Cartas de lectores
El deporte como la educación, es una cuestión de Estado
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Los programas televisivos, radiales y de prensa suelen abundar en términos generalmente en boca de jugadores o directores técnicos, como “respeto” o “humildad”, que hacen recordar el viejo adagio de “dime de qué alardeas y te diré lo que no eres”.
Si un ministro de Educación afrontara los graves problemas de la actual formación escolar con la seriedad que merecen, debería reclamar ante el Gobierno una urgente reforma de la conducción del fútbol profesional.
Sorprenderá quizás a algunos lectores; pero estarán de acuerdo que es el fútbol en nuestro país que muchos niños en su mayoría se inclinen por este deporte que se ha convertido en una pasión dominante para las poblaciones de muchos países del mundo.
Pero crece cada vez más la sensación de que mucho más allá de su carácter recreativo es necesario enfocar ese fenómeno como una seria característica de la vida pública contemporánea, en lugar de juzgarlo como sólo una cuestión deportiva o con las despectivas consideraciones que suele provocar su uso político y económico.
Desde esta perspectiva, hechos como se vienen sucediendo en los escenario de nuestro país no sólo traducen la existencia de serios problemas sociales. Ellos ponen también las preocupantes características de la conducción del fútbol argentino, la pasividad del Estado ante esa realidad y sus más alarmantes efectos en la sociedad.
Todo esto debería provocar una fuerte reacción ante los poderes políticos para tratar de ponerle fin o al menos reducir su incidencia. ¿Qué valor tienen las declaraciones de inquietud ante la violencia que se introduce en las aulas o ante los niveles del crimen en la sociedad, cuando el cuadro que se ofrece cotidianamente a la vista de todos, por todos los medios de comunicación, es el de la tolerancia, pública privada, a la violencia y corrupción en el fútbol?
El fútbol que se nos ofrece por los medios con algunas excepciones es un potente instrumento de educación que, mal utilizado, contribuye a estimular las peores conductas en la formación de las nuevas generaciones y ante las cuales la escuela y la familia son impotentes. En el mundo contemporáneo, el fútbol se ha convertido en un campo de actividad de una importancia enorme, para bien y para mal en la formación de nuevas generaciones. En nuestro país, la ampliación del acceso televisivo a los espectáculos futbolísticos es de por sí encomiable. Pero el haberse efectuado sin previas medidas de corrección de los graves vicios que comento contribuye a agravar su efecto negativo en la sociedad.
El fútbol es ya una cuestión de Estado, sus efectos, en particular los inventivos para la corrupción y la violencia que de su práctica y publicidad se desprenden cotidianamente, requieren una necesaria y urgente intervención de los poderes públicos, que debería ser recomendada con mayor fuerza.
Jorge Vitoria
DNI 18.345.418
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Padres sí, compinches no
Señor Directo:
La pregunta es sencilla pero la respuesta es complicada: ¿cómo armonizar efecto y autoridad? Hoy, los padres entre 30 y 40 años son más afectuosos con sus hijos, según los especialistas. El vínculo es más estrecho; hay más diálogo y compañerismo. Pero si eso se convierte en ser compinches, el rol paterno fundamental, que es el poner los límites que educan y protegen, puede verse desdibujado al punto de desaparecer.
Algunos padres sienten que imponer límites es coartar la libertar. Esta confusión se traslada a otros espacios, como la escuela. Y bien puede explicar la dificultad que allí tienen los chicos para aceptar las reglas distintas a las que ellos creen correctas.
Para el especialista en educación Gustavo Laies, muchos padres buscan para sus hijos una escuela libre y abierta donde las normas no sean impuestas sino dialogadas. Detrás de esa demanda aparece “buscamos lo contrario de lo que vivimos”, algo así como somos hijos de la escuela del orden y queremos para nuestros hijos la de la libertad.
No es una demanda de los chicos sino de los adultos, dice Laies, que se están peleando con la vieja escuela y con la vieja maternidad y paternidad. Hemos flaxibilizado reglas, exigencias y límites. En el camino, los chicos han avanzado, son más críticos y creativos. Y los jóvenes, más defensores de sus derechos y de su calidad de vida. No se trata de volver al pasado. Pero hay un reverso y es que tienen muchas más dificultades para enfrentar la frustración y el sacrificio.
En el mercado laboral, dicen que los buenos de ahora son mejores que los del pasado, pero la mayoría no resiste los encuadres. Así como los padres se acercan más a los hijos, éstos lo hacen con sus padres. Es un ida y vuelta. Sin embargo, hay una asimetría que no debería perderse dentro de la buena noticia de la creciente intensidad afectiva entre los padres e hijos. Los adultos son adultos y los chicos, chicos. Y son los adultos los que tutelan, y no a la inversa. Los límites enseñan. Y saber transmitirlos a los hijos es parte esencial del ser padres.
Eduardo A. Aldasoro
Profesor de Educación Física
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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