Asombros
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Y un buen día, o mejor dicho una buena tarde, una siesta, a la hora en que los duendes juegan a la pelota en el patio, te preguntás cuándo fue la última vez que te asombraste.
Recorrés las semanas recientes, los meses pasados, como quien recorre la casa propia, los rincones conocidos. Y no hay nada. O sí, pero nada que te asombre. Ahí están los libros que te quedaron sin leer, marcados en páginas perdidas, están los retratos y los portarretratos con sonrisas eternas y te preguntás porqué no se retrata la tristeza, porqué no hay imágenes de antiguos llantos.
Recorrés y no hay nada nuevo. Parece que no te has asombrado últimamente. Y hoy, ahora, que tenés tiempo, que la siesta le pone sordina a los sonidos de la tarde, decidís ir más para atrás. Años atrás, un par, algunos, hasta cuando la vida era fértil en sobresaltos.
Ya no recorrés la casa propia. Ahora caminás las esquinas vagamente conocidas. Ahí está, todavía, el kiosco de diarios, donde un título en primera plana te congeló la mañana.
Buscás en el espejo de la memoria, donde volvés a peinarte las canas por entonces ausentes y la cabellera abundante. Fue quizás aquella noche en que conociste el amor.
El amor por entonces tenía un nombre que ahora no importa. En ese momento, sí. Porque todo lo nombraba. La nombraba. Los pétalos de las margaritas que caían de a uno. La nombraban los números del boleto de colectivo y los susurros que dejan las hamacas cuando están por detenerse.
Aquel rostro tímido que te devuelve el espejo es tu cara con gesto enamorado. Pero ni siquiera el amor era un asombro.
El amor era, en aquel tiempo, un mandato. Una ley recorriendo las venas a borbotones, una revolución de las simientes. No había sorpresa en aquel aleteo en la panza tan femenino pero que te hizo sentir bien hombre. No era sorpresa, porque ese nombre, no importa cuál, era tuyo. Y eso no debía asombrarte.
Aquella noche fuiste Dios. Y los dioses no se asombran, asombran.
Tampoco te sorprendieron las lágrimas del final, las dos o tres gotas grises de rímel que le cayeron sobre el mantel junto a tu café. El último. No te asombró aquella despedida disimulada detrás de un necesito tiempo, como quien se quiere esconder atrás de un poste de teléfono. Si algo te hubiera asombrado ese anochecer habría sido una cachetada, no esa fatiga de cariño que te apretó fuerte la mano y se fue para siempre.
Qué te queda entonces, si no la infancia. Allí está la comarca fértil de asombros y sorpresas. Allá, en los días primeros, los primeros asombros de un mundo que se dejaba descubrir, colonizar a cada paso.
Allá, en una tarde, cuando la primera trompada te dejó la nariz apuntando para el costado, supiste que la amistad era eso: defender al otro, como si fuera uno mismo, por más que los otros fueran cuatro.
Descubrís ahora, tarde, como en esta siesta, que alguna vez fuiste valiente. En batallas ajenas y perdidas de antemano, pero valiente al fin.
Ahora, que los ruidos presagian que la noche está pronta, comenzás a sentir que una vez te asombraste.
Lo sentís, como si fuera ahora, en los dedos de las manos, en las yemas todavía húmedas que esperan el tacto, el roce con algo áspero y real.
Lo sentís en la bocanada de aire entrando por la boca, garganta abajo, hasta llenarte el pecho. Sentís el olor acre, mezcla de todos los olores mundanos. Sentís, en tus párpados que se despegan con el último esfuerzo, la luz que se cuela como un rayo, que te inunda y te deslumbra.
Allí está por fin el asombro. Allá en el principio de tus días, cuando se hizo la luz, cuando tu madre dio a luz.
Al fin y al cabo, el único asombro es nacer.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailMás de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios