Carta Abierta y la invitación a Vargas Llosa: ¿Tenemos tutores otra vez?
Se le atribuye al célebre filósofo francés Voltaire aquella frase ?No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo?, aunque también se le niega su paternidad. Sea cual fuere su autor, es la máxima que mejor expresa el sentido de la libertad de expresión, base de la convivencia democrática. Desgraciadamente, por lo que se ve, la misma no se ha hecho carne aún en todos los intelectuales, a juzgar por las declaraciones de los que integran el elenco oficialista llamado Carta Abierta.
El autoritarismo parte de la base que sólo la verdad merece ser publicada. Quien está equivocado difunde una mentira y por lo tanto no tiene derecho a expresarse. Es lo que transmiten las declaraciones de Jorge Coscia, secretario de Cultura cuando acusa a Vargas Llosa de ser un ?vocero de grupos multinacionales editoriales y mediáticos? y un propagandista de un ?supuesto liberalismo de sometimiento y depredación?. Esos antecedentes son mérito suficiente para intentar que su voz no sea escuchada en la inauguración de la Feria del Libro.
Más grave aún, José Pablo Feinmann lo acusó de hablar mal de la Argentina. En rigor de verdad el autor de La ciudad y los perros criticó a los Kirchner y al peronismo, causante, según dijo, de sesenta y cinco años de atraso. Confundir el país con un partido político se parece mucho a la actitud de la última dictadura militar que calificaba de campaña antiargentina a las denuncias que se hacían en el exterior sobre las violaciones a los derechos humanos que practicaba su gobierno
El credo libertario en la materia se basa en la convicción de que aún el que está equivocado tiene derecho a expresarse, amén de que nadie puede saber a ciencia cierta quién está en lo cierto y quién no. Es seguir la máxima que dice ?quizás el otro tenga razón?, como base del pluralismo y la tolerancia. Tantos pensadores que han mutado sus convicciones son la prueba palpable de que sólo es posible sostener ideas provisorias, mientras nuevas evidencias no las contradigan.
Pero la prohibición del discurso ajeno tiene otra víctima, además del que se expresa: el público. Es el lector o el oyente quien tiene derecho a informarse de lo que dice el otro y formar su propio juicio. Se trata de tratarlo como una persona libre que no necesita de tutores que le indiquen qué mensajes puede recibir y cuáles no. Se censura el discurso para que el otro no pueda ser convencido de lo que se dice. ¿Tendrá miedo Coscia de que alguien deje de apoyar al gobierno por escuchar a Vargas Llosa? ¿O es simple intolerancia?
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPor Miguel Ibarlucía
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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