Chule, ese empleado…
Se llamaba Jorge Luis Durruty , pero ni él se presentaba por su nombre de pila. Todos lo conocían por su apodo.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu email
Era de esos tipos que quizás uno no tomaría como empleado . No al menos con todas las de la ley. Total, el Chule hubiese sido incapaz de traicionar a nadie.
Era, eso sí, especialista en hacer renegar al patrón.
Salía a pasear a los perros y no había vez que no regresara con uno menos. "Otra vez se me escapó Sasu" , decía. ¡Un mentiroso el Chule! Quería dejarlo libre. Que disfrutara. Como él, que amaba la libertad, aunque por vez primera había aceptado un trabajo fijo.
"¿Cuándo vas a pintar las mesas y sillas de exterior y las reposeras, que se están estropeando?". Nunca respondía: "Mañana". Siempre: "la semana que viene", que en general eran tres o cuatro semanas después. Eso sí. Después buscaba el encuentro para decir, canchero, "¿Y? ¿Cómo quedaron? ¿Viste que no se estropearon?"
Solía perder las llaves, se olvidaba la bomba conectada y rebalsaba la pileta, el pasto lo cortaba cuando quería, si llovía no venía….
Pero no lo hacía para perjudicar al patrón. Lejos de eso. Era su modo de vida. Tranquilo, despreocupado. Se había comprado una moto y la dejaba afuera… ¡Con la llave puesta!.
El cachorro de la casa le masticó tres pares de anteojos y en vez de castigarlo se reía, lo abrazaba y mientras se los mostraba, le decía con énfasis, pero con una dulzura que más de uno debiera envidiar: "Bimbo, ¡esto no se hace!". Y se sentía por bien pago con un simple lengüetazo de amor.
El Chule era de esos tipos buenos, destinados a cultivar la amistad y sabedor también de que no iba a trascender. Al menos si se cree que sólo trasciende quien funda empresas o es persona pública.
Un lunes se internó porque le costaba respirar y nueve días después -el miércoles pasado- murió como vivió: en paz, sin estridencias.
Ni siquiera hubo velorio. Hoy ya no es piel ni hueso. Tan solo cenizas.
Pero va a permanecer para siempre en el corazón de sus varios amigos y de sus múltiples conocidos. Y también en el de quienes quizás no nos permitimos el tiempo para disfrutar más de sus propios tiempos.
Lo lloramos de veras. Sin dobleces. Por simple. Por noble.
Por él también lloró Sasú, molestando, como jamás lo hizo, con su grito lastimero, a todos los vecinos. El animal presentía el miércoles que su amigo lo estaba dejando para siempre.
Otros lo pasearán. Otros lo cuidarán. Pero nadie sabrá otorgarle esa libertad que tanto gozó.
Chule no conoció la gloria ni la fama. No tuvo ni ansió tener dinero.
Dios se lo llevó temprano, como muchas veces ocurre con la gente buena.
…………………..
Ya no reniega por él su patrón. Ahora lo está llorando.
(RAR)
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios