hábito que se ubica justo en esta división, resistiéndose a ser definido y generando un debate interminable: el consumo recreativo de marihuana. Ambos lados tironean este consumo para sí, al igual que en una cinchada. Desde la Convención Única sobre Estupefacientes, en 1961, podría decirse que esta sustancia ha estado firmemente amarrada y sostenida del lado del consumo perjudicial, siendo incluso prohibida y penalizada. Aunque a partir de eso, en los últimos años, las nuevas tendencias pusieron gradualmente su peligrosidad en duda y apelaron a sus beneficios recreativos como la creatividad, relajación, etc.
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Más allá de la puja de opiniones, Paracelso nos recordaría que ninguna sustancia es buena o mala per se, sino que la dosis, el contexto y la intención pueden convertirla en un remedio o un veneno. A su vez, ciertas sustancias son más propensas a ser abusadas y por eso son, y deben seguir siendo, reguladas desde la ley. Tanto el que dice que la marihuana es riesgosa y perjudicial para la salud, como el que dice que sirve para relajarse y ser creativos, tienen razón. Ambas posturas corresponden a dos caras de una misma moneda. Ahora bien, lo que sí podemos establecer entonces es lo siguiente: en esta época, marcada por la necesidad de dopamina rápida, el consumo recreativo de marihuana se ha normalizado por completo en jóvenes de todas las clases sociales. Basta con acercarse a un bar o una plaza de nuestra ciudad para verlo y olerlo. No sólo son jóvenes azotados por la miseria y el sufrimiento que recurren a las drogas como supervivencia. Tampoco son sólo los estudiantes o artistas bohemios. Ha quedado obsoleto cualquier estereotipo. Son también personas con camisas y proyectos empresariales, son deportistas e incluso médicos residentes, en reuniones ruidosas o en la más silenciosa soledad. No se limita tampoco a las grandes ciudades, la marihuana se cultiva, se vende y se consume de igual manera en ciudades como Tandil, desde la plaza del centro hasta los barrios privados, en las calles y en las casas. Los cannabinoides prometen a simple vista un escape igualitario para todo tipo de persona, una puerta de salida común y popular frente a la agobiante cotidianeidad. Pero esta puerta esconde tras de sí una preocupante variedad de riesgos y consecuencias, y más que una salida, puede convertirse en una puerta de entrada a habitaciones muy oscuras.
Sin ánimos de apología, resulta útil para la argumentación conceder lo siguiente, en pos de integrar las diversas posturas y entender este problema a través de un análisis libre de sesgos que contemple las verdaderas causas, y luego, claro, sus consecuencias. La potencia “creativa” o incremento sensorial que se atribuye al consumo de marihuana radica en una cuestión clave de su efecto: la desfamiliarización. El extrañamiento frente a lo cotidiano provoca una sensación placentera frente a sabores, vistas y actividades conocidas. Este efecto desactiva la automatización y deja lugar a una mayor creatividad, así como también cierto disfrute o diversión. El THC (principal componente del cannabis) actúa directamente en la liberación de dopamina. Cuando el consumo se comparte, el aumento colectivo de dopamina fomenta la risa y pareciera facilitar las dinámicas grupales, confundiendo este mecanismo artificial con un beneficio para el encuentro y las relaciones.
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Volviendo a las cuestiones propias de esta época, la persona encuentra en el consumo recreativo de marihuana una forma de romper la estandarización de su vida y reencontrarse con la capacidad de sorpresa que le ha sido arrebatada. Este es el principal motivo por el que el uso de esta sustancia no distingue entre clases sociales ni escapa a la gente “exitosa”. Incluso tener éxito hoy en día implica resignar la capacidad de asombro y naturalizar la previsión como mecanismo de eficiencia. Fumar marihuana luego de un día de acostumbramiento y funcionalidad supone una precaria, riesgosa y temporal manera de abrir paso a la imaginación, a las nuevas ideas y, tristemente, a la risa ¿Pero cuántos de estos fumadores se detienen a pensar los riesgos?
Sobran los discursos de usuarios recreativos de marihuana defendiendo los ilusorios beneficios mencionados, el carácter natural de esta sustancia (como si no existiesen frutas venenosas), lo “pacífico” de su efecto, e interminables argumentos que parecieran evitar adrede las consecuencias inminentes. A su vez, desde el otro lado, los discursos que critican o advierten sobre los riesgos de la marihuana son llevados a cabo por personas que no conocen su efecto en absoluto, por lo que se limitan a demonizar la combustión de una planta sin hacer ninguna mella en sus usuarios. Los fumadores saben que no hay nada sano en tener humo dentro de los pulmones, en la boca o la garganta. También saben que algunas neuronas morirán en el transcurso. Luego de años de debate, los riesgos físicos han quedado claros, aunque permiten un contraargumento falaz, pero simple: que otras sustancias más aceptadas como el alcohol o el tabaco producen los mismos o incluso más problemas de salud. Desde luego que la mera comparación con los daños que acarrean otros consumos no debería de ser un motivo para elegirla, pero resulta un pensamiento eficaz para sostener el consumo de quien ya lo ha incorporado. Lo que verdaderamente debería preocupar a sus usuarios son los problemas que esto genera en términos de hábitos, personalidad y salud mental.
Ahora bien, podríamos imaginar el consumo recreativo de marihuana como un largo pasillo de hotel con puertas en ambos lados. Cada una representa un efecto, o bien una consecuencia. A medida que nos adentramos en el pasillo, dejamos de lado las primeras habitaciones, los riesgos más evidentes o trillados, y nos encontramos con consecuencias más profundas y difíciles de detectar. Así, una vez que atravesamos los problemas puramente físicos, como las enfermedades pulmonares y la pérdida de memoria (en las cuales no haremos hincapié), llegamos a puertas más alarmantes, que suelen ser ignoradas, como la desconexión emocional y la dependencia. ¿Qué ocurre cuando el consumo de marihuana supone un escape a la rutina y un momento de disfrute? En primer lugar, el disfrute y la diversión sin su consumo se vuelve desafiante, si no imposible. La carencia del efecto deja de ser la normalidad para convertirse en una espera, que produce aún más ansiedad. La sobriedad y el esfuerzo se tornan un simple medio para alcanzar el momento de fumar y relajarse, siendo esto lo que da sentido a los demás momentos. Esta dificultad, si se sostiene el consumo, lleva directamente a la dependencia. Los planes o actividades que incluyen el consumo comienzan a priorizarse y reemplazan a los que no lo incluyen. Esta conducta puede parecer en principio una elección propia, consciente, pero es la sustancia la que de manera gradual comienza a moldear los vínculos y la rutina para sostenerse. Finalmente, el consumo ya no representa un momento de ocio, sino que se convierte en una necesidad para “estar bien”, tanto en el trabajo, como en las juntadas, como antes de dormir. A su vez, las risas y las sorpresas que generaba al principio dan paso a una nueva cotidianeidad, menos intensa y menos divertida. Un estado intermedio, gris, anestésico, que suaviza las pasiones y desconecta al cuerpo de los pensamientos. Finalmente, en las últimas puertas del largo pasillo, encontramos la depresión, los trastornos de personalidad y la entrada a drogas duras.
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Debemos recordar que, especialmente en esta época, es necesario estar triste, enfrentarse a la incertidumbre, a la toma de decisiones, al error y al cansancio del esfuerzo como fuente de dopamina natural. La normalización del consumo de marihuana en todas las clases sociales habla de problemas mayores de nuestra sociedad, como el vacío del acostumbramiento, la saturación y la falta de autocontrol, entre tantos otros. Entender las causas de la normalización es crucial para advertir sus riesgos. Este problema sistemático debe ser contemplado y trabajado antes de atacar y prohibir mecánicamente el cultivo y combustión de una planta. Sin embargo, como individuos, la búsqueda de sentido y la necesidad de romper la estandarización no debe responderse con una sustancia, dado que más que solucionarla, acaba por complejizar la dificultad para construir una felicidad real y sostenible, volviéndonos tristes, dependientes, pasivos y aún más fáciles de controlar.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.