Charadas II
Señor Director:
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailPaseaba por Buenos Aires hace algunos días y, aunque de verdad llevaba demasiados meses, y tal vez años, sin viajar a Capital, la encontré más poblada que nunca de mendigos en sus más variadas categorías, ya que también los había pobres, indigentes, y no sólo oportunistas.
Las calles se rebalsan en tanto oficio de indigencia, y por temor, a veces, elijo los subtes, los micros de línea o algún taxi. Pienso, de cualquier modo, que, si mi conciencia solidaria llegare a dominar mi voluntad, gastaría muchísimo más dinero caminando de Flores a Mataderos, que en un boleto clase ejecutiva de Río Grande a Québec. Las ciudades grandes tienen ese don de convertir en decoro las memorables tradiciones.
Todo tiene su lado positivo. Ahora, en vez de perder el tiempo contemplando las vidrieras o recorriendo librerías, he tomado por costumbre la lectura (sabe quien lee esta crónica que en la acrópolis porteña las distancias entre el hogar y el trabajo permiten este tipo de vicios) y hasta esbozado más de un borrador que fueron perdiéndose en la memoria de mi pequeña biblioteca.
Dos son las experiencias que se bifurcan: el placer y la dedicación al uso de los libros, por una parte, y, por la otra, el cultivo de la experiencia, el chocar con el mundo, el construirse como ser en medio del espiral social: el lector a secas o el lector que recrea y reconfigura su mundo real constituyéndose a si mismo. ¿Cuál es la línea de enfrentamiento? ¿Dónde converge la unidad de éste, un mismo ser? No será difícil medir los puntos de contacto: quien se aventura en lo fantástico de una obra literaria no es distinto de aquel que observa dos tórtolos besarse en una plaza, a la vez que cierra sus ojos extrañando al ser amado que lo llama a tal recuerdo, o tejiendo en su tapiz el primer beso del que aún no llega, y lo abraza, lo contiene, lo vacía cuando la plaza desaparece atrás, lejos, ya desde incontables paradas, cuando una brusca frenada lo arranca de la poesía disparando sus ojos.
Los mendigos posmodernos están al asecho de respuestas espirituales, metafísicas; de desentrañar los secretos últimos escondidos en los grandes relatos; de ver un poco más lejos la ruta iluminada por los coches; de resonar incansablemente los silbidos transeúntes buscando el ritmo perdido. El mendigo de hoy es un lector enfermo que busca refugio, persigue la urdimbre planteada en la multiplicidad de realidades. Este personaje, que no sube a los micros ni a subtes, es un usurero de las deidades canónicas; es egoísta; no elige el diálogo ni las conversaciones de bares para revelarse, para acercarnos a la otra orilla; es letrado en criptografía, y, además, mentiroso.
– ¡Mozo! La cuenta por favor.
Ezequiel Camio
DNI 28.669.288
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios