Bajo un intenso interrogatorio, peritos de parte intentaron desacreditar la veracidad de los dichos de las chicas
Si bien ellas, ahora mayores, fueron protagonistas excluyentes del inicio del debate ratificando los aberrantes sucesos que dijeron haber padecido cuando niñas, ayer nuevamente serían eje de las discusiones más allá de su ausencia física en la sala, a partir de las singulares como delicadas disidencias evidenciadas entre las peritos intervinientes a la hora de las conclusiones sobre aquellos dichos de las víctimas, lo que valió de intensos cuestionarios no sólo de las partes sino del mismísimo Tribunal, quienes tienen la compleja tarea de discernir cuáles de las percepciones de las psicólogas son las más acertadas o se acercan más a la verdad, dentro de una ciencia no exacta.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailCabe consignar que las apreciaciones de las peritos oficiales fueron concordantes y ciertamente acompañaron los dichos de las jóvenes a la hora de darles credibilidad. Empero, las peritos de parte que ahora declararían distaron, y mucho, de lo que asintieron sus colegas, restándole veracidad al relato de las chicas a partir de lo que se consideró una construcción mental sobre algo que en verdad, a su criterio, no ocurrió como ellas ahora lo representan.
Las profesionales no hablaron de mendacidad, intencionalidad o ánimo de venganza para con el imputado, más bien refirieron a un complejo como poco claro presunto entramado constructivo mental de ambas hermanas a partir de vivencias que en ese momento protagonizaban para magnificar, resignificar, determinada vivencia que, en definitiva, no resultó para nada traumática y que ahora, al turno del relato, sí se transformaría en angustiante.
Semejante hipótesis de trabajo y consiguientes conclusiones mereció preguntas varias del ministerio público como de los mismísimos jueces, frente a quienes más allá de su extensa trayectoria en la materia, quedaron atrapadas en cierta impotencia las profesionales a la hora de responder con claridad sobre el entuerto, al menos al paladar de la demanda fiscal.
Interrogantes
Abriendo la segunda jornada pasó a la sala la psicóloga que ocho años atrás a la denuncia formal recibió a los padres, desesperados por la primera revelación de la niña más chica, que habló de los tocamientos de su abuelo postizo, para luego su hermana mayor asentir que ella también los había sufrido.
El aporte de la testigo no era menor, siendo que a partir de su intervención se busca dilucidar uno de los grandes interrogantes del escabroso suceso: el tiempo que pasó desde ocurridos los presuntos abusos hasta llegar a la denuncia. Muchos años pasaron, lo que no hace más que darle lógica a las preguntas de porqué dejaron pasar tanto tiempo.
Como se informó, la psicóloga en cuestión recibió a los padres a los pocos días de la revelación de la niña y entendió que debía contenerlos a ellos y dejar a las niñas tranquilas, considerando que si las chicas estaban relativamente bien después de dichos abusos, no había que someterlas a “los abusos de los profesionales”, acerca de hacerles entrevistas por lo referido por ambas.
El criterio de la declarante fue puesto en tela de juicio, ya que tanto el fiscal Marcos Egusquiza -en tono más contemplativo- como el defensor Jorge Dames -más inquisidor- preguntaron y repreguntaron si ante semejante revelación de una menor no se aconsejaba consultar una profesional. Sobre lo cual la testigo insistió que, a su criterio, en aquel momento le resultó más pertinente contener a los padres que a las niñas, quienes, de hecho, siguieron con su vida normalmente, más allá del abrupto corte de relación con la abuela y su pareja que, hasta ayer, las cuidaban.
Las apreciaciones de la psicóloga dejaron más dudas que certezas en cuanto a su intervención en aquella historia, y si bien nadie descalificó su tarea, quedó un halo de frustración frente a lo que hubiera podido ser en el pasado y presente de esta familia (incluso hasta para el propio acusado) como en el mismísimo desenlace de este conflicto emocional que dicen afrontar, si aquella contención profesional hubiera sido más comprometida.
También quedó en claro que cada profesional en la materia (como en cualquier otro oficio), si bien mantiene protocolos sobre cómo enfrentar determinada situación, hay criterios propios a la hora de su abordaje.
En este caso, la testigo ratificó que, a su entender, por aquellos días era menester atender la angustia y desesperación de los padres para que éstos pudieran contener a sus hijas, quienes, en definitiva, siguieron sus vidas y recién pasados los años se vieron en la necesidad de exponer y denunciar formalmente lo que dijeron sufrir de manos del hombre que ayer, como en la primera audiencia, sentado al lado de su abogado, prestaría mucha atención a lo que se decía y tomaba apuntes, cual gesto anticipatorio que tal vez haga uso del derecho a su descargo, una vez arribado el epílogo del juicio que promete más jornadas de las previstas primeramente, ante el tiempo que demandaron hasta aquí los interrogatorios y exposiciones (el martes continuará con más testigos).
La familia del lazo…
La psicóloga Marta Provenzano, como perito de parte, presentó su vasta trayectoria como forense, buscó poner en crisis las vivencias esgrimidas por las jóvenes cuando chicas, instalando la particularidad de que se trataba de recuerdos de muchos años.
La profesional ubicó la denuncia en un contexto determinado, hablando del fracaso estudiantil de una de las chicas al regresar de Buenos Aires, la separación de los padres y el haberse relacionado con un grupo de amigos que habían padecido abusos sexuales.
Subrayó, entonces, que la joven volvió a la ciudad con una especie de misión “reivindicativa”, diciéndole a la madre que “voy a meter preso a Néstor”.
Según su lectura, tras las entrevistas realizadas con las víctimas como sus padres, la denuncia, inconscientemente, buscó volver a ligar a esa familia que hasta la separación de sus padres era ideal, haciendo referencia a la “familia del lazo”, por aquello de la unión que había entre sus miembros.
Se preguntó en voz alta cómo se explicaba sino que no habían sufrido trastorno alguno durante aquellos años, que eran alumnas perfectas, que tenían vidas normales, sin manifestación de pesadumbre alguna hasta siete años después.
Acotando que en la familia existía mucho diálogo, nada era tabú, inclusive temas sexuales, haciendo hincapié en el porqué del silencio. A la vez subrayó que era extremadamente llamativo que no existieran particularidades en los hechos, referido a que a las dos hermanas les pasó lo mismo y compartieron los mismos silencios durante el mismo tiempo.
“Hay un auto convencimiento del relato”, ensayó la perito, poniendo el acento en que había mucha comunicación entre ellas y de allí la formación de un relato común.
El trauma ‘no está’
Tras largas horas de exposición, llegó el turno de la otra perito de parte, la psicóloga Mirta Bagó, quien acuñó la idea del “período mudo”, acerca de aquellos años de silencio desde aquella primera revelación de los tocamientos a efectuada la denuncia.
El fiscal puso especial énfasis en preguntarle sobre dicha definición, siendo que si bien las chicas sólo aquella vez en 2003 lo habían confesado a sus padres, con el paso del tiempo sí lo contaron a otras personas, como amigos y novios.
Igualmente la profesional se mostró tajante en sus conceptos a la hora de sentenciar que semejante abuso padecido debía manifestarse en signos, secuelas, pero no habían evidenciado trastorno alguno.
“El trastorno no está y eso es imposible en casos de abusos, sobre todo cuando fueron continuos y constantes”, dijo. Claramente, el fiscal no compartía las citadas conclusiones y repreguntaba frente a una testigo que, por momentos, no encontró una respuesta lógica a sus interpretaciones.
Reconoció que tuvo algunas coincidencias con la perito oficial acerca de un relato de angustia en las chicas, pero repitió que no se habían manifestado trastornos según se desprendía de las entrevistas y test proyectivos que ellas practicaron.
Al igual que su colega propinante, aludiría a la singularidad de la semejanza en los relatos de ambas hermanas sobre lo padecido, refiriendo a una simbiosis entre ellas que se visualizaba en el relato, acotando que a su entender existió un convencimiento interno de que aquello -los abusos- sucedió. A más razonamientos, habló de una pseudo memoria que se construye desde el contar determinada situación, aclarando que aquella construcción no era por mala intención, pero sí por una necesidad de recomponer aquellos lazos familiares destruidos.
También fue categórica al descartar las teorías del recuerdo tardío o el acomodaticio, tópicos tenidos en cuenta por las peritos oficiales. Sobre la temática los descartó de cuajo basándose en su formación académica, entendiendo que dichas posturas eran desechadas por la comunidad científica actual.
Claro que sus apreciaciones merecieron renovados reparos e interrogatorios de parte del fiscal como de los mismísimos jueces, que, en definitiva, tomarán en cuenta o no a la hora de sentar su sincera convicción.
Más testigos
Cerrando la audiencia, ya arribada las 17, apenas se alcanzó a escuchar el testimonio de los tíos de las jóvenes, que no hicieron más que referenciar sobre el cuadro parental, los lazos existentes y lo que significó semejante revelación de las niñas. Afuera de la sala, los padres, que más adelante serán también testigos en el juicio, siguieron atentos, expectantes, como angustiosos sobre las vicisitudes de lo que ocurría adentro, como las circunstancias de tener que cruzarse afuera con quien sus hijas señalan como quien les hizo padecer semejantes vejaciones cuando niñas que, recién ahora, ya mujeres, se animaron a denunciar.
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