Cabrera, de la nada a la gloria
Augusta National es un club muy original dentro del golf y del deporte internacional. Tiene señas particulares que lo hacen distinto a todo y a todos, y mantiene como vidriera el Masters, el torneo que lo distingue y lo prestigia. De cada 10 golfistas que se consulten, ocho dirán que es la mejor cancha del mundo. Y ese trazado de increíble belleza y perfección es el que recibe cada año al primer Major de la temporada, el único del Grand Slam que no cambia de escenario. Es tal vez el club más exclusivo del mundo. Con apenas 300 miembros que se reconocen por su saco verde, el ingreso no es cuestión de dinero ni de fama. Bill Gates, rechazado alguna vez, es una prueba de ello. Sus instalaciones son bellas, aunque sin lujos, y permanecen vírgenes de publicidad. Aquí se demuestra que se puede organizar un gran acontecimiento deportivo sin carteles de ningún tipo. Las grandes marcas siguen sin poder anunciar dentro de la cancha y seguramente nunca lo lograrán. No se venden entradas desde 1973, y la lista de espera se cerró definitivamente en 1976. Los propietarios de los tickets para ver el Masters los conservan y los pasan de generación en generación, renovándolos cada año a un precio más que razonable (unos 200 dólares). Por eso, cada uno de los 40.000 espectadores que concurren cada día al torneo pueden considerarse un privilegiado.
En esa atmósfera mágica y única se consagró Angel Cabrera. Si su carrera sufrió un vuelco radical después de la conquista del US Open, en 2007, con esta coronación se potenciará para siempre. Algunos podían olvidar que ganó el Abierto de los Estados Unidos, o argumentar que fue un enorme golpe de suerte en una semana de esas que no se repiten, pero el saco verde es otra cosa. Con el Masters se ingresa en una dimensión exclusiva (Cabrera y Tiger Woods son los dos únicos golfistas en actividad que consiguieron el Masters y el US Open).
Pero, ¿qué hay detrás de ese hombre fornido y de gesto adusto que conmocionó de nuevo al deporte nacional cuando apenas comenzaban a acallarse los ecos de su hazaña en el US Open? Un relato que va de la nada a la gloria, con las escalas que suponen un tremendo esfuerzo, una vida plagada de incertidumbre, de privaciones y el ?no rendirse jamás? como motor de todo.
En lugar de estar codeándose con los mejores en el torneo más exclusivo del mundo, Cabrera podría estar en lugares oscuros, en laberintos existenciales, en caminos equivocados. ?El golf me salvó la vida?, suele repetir el cordobés de 39 años, y esa frase tiene poco de metafórica. Sus padres lo abandonaron y lo dejaron al cuidado de su abuela a los cuatro años, y el Pato creció a los golpes, en la calle y abriéndose camino de cualquier forma. Hasta que empezó a frecuentar el Córdoba Golf Club y a llamar la atención por sus condiciones, aunque su fama en Mendiolaza, el pueblo en el que nació, cerca de Villa Allende, pasaba por sus constantes peleas callejeras. No había futuro en ese pibe irascible y veloz para los puños, y tal vez él lo sabía. Por eso se aferró al golf. ?Tuve mucha suerte, porque pasar el tiempo en el club era mucho mejor que estar en la calle. El golf me enseñó muchas cosas. Crecí rodeado de abogados, doctores, ingenieros. Estando cerca de ellos aprendí a comportarme, a hablar, a comer, a vestirme. En casa no tenía nada. El club era mi casa?, confesó el cordobés alguna vez.
Claro que hasta que su juego alcanzó el rodaje necesario para aspirar a ser profesional, pasaron muchas cosas. Dejó la escuela en sexto grado, probó algunas changas que lo entusiasmaron poco, y buscó como caddie su sustento.
A los 19 años, justo cuando llegaba Federico, su primer hijo con Silvia, Cabrera se hizo profesional, y después de unos primeros pasos mediocres en cuanto a resultados, comenzó a crecer en forma constante y a confirmar ese potencial que lo distinguía de entre los de su generación.
Después llegaron la apuesta económica de Eduardo Romero para lanzarlo a Europa, los primeros resultados destacados para mantenerse en el circuito, y las victorias que le fueron asegurando su futuro económico y el de sus hijos. Pero Cabrera lucha con obstinación para que esos millones de dólares que engrosan su cuenta, y que el domingo recibieron una inyección de 1.350.000, no afecten su modo de vida. En Villa Allende la mayoría de sus amigos sigue siendo la que compartía sus necesidades de chico. El campeón del US Open y el Masters se codea con los mismos que estaban cuando no había nada para repartir. Y para el Pato no hay mejor cita que un asado en el ya mítico bar El Cóndor, los viernes a la noche.
Conocer a Cabrera puede ser dificultoso. La primera impresión suele ser violenta. Hay pocos hombres más temidos que él en el ambiente del golf argentino y para el desprevenido, el primer diálogo será seguramente el último. Pero esa imagen de hombre duro e intransigente cambia cuando se entra en confianza con él, cuando se logra romper el grueso bloque de hielo que lo protege de contactos indeseados. Esconde su timidez detrás de un escudo agresivo, pero los que lo conocen lo adoran, lo defienden y lo respetan, y ésa es una señal de su integridad. Cabrera nunca tendrá el ángel de Roberto De Vicenzo, ni el carisma del Gato Romero, ni la simpatía de Andrés Romero. Tampoco se esfuerza por lograrlo. Su verdad está en la cancha de golf. En ese andar arrollador, en esa forma de avanzar que se asemeja a la de un toro. Cabrera intimida a sus rivales, con la potencia de sus golpes, con su mirada penetrante, y con su decisión para buscar la victoria ante cualquiera y en cualquier escenario. Esas virtudes lo llevaron a conquistar Estados Unidos sin hablar una palabra de inglés. No le interesa, no pretende corregir ese ?defecto?, porque dentro de un campo de golf el único idioma es el juego, y el lo ?habla? como pocos.
Cabrera ganó dos veces en suelo estadounidense, y nada menos que los dos torneos más importantes que se ponen en juego allí. Sin embargo, seguirá renegando del circuito norteamericano, nunca se sentirá del todo cómodo. Y mientras se mueve semana a semana en la gira más exitosa y exigente del planeta, añora el Tour Europeo. Ese circuito alejado en prestigio y dinero del PGA Tour que, sin embargo, le entregó durante muchos años el placer de disfrutar el golf también afuera de la cancha. Con el grupo de argentinos, con sus amigos italianos y españoles, con toda esa camaradería que tanto valora y que es imposible encontrar en la frialdad del ambiente estadounidense.
Cabrera es así, capaz de jugar un torneo de Grand Slam y a las 48 horas manejar cientos de kilómetros para participar de un pequeño torneo del tour argentino, sólo porque sabe que su presencia es significativa y porque le gusta juntarse con jugadores y caddies. Puede insultar a un fotógrafo demasiado movedizo, fustigar a un espectador que molesta con su teléfono celular, o retirarse de una de esas entregas de premios habitualmente largas y aburridas (casi siempre para volver rápido a su Villa Allende), pero también promover su espíritu solidario ayudando de todas las formas posibles y casi siempre en silencio.
El mundo Cabrera es en realidad muy chico. Su familia, sus amigos, su pueblo. Sus enormes conquistas se empeñan en tratar de agrandar ese universo, pero hasta ahora perdieron la batalla. El hombre sencillo se mantendrá inalterable. Y el año próximo, cuando le toque ser anfitrión de la tradicional cena de los campeones del Masters, con invitados ilustres como Tiger Woods o Phil Mickelson, el Pato elegirá el menú que mejor le sienta: asado y Fernet con coca. Ya lo prometió, y así será.
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