Centautos
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Uno de los personajes más emblemáticos de la mitología tandilera es el centauto.
De tan acostumbrados que estamos a verlos, prácticamente pasan inadvertidos, de manera tal que muchos dudan de su existencia. Sin embargo, las calles del pueblo pueden dar fe de la presencia de estos personajes extraños.
La característica principal de este ser es que es mitad hombre y mitad auto. Si prestamos atención, podemos verlos a toda hora y en todas partes. Del torso para arriba son humanos; el resto del cuerpo es auto. La ciencia ha intentado dividirlos, pero los esfuerzos han sido vanos. A los pocos minutos de ser despegados del coche, les comienza a crecer otro auto. Generalmente más nuevo.
Cuenta la leyenda que el primer centauto que habitó estas tierras era hijo de un Kaiser Carabela que pasó una noche por el pueblo y una muchacha de Villa Italia que, como tantas otras, se enamoró del visitante, obnubilada por el brillo de la carrocería y el aroma del desodorante interior.
Otros autores sostienen que nacieron de la cruza entre las primeras cuatro por cuatro y algunos socios de una entidad agropecuaria.
Con el tiempo, los centautos comenzaron a surgir de manera espontánea. Si bien los primeros indicios se manifiestan a edad temprana (cuando dejan de lado pelotas de fútbol, ludomatics y otros juegos para limitarse sólo a pistas de Scalextric), la metamorfosis propiamente dicha llega en la adolescencia. Justamente, cuando accede a su primer vehículo, a través de los ahorros o por regalo paterno.
Vale destacar que si bien no es genético, es altamente probable que de padre centauto nazca, al menos, un hijo centauto. El adolescente en cuestión sale a dar su primera vuelta en su flamante 147 y vuelve transformado. De ahí en adelante irá en auto al trabajo, a comprar el diario a la esquina, al almacén y a hacer ejercicio.
Pasará las tardes y los fines de semana ocupándose de la recién engendrada parte de su cuerpo. De lunes a viernes, dará vueltas por el centro hasta altas horas de la noche, junto a otros tropeles de centautos.
Los fines de semana se engalana para pasear por la zona del Dique y por las noches compite en pruebas dadas en llamar picadas, donde gana no sólo el más rápido, sino también el más ruidoso.
El centauto auténtico prácticamente carece de vida social. Sus amigos se fueron alejando en los años juveniles. Si bien tiene mucha aceptación con las mujeres (característica directamente proporcional al valor de su parte vehicular) es poco probable que su relación perdure en el tiempo. Si se casa, es posible que sea fácil presa de engaños, pero no le importará demasiado. En tanto y en cuanto el motor funcione, será feliz.
El centauto no distingue credos, clases sociales ni ideologías políticas. Se lo puede ver en autos importados o en viejas estancieras tuneadas. Tiene cierta tendencia a votar gobiernos liberales, que garanticen la importación de repuestos originales a precios relativamente accesibles.
Es un ser prácticamente inofensivo, aunque dirime batallas cotidianas con otros depredadores callejeros. En la cadena alimenticia, se encuentra por encima del peatón y por debajo del colectivero.
Es alérgico a las precipitaciones; en días de lluvia, suele quedarse encerrado en el garaje a fin de no ensuciar la carrocería. Si una granizada lo sorprende a la intemperie, puede hacerlo caer en un pozo depresivo o directamente matarlo lo mata.
Si bien nadie puede dar fe de la existencia de estos seres, es cuestión de hacer un poco de memoria y responder este interrogante: ¿cuántos tipos conocemos, incluso saludamos a diario, que nunca hemos visto abajo del auto?
Helos ahí, son los centautos.
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