Cartas de lectores
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailQuién paga el costo del paro docente
Señor Director:
Todos los años pasa lo mismo y lo peor es que se sabe lo que va a pasar. Nuevamente las clases comenzaron con una suspensión en la gran mayoría de las provincias. Sencillamente porque los gobiernos no tienen plata para pagar los aumentos que los maestros piden.
Hay un elemento irreal en el arranque de este proceso. La paritaria nacional la maneja un ministerio que no tiene a su cargo ni una sola de las 45 mil escuelas, ni ninguno de los 960 mil maestros. Discute con los gremios un incremento del que deberán hacerse cargo otros.
¿Los paros les sirven a los maestros? ¿No creen que esta herramienta carece hoy de la legitimidad y acompañamiento de gran parte de la sociedad? Esto tiene que ver con la enorme contradicción que significó vivir los últimos 10 años con un aumento permanente del presupuesto educativo y, en especial, del mejoramiento real del salario docente con las huelgas docentes que se convirtieron en un mal endémico de nuestro sistema. Algo pasa con el modelo sindical que no les permite ver a sus dirigentes que la reiteración de este instrumento de conflicto que lo banaliza y le quita potencia.
Tienen razón en reclamar, pero pueden discutir a las apuradas cada comienzo de año el aumento salarial. La política docente debería estar entre las políticas de Estado; en medio de todas las batallas políticas cotidianas deberíamos poder detenernos un momento a construir todos juntos una política para nuestros docentes que nos garantice que en 10 años tenemos mejores docentes con los mejores salarios, en una mejor escuela pública.
En otros tiempos, los docentes eran muy respetados, que nadie se le ocurría decirles que “trabajan 4 horas y tienen 3 meses de vacaciones” a modo de reproche. Y que un padre fuera a cuestionar a una maestra en defensa de su hijo era una extravagancia. Los chicos iban a la escuela a estudiar y aprender. El docente que todos ponderamos y queremos, que por suerte los hay, es el que merece de nuestra solidaridad en su reclamo. Domingo F. Sarmiento.
Santiago Alía
DNI 18.354.415
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Dignidad humana
Señor Director:
Permítame contarle una pequeña historia, ahora que ya tengo 68 años. El primer tren que tomé en mi vida fue cuando tenía 14 años. Partía de mi pueblo natal, Vinchina, provincia de La Rioja, hacia Buenos Aires. Fue más precisamente en Patquía donde tomé el tren. Con muchas horas de viaje, incluida una noche, nos acercábamos a una ciudad desconocida, como era la ciudad de Buenos Aires, dejando atrás lo vivido en el tren, como por ejemplo algún guitarrero, acompañado de una damajuana de vino, que ponía fuerza y coraje en su garganta para cantar alguna chacarera con el fin de alegrar a los pasajeros y hacerles más llevadero el alejamiento de sus hogares natales.
Pasado el tiempo y ya en Buenos Aires, todos los trenes locales, mas subterráneos, fueron mis medios de movilidad en dicha ciudad, por muchos años. Viajes a Mar del Plata, de Constitución a Azul y viceversa, también están en mi haber, con todos los peligros que implica a veces viajar en tren. He viajado desde pulman hasta en el comedor porque me gusta el riesgo.
En una oportunidad viajé desde La Rioja a Buenos Aires en un furgón junto a unas víboras, entre otras cosas, pagando el boleto. Nada más que a mí me gusta el riesgo. Amo el tren.
Hoy voy por el tercer año viviendo en Tandil. Le cuento que volví al ruedo. Ya me hice un viaje a Buenos Aires, como ve, todos mis caminos me conducen a Buenos Aires. Pero esta vez fue diferente. Nunca antes había viajado con azafatas, con personal de limpieza dentro del tren, ni tampoco con un baño de lujo. Jamás me dieron una botellita con agua mineral y un alfajor como lo hicieron ahora. Las butacas reclinables con un tapizado acorde a la raza humana hicieron que me relajara y disfrutara del viaje.
Hubo un pequeño incidente con un niño, pero auxiliado por médicos que fueron alertados desde el tren para que se acerquen a la estación, donde la formación se detuvo un instante para la revisión del chico.
No lo puedo creer. Dependerá de nosotros, los usuarios, cuidar esta comodidad. ¿O será que al principio del túnel hay una luz, anunciando una Argentina con más dignidad humana?
Fani Ríos
DNI 4.968.011
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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