?Catan? sube a escena este fin de semana
En una casa de clase media baja de González Catán vive Gustavo con Marina, su mujer. Después de siete años de convivencia lo único que les queda en común es una hija de cinco años. Si Marina tuviera un lugar donde caerse muerta o si Gustavo no siguiera tan embobado con ella como el primer día, la pareja ya se habría acabado. La tercera pata de la pareja es la Negra, íntima amiga de ambos que no pasa un día sin instalárseles varias horas en la casa, lugar de contención que la mantiene alejada de mundos más marginales con los que suele coquetear. Es un volcán en erupción y cuando ella no está, la casa es un velorio.
-¿Cómo describirías a “Catán”?
Javier Dubra: -Una historia que transcurre en el conurbano bonaerense, pero que podría transcurrir en cualquier lugar donde los que más tienen vivan cerquita de los que menos tienen, en cualquier barrio donde la gente se conozca de toda la vida. Retrata la vida en una casa de clase media baja, donde es más fuerte el miedo a perder lo que se tiene que la ilusión de tener algo más; y sus conflictos con la clase media que sueña con ser rica y se siente amenazada por todos los frentes. Este trasfondo social nos sirve para hablar de temas como el amor, el matrimonio, la amistad y la lealtad.
-¿De dónde nace la cita que presenta la carpeta de la obra: “cuando sos chico no pensás y cuando empezás a pensar ya es tarde para deshacer los nudos que apretaste de chico”?
J. D.: -Es de un cuento que escribí mientras ensayábamos “Catán”, con los personajes de la obra. Todos tienen alrededor de treinta y se conocen desde chicos, del barrio. La historia tiene mucho de eso: lealtades, traiciones, rencores, pasiones que se engendran cuando sos muy pibe y de grande quizás no las entendés, pero te marcaron a fuego. Si te ponés a arreglar una estufa con tu hermano, por ahí terminás a las ‘putead…’ y no sabés bien por qué.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email-¿Cómo surge esta creación colectiva?
J. D.: -Hace ya varios años que trabajamos juntos y fuimos desarrollando una estética propia en nuestras producciones. Creemos que poniendo siempre lo colectivo por encima de las ideas individuales, se logran resultados más ricos, quizás imperfectos pero más complejos. Seguramente la obra es más inteligente que cada uno de nosotros, es más lúcida, habla de cosas que yo como director ni siquiera sospecho. Intentamos no controlar demasiado las cosas, ponernos a trabajar, dar lo mejor de nosotros y dejar que todo tome su curso natural, que cada cosa encuentre su lugar sin interferir demasiado con antojos o ideas caprichosas.
-¿Qué personajes interpreta cada actor y qué características tiene cada uno de ellos?
J. D.: -Carla Segalini y Diego Benedetto son Mónica y Fernán, los herederos de un corralón de materiales donde trabaja Gustavo (personaje que suele interpretar Luis Contreras pero que aquí voy a interpretar yo). La relación entre los jóvenes patrones y el antiguo empleado de la empresa familiar está inspirada en la canción “Cosas que pasan” de José Larralde. Cecilia Rainero es Marina, la mujer de Gustavo, una artesana un poco ‘new age’ y resentida que tiene recetas para la felicidad universal mientras se le cae a pedazos la familia que armó casi sin darse cuenta. Paula Schiavon es ‘la Negra’, amiga entrañable de la pareja, sufrida, callejera, alegre y salvaje, siempre enredada en los bajos fondos del barrio. Laura Espínola es Sandra, la hermana de Gustavo que se fue de su casa a los 17 años para vivir su aventura europea con un músico famoso y ahora vuelve vencida a su casita natal del conurbano bonaerense.
-¿Cómo ha sido el proceso de dirección y puesta en escena?
J. D.: -La obra se creó en un intenso trabajo de improvisaciones bastante prolongado. No se trata de una puesta de un texto preexistente sino de un largo proceso en el que juntos fuimos creando un imaginario complejo sobre los personajes. Dicen que una obra de teatro es un recorte de una novela imaginaria, en nuestro caso, la novela tiene unos cuantos tomos. La obra tiene la particularidad de no tener un texto escrito, sino situaciones armadas en las que cada actor va improvisando lo que dice. Esto es posible gracias a que cada uno sabe muchísimo de su personaje, mucho más de lo que revela. No hay casi nada “puesto” en escena, todo se desenvuelve con una naturalidad extrema. Da la sensación de que los actores hacen lo que se les da la gana, de que no cumplen marcaciones de ningún director.
-Dicen las críticas que la obra hace hincapié en las políticas de exclusión. ¿Qué me pueden contar de esto?
J. D.: -Lo que vemos en la obra son las consecuencias cotidianas de esas políticas. Personas que hace veinte o treinta años que jugaban juntas en la calle o iban a la misma escuela pública, hoy se ven enfrentadas.
Se ha querido imponer un sistema de valores que nos pone a todos en pie de guerra, entonces pienso que ese pibe me quiere robar el mp3, mi compañero de laburo me quiere serruchar el piso, mi amigo me quiere ‘soplar’ la novia, mi vecino quiere robarme las naranjas de la medianera, mi empleado planea hacerme un juicio y mi hermano quedarse con la casa de papá. Si en el mundo no hay lugar para todos, no podemos pretender la paz. Catán muestra las consecuencias palpables de los desgarramientos profundos del tejido social.
-¿Cómo ha sido trabajar con una mirada poco complaciente sobre las miserias humanas?
J. D.: -Bueno, eso es casi una premisa, no me imagino que se pueda trabajar seriamente de otro modo. Las miserias humanas duelen, tanto las ajenas como las propias, entonces cualquier manifestación artística es una forma de hacer algo con eso, de curar las heridas. Dice Sartre que la libertad es lo que hacés con lo que te hicieron. El trabajo del actor tiene mucho de eso, cada personaje es un ajuste de cuentas con tus propias miserias. Si te duele saberte cobarde, soberbio o egoísta, necesitás gritarlo al mundo para restituir los vínculos con tus semejantes. Por eso cuando lo ves actuar a Capusotto te dan ganas de abrazarlo y decirle gracias flaco, me hiciste bien.
J. D.: -Venimos muy esperanzados, sin apoyo económico de ningún tipo, pero con muchísimo apoyo moral de gente de Tandil que trabajó desinteresadamente para hacer esto posible. Si en Tandil hay gente que nos presta sus casas para dormir, nos pega afiches por ahí, se ofrece para ayudarnos en todo, si el Club de Teatro nos abre las puertas de la sala para presentarnos, si nosotros hace dos meses que venimos organizando esto y cancelamos obligaciones para poder venir, bueno, entonces será porque vale la pena el encuentro. Nos gustaría tener el mayor contacto posible con la gente de acá, tanto con el público como con los colegas. Son esos pequeños acontecimientos que pueden llegar a cobrar una importancia inusitada, porque se está dando mucho para lograr un encuentro.
-¿A quiénes invitan?
J. D.: -A todos. Catán es una obra que puede llegar a cualquier tipo de público. Muchas veces, gente que ha ido a vernos por compromiso, nos ha dicho “no me gusta el teatro pero esto me encantó”. Realmente es una obra que no deja afuera a nadie, todo lo que sucede es muy reconocible, los personajes generan una identificación inmediata. Es ideal para desarmar el prejuicio de que el teatro es o bien solemne, acartonado y aburrido, o bien liviano y pasatista. La gente se divierte y ríe muchísimo y al final se queda con la sensación de haber visto algo infinitamente triste. Para los colegas y el público habitué del teatro, será una buena oportunidad para ver algo distinto.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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