Autazo
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Cada vez que me cruzo con el Citroën de los hermanos Margueritte (una verdadera joya verde y cremita que transita por las calles tandilenses con su glamour de bohemia parisina) no puedo evitar sonreír. Hay algo de simpatía y cariño tanto para el auto como para los hijos del querido Javier.
Lo debo haber contado en alguna crónica: fue en un 3CV modelo 70 de mi padre que aprendí a manejar. Aprendizaje que tuve que renovar años más tarde cuando subí a un auto "de verdad". Porque en ese entonces el Citroën no me parecía del todo un auto. No tenía la sobriedad del Falcon, la presencia del Chevrolet 400 ni el diseño innovador de los primeros R12 que comenzaban a convertirse en el "nuevo clásico argentino".
En el Citroën todo parecía de juguete. Aún hoy me sigue pareciendo, sólo que para mi adolescencia aquellas características caricaturescas eran un tanto "vergonzantes".
Mi viejo lo había comprado casi cero kilómetro y era de color tiza. Lo conocí un verano, cuando llegué a Mar del Plata a pasar las vacaciones como hacía todos los años, desde que se había separado de mi vieja.
La cara de orgullo cuando me lo mostró parecía no corresponder con ese vehículo, mitad auto y mitad licuadora, estacionado a la sombra de un árbol de la calle Tres de Febrero.
Fue recién en el verano siguiente cuando comencé a tomarle no digo respeto pero al menos cariño. Me había ido a esperar a la Terminal. Como siempre, yo llegaba en El Rápido de la hora de la siesta. Lo noté más viejo, parado en la plataforma con las manos en los bolsillos. Hacía casi un año que no lo veía, pero parecían muchos más.
Hay una edad en que los hombres comienzan a ponerse viejos; ese tiempo le había llegado a mi padre en aquel verano.
El Citroën aguardaba a la vuelta de la Terminal, con su capota negra y brillante, y una temperatura interior que superaba los 200 grados.
-¿Todavía anda esta batata?, le pregunté, socarrón.
-Mirá, me dijo y lo puso en marcha, mientras se secaba la frente con un pañuelo. Arrancó después de toser dos o tres veces y largar ese olor dulzón a nafta quemada que se colaba al habitáculo por uno de los tantos agujeros que dan al motor.
El Citroën remontaba las cuadras y al llegar a las esquinas parecía que iba a desaparecer, a hundirse para siempre en las enormes cunetas marplatenses. Pero salía, una y otra vez, airoso y rebotando en un movimiento en cámara lenta, acompasado.
En marzo, cuando nos despedíamos le pedí que me prometiera que al año siguiente me enseñara a manejar.
-¿Cuántos años tenés vos?, me preguntó, haciéndose el contrariado.
-Catorce. ¡Cómo no vas a saber cuántos años tengo!
-Estás loco, me dijo.
El verano tardó en llegar. Sin embargo, no me había olvidado de aquella promesa no confirmada. Fue lo primero que le dije cuando lo volví a ver:
-¿Cuándo salimos a manejar?, le pregunté a manera de saludo.
Hasta que un sábado a la tarde me dio el gusto.
-Hoy vamos -me dijo, más ansioso que yo-. Pero desde ahora te advierto: si no hacés lo que te digo, se acabó la clase. Pegamos la vuelta y chau. Que te enseñe a manejar tu vieja o Montoto.
Llegamos a una calle larga e inhóspita por el lado del Parque Camet. Las primeras seis o siete cuadras eran asfaltadas, después una enorme cuneta marcaba el límite donde empezaba la tierra. Unos veinte metros más adelante de ese badén un árbol había crecido en medio de la calle, de manera tal que hacia uno y otro lado se había formado un desvío, una suerte de chicana. La cuneta y el árbol eran las únicas variantes de una recta infinita e insulsa.
Paró el Citroën contra el cordón, se bajó y me hizo bajar a mí. Nos cruzamos a la altura de la trompa del auto y en silencio me entregó las llaves.
Cuando nos sentamos tuve dos sensaciones. Por primera vez me sentí realmente importante, agarrado al volante enorme y rígido del auto.
La otra sensación fue más difusa. Ver a mi viejo en el asiento del acompañante, me desorientó por unos segundos. Hasta ese entonces, era él quien decidía dónde ir y cómo. Esa tarde, comenzaba a compartir sus espacios. O resignarlos. Debió ser fuerte para él encontrarse en el lugar de dejarse llevar.
Fue en ese momento -antes de arrancar y poner primera- cuando aprendí algo de lo poco que sé de manejar, no sólo arriba de un auto.
-Prestá atención a lo que te voy a decir, me dijo, mientras yo seguía mirando extasiado el tablero.
Muchos años más tarde y en varias ocasiones traté de reconstruir aquel monólogo. Recuerdo que habló de la diferencia entre andar y conducirse, de la importancia de dar señales claras porque uno no anda solo por el mundo, que el viaje se hace más corto cuando se disfruta, que cuando uno anda cuesta abajo tiene que ir en la misma marcha que cuando sube.
Ese hombre que parecía un filósofo dando una clase magistral, casi enloquece cinco minutos más tarde cuando casi le estrello el Citroën contra el maldito árbol mal ubicado.
-Bajate, me dijo, y yo pensé que nunca más iba a poder manejar.
Volvimos al sábado siguiente y al otro. Hasta que a la cuarta lección, me dejó manejar solo. Se bajó del auto, se sentó en el cordón de la vereda y prendió un cigarrillo. Una vez que puse tercera, miré por el espejo y su figura se fue achicando hasta perderse. Pasé la cuneta en segunda, esquivé con solvencia el árbol y seguí algunas cuadras más. Cuando volví seguía sentado y fumando.
-Subí que te llevo, le dije tirándome el lance.
Bastó una mirada para que me corriera al asiento del acompañante. Volvimos a su casa hablando del Boca del Toto Lorenzo y otras cosas de hombres.
Creo no haberme olvidado nunca de aquellas lecciones, aunque años más tarde tuve que aprender a manejar un auto "en serio".
Ahora, de tanto en tanto me cruzo con el auto de los Margueritte y no puede dejar de sonreír.
-¡Qué autazo…!, me digo, mientras el Citroën saluda con su bocinita burlona.
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