Aspirinas
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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La escena transcurre en un kiosco céntrico y a plena luz del día (como si esto quisiera decir algo, a no ser que vaya a acontecer un asalto) lo que le otorga al suceso todavía más frescura.
Por orden de llegada, estamos: un par de chicas que necesitan una carga virtual del celular, yo y una señora algo mayor que acaba de dejar el auto estacionado sobre la izquierda. Se ve que está apurada, lo cual -en el Tandil del yohagoloquesemeantoja- la exime de cualquier tipo de norma.
Las chicas no se acuerdan el número, no saben cuánto cargar, no se deciden. Ahora que las miro bien, no son chicas (tienen esa edad incierta que va de los 17 a los 25, años más, años menos), será por eso que el pibe que atiende le festeja los olvidos y las indefiniciones.
-Qué colgadas…, se ríe, galán.
Yo no tengo mucha paciencia pero comparado con la señora del auto parezco un monje oriental. La mujer rezonga por lo bajo, mira para afuera, carraspea.
Por fin, las chicas se definen: sacan cuentas y cargan 15 pesos al celular de una de ellas.
-¿Algo más?, les pregunta el chico.
Y ahí es donde el tiempo, el paso del tiempo, los años, mi infancia, la adolescencia, la juventud, esta madurez que ostento hoy, me pasan por encima. Como una ráfaga, como las imágenes que describen los que estuvieron a un paso de estirar la pata.
-¿Alguna marca en especial?, interroga el chico enfilando para el escaparate de los preservativos.
Siento que si en ese momento pestañeo, respiro fuerte o muevo algún músculo de mi cuerpo, me voy a delatar. Estático como estoy percibo que el corazón de la mujer del auto se detiene un segundo, dos.
Se cae redonda, pienso. Pero reacciona. Previsiblemente, reacciona.
-Hm…, dice para sí. Pero en realidad dice para mí, porque me busca con la mirada. Por fin me encuentra.
Yo le sonrío, pero no tanto. No vaya a ser cosa que le dé el pie que anda buscando para despacharse con un discurso sobre la decadencia de las nuevas generaciones, la permisividad de los padres de ahora, la influencia de la televisión, etc.
No tengo ganas ni tiempo para discutir.
Generacionalmente, estoy mucho más cerca de la señora que de las chicas. Tanto, que recuerdo mis años de juventud entrando a las farmacias sólo para pesarme o para comprar aspirinas, en caso de que hubiera una mujer cerca.
Afortunadamente, en mi grupo de amigos siempre había uno que no le tenía vergüenza a nada. Era el que se encargaba de negociar en los boliches para poder entrar gratis o dos por uno, el que hacía punta en los cumpleaños de 15 para colarnos, el primero que salía a bailar, el que encaraba un grupo de amigas. Detrás, veníamos todos nosotros, los vergonzosos.
Obviamente, también era el encargado de ir a la farmacia.
Recuerdo claramente el día que, en soledad y sin más remedio, tuve que hacer las compras por mí mismo.
Aquella vez, esperé que saliera el cliente y entré resuelto a la farmacia. El farmacéutico me dijo `ya lo atiendo` y terminó de anotar no sé qué cosa.
-Qué va a llevar, me dijo en el preciso momento en que detrás de mí se abría la puerta.
Miré por encima de su hombro y había jarabes y cajitas de antibióticos. Nada que me sacara del paso.
A esa altura estaba tan colorado que las orejas se me prendían fuego. Tomé coraje, al fin y al cabo ya era un hombre y no me podía dejar vencer por una sencilla palabra: preservativos.
-Preservativos, dije.
-De cuál le doy, me pregunta ahora el pibe, con cara de nada.
A mi lado, escuché refunfuñar a la mujer del auto mal estacionado.
-De los que llevaron las chicas, por favor -le aclaré, señalando la caja-. ¿Y aspirinas tenés?
-No, aspirinas no vendemos.
-Bueno, no importa.
Por orden de llegada, estamos: un par de chicas que necesitan una carga virtual del celular, yo y una señora algo mayor que acaba de dejar el auto estacionado sobre la izquierda. Se ve que está apurada, lo cual -en el Tandil del yohagoloquesemeantoja- la exime de cualquier tipo de norma.
Las chicas no se acuerdan el número, no saben cuánto cargar, no se deciden. Ahora que las miro bien, no son chicas (tienen esa edad incierta que va de los 17 a los 25, años más, años menos), será por eso que el pibe que atiende le festeja los olvidos y las indefiniciones.
-Qué colgadas…, se ríe, galán.
Yo no tengo mucha paciencia pero comparado con la señora del auto parezco un monje oriental. La mujer rezonga por lo bajo, mira para afuera, carraspea.
Por fin, las chicas se definen: sacan cuentas y cargan 15 pesos al celular de una de ellas.
-¿Algo más?, les pregunta el chico.
Y ahí es donde el tiempo, el paso del tiempo, los años, mi infancia, la adolescencia, la juventud, esta madurez que ostento hoy, me pasan por encima. Como una ráfaga, como las imágenes que describen los que estuvieron a un paso de estirar la pata.
-¿Alguna marca en especial?, interroga el chico enfilando para el escaparate de los preservativos.
Siento que si en ese momento pestañeo, respiro fuerte o muevo algún músculo de mi cuerpo, me voy a delatar. Estático como estoy percibo que el corazón de la mujer del auto se detiene un segundo, dos.
Se cae redonda, pienso. Pero reacciona. Previsiblemente, reacciona.
-Hm…, dice para sí. Pero en realidad dice para mí, porque me busca con la mirada. Por fin me encuentra.
Yo le sonrío, pero no tanto. No vaya a ser cosa que le dé el pie que anda buscando para despacharse con un discurso sobre la decadencia de las nuevas generaciones, la permisividad de los padres de ahora, la influencia de la televisión, etc.
No tengo ganas ni tiempo para discutir.
Generacionalmente, estoy mucho más cerca de la señora que de las chicas. Tanto, que recuerdo mis años de juventud entrando a las farmacias sólo para pesarme o para comprar aspirinas, en caso de que hubiera una mujer cerca.
Afortunadamente, en mi grupo de amigos siempre había uno que no le tenía vergüenza a nada. Era el que se encargaba de negociar en los boliches para poder entrar gratis o dos por uno, el que hacía punta en los cumpleaños de 15 para colarnos, el primero que salía a bailar, el que encaraba un grupo de amigas. Detrás, veníamos todos nosotros, los vergonzosos.
Obviamente, también era el encargado de ir a la farmacia.
Recuerdo claramente el día que, en soledad y sin más remedio, tuve que hacer las compras por mí mismo.
Aquella vez, esperé que saliera el cliente y entré resuelto a la farmacia. El farmacéutico me dijo `ya lo atiendo` y terminó de anotar no sé qué cosa.
-Qué va a llevar, me dijo en el preciso momento en que detrás de mí se abría la puerta.
Miré por encima de su hombro y había jarabes y cajitas de antibióticos. Nada que me sacara del paso.
A esa altura estaba tan colorado que las orejas se me prendían fuego. Tomé coraje, al fin y al cabo ya era un hombre y no me podía dejar vencer por una sencilla palabra: preservativos.
-Preservativos, dije.
-De cuál le doy, me pregunta ahora el pibe, con cara de nada.
A mi lado, escuché refunfuñar a la mujer del auto mal estacionado.
-De los que llevaron las chicas, por favor -le aclaré, señalando la caja-. ¿Y aspirinas tenés?
-No, aspirinas no vendemos.
-Bueno, no importa.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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