Caminos equivocados
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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Creo haberlo contado en éste o en algún otro espacio: una de las primeras cosas que hice a poco de venir a vivir a Tandil fue perderme.
Tenía siete años y un sentido de la orientación flamante, es decir, sin uso, que actualmente conservo todavía intacto.
Como para justificarme de una manera si se quiere romántica, me digo -y lo que es peor, se lo digo a los demás-, que los que nacimos en lugares con mar solemos desorientarnos fácilmente cuanto más nos alejamos de la costa.
Si bien parece una explicación más bien tonta, no lo es tanto. Cierta vez me perdí en Mar del Plata, donde vivía, y las únicas referencias conocidas para mi corta edad eran el mar, el edificio de Pepsi y la capilla del Instituto Unzué. Así que, lo primero que hice fue caminar hacia la playa (que es fácil de localizar, basta utilizar un poco el olfato); una vez que llegué, busqué las dos edificaciones emblemáticas y ya estaba orientado.
Pero aquella tarde, una de las primeras en esta ciudad, todo me era desconocido.
A mi madre se le había hecho tarde para ir a buscarme a la salida del colegio e hice la gran Forest Gump: correr.
Por ese entonces, vivíamos en Constitución, entre San Lorenzo y 14 de Julio, es decir, a cuatro o cinco cuadras del San José.
A la carrera, había enfilado bastante bien por Chacabuco, rumbo a Avellaneda. Pero al llegar a la esquina de Constitución me topé con la encrucijada: una plaza partida al medio en diagonal.
Se sabe que las diagonales son el camino más corto entre vértices opuestos; o sea que, sabiéndolas utilizar son una buena ayuda para acelerar tiempos y acortar distancias.
Para sostener lo contrario, basta con preguntar a alguien que recién llega a La Plata y por error se mete en una diagonal. Puede terminar en cualquier lado.
Esa tarde, al igual que cada vez que viajo a la capital provincial, tomé por la diagonal con rumbo incierto. Al llegar a la fuente, es decir exactamente a la vuelta de mi casa, me había perdido por completo.
Volví, doblé, hice una cuadra, volví a doblar, una cuadra más y siempre terminaba en el mismo lugar: la fuente.
Después de haber corrido veinte kilómetros de corbata, guardapolvo y portafolio, y llorando desde hacía un buen rato, era -volviendo a tomar como ejemplo otro personaje de Tom Hanks- el mismísimo náufrago. En esas condiciones me encontró mi vieja, que había salido a recorrer el barrio en mi búsqueda.
Como buena madre, me abrazaba aliviada mientras me sermoneaba por no haberle hecho caso y esperarla en la puerta del colegio.
Quizás por este episodio o por la caprichosa explicación de la cercanía del mar que ya he citado, he tenido la oportunidad de conocer lugares que nunca figuraron en ningún plan.
Tengo cierta especialización por rutas desconocidas, que sobrevienen a rotondas mal encaradas. Kilómetros y kilómetros recorridos de gusto, de ida hasta la pregunta medular: ¿no habré agarrado por el camino equivocado?, más kilómetros y kilómetros de vuelta hasta llegar al punto de partida.
Cada vez que regreso de Buenos Aires manejando, necesariamente me pego una vueltita por el estacionamiento de Ezeiza, en el que indefectiblemente desemboco tras pasarme en la bajada de Cañuelas.
El último viaje que hice al Norte me permitió, entre otros paisajes, conocer palmo a palmo los suburbios de Tucumán, hasta por fin dar con la salida.
Fue, justamente, para ese viaje que mi amigo Javier Pianta me prestó su flamante GPS, que sumado a las indicaciones de mi mujer que se fijaba en el mapa, atemperaron un poco mi natural sentido de la desorientación.
Pero si con algo he venido combatiendo esta marcada falta de ubicación, es con seguridad, orgullo y confianza en mí mismo: `Mirá que un aparato o un papel inentendible van a decirme por dónde tengo que ir. Yo encaro por acá….`.
Al fin y al cabo, para descubrir mundos desconocidos, nada como tomar por el camino equivocado… Mirá Colón.
Tenía siete años y un sentido de la orientación flamante, es decir, sin uso, que actualmente conservo todavía intacto.
Como para justificarme de una manera si se quiere romántica, me digo -y lo que es peor, se lo digo a los demás-, que los que nacimos en lugares con mar solemos desorientarnos fácilmente cuanto más nos alejamos de la costa.
Si bien parece una explicación más bien tonta, no lo es tanto. Cierta vez me perdí en Mar del Plata, donde vivía, y las únicas referencias conocidas para mi corta edad eran el mar, el edificio de Pepsi y la capilla del Instituto Unzué. Así que, lo primero que hice fue caminar hacia la playa (que es fácil de localizar, basta utilizar un poco el olfato); una vez que llegué, busqué las dos edificaciones emblemáticas y ya estaba orientado.
Pero aquella tarde, una de las primeras en esta ciudad, todo me era desconocido.
A mi madre se le había hecho tarde para ir a buscarme a la salida del colegio e hice la gran Forest Gump: correr.
Por ese entonces, vivíamos en Constitución, entre San Lorenzo y 14 de Julio, es decir, a cuatro o cinco cuadras del San José.
A la carrera, había enfilado bastante bien por Chacabuco, rumbo a Avellaneda. Pero al llegar a la esquina de Constitución me topé con la encrucijada: una plaza partida al medio en diagonal.
Se sabe que las diagonales son el camino más corto entre vértices opuestos; o sea que, sabiéndolas utilizar son una buena ayuda para acelerar tiempos y acortar distancias.
Para sostener lo contrario, basta con preguntar a alguien que recién llega a La Plata y por error se mete en una diagonal. Puede terminar en cualquier lado.
Esa tarde, al igual que cada vez que viajo a la capital provincial, tomé por la diagonal con rumbo incierto. Al llegar a la fuente, es decir exactamente a la vuelta de mi casa, me había perdido por completo.
Volví, doblé, hice una cuadra, volví a doblar, una cuadra más y siempre terminaba en el mismo lugar: la fuente.
Después de haber corrido veinte kilómetros de corbata, guardapolvo y portafolio, y llorando desde hacía un buen rato, era -volviendo a tomar como ejemplo otro personaje de Tom Hanks- el mismísimo náufrago. En esas condiciones me encontró mi vieja, que había salido a recorrer el barrio en mi búsqueda.
Como buena madre, me abrazaba aliviada mientras me sermoneaba por no haberle hecho caso y esperarla en la puerta del colegio.
Quizás por este episodio o por la caprichosa explicación de la cercanía del mar que ya he citado, he tenido la oportunidad de conocer lugares que nunca figuraron en ningún plan.
Tengo cierta especialización por rutas desconocidas, que sobrevienen a rotondas mal encaradas. Kilómetros y kilómetros recorridos de gusto, de ida hasta la pregunta medular: ¿no habré agarrado por el camino equivocado?, más kilómetros y kilómetros de vuelta hasta llegar al punto de partida.
Cada vez que regreso de Buenos Aires manejando, necesariamente me pego una vueltita por el estacionamiento de Ezeiza, en el que indefectiblemente desemboco tras pasarme en la bajada de Cañuelas.
El último viaje que hice al Norte me permitió, entre otros paisajes, conocer palmo a palmo los suburbios de Tucumán, hasta por fin dar con la salida.
Fue, justamente, para ese viaje que mi amigo Javier Pianta me prestó su flamante GPS, que sumado a las indicaciones de mi mujer que se fijaba en el mapa, atemperaron un poco mi natural sentido de la desorientación.
Pero si con algo he venido combatiendo esta marcada falta de ubicación, es con seguridad, orgullo y confianza en mí mismo: `Mirá que un aparato o un papel inentendible van a decirme por dónde tengo que ir. Yo encaro por acá….`.
Al fin y al cabo, para descubrir mundos desconocidos, nada como tomar por el camino equivocado… Mirá Colón.
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