Bomberos
El calor sofocante y la sequía letal se hicieron cómplices esta semana de las más oscuras intenciones de aquellos que provocaron reiterados incendios en el predio del mítico palacio Sans Souci.
En clara desventaja ante la imponencia del siniestro, la dificultad de la topografía y la carencia de medios, los bomberos volvieron a vender cara una derrota segura en el inexpugnable imperio de las llamas.
Sea por su condición, su deber profesional o lo que fuere, aceptaron el desafío sin más expectativa que ir tras el mal menor.
Casi simultáneamente, otro foco, ya no ígneo pero sí de conflicto permanente, obligó a la repetida intervención del Comité de Crisis. Cuan bomberos, los integrantes del heterogéneo grupo dirigencial que lo integran se reunieron otra vez para monitorear la marcha cuesta abajo del empleo en la ciudad y, luego de revisar un diagnóstico archiconocido, salir a la descampada a sofocar lo que se pudiese.
En esta oportunidad, encontraron en el Gobierno provincial, a través del Ministro de Trabajo, un auxilio para las empresas en forma de inyección de recursos, más planes y agilidad burocrática.
Claro está que los esforzados intentos -y la unidad comiteril mantenida pese a contener intereses muchas veces encontrados- son apenas paliativos en el marco de una cuestión de fondo que no se soluciona de una semana para otra.
El crack internacional sirvió de combustible al ya encendido fuego interno, en un año en el que sobró soberbia oficial y fallaron todas las previsiones.
Ahora, es la hora de salir a apagar uno y mil incendios. Y de pagar el pato por todo lo que pudo haberse hecho en tiempos de bonanza y no se hizo. Cuando los K sólo pensaban en cortinas de humo.
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