Cinco años de un crimen sin responsables penales
A esta altura, pasados los años podría calificarse el hecho como un crimen perfecto. Si los investigadores después de tanto tiempo no han logrado siquiera dar con algún sospechoso, ni hay pistas que lleven a hilvanar una hipótesis sobre el trágico suceso, se está hablando de una impericia investigativa o el delito llevado a su perfección. Cualquiera de las dos posturas conduce a un mismo callejón sin salida: la impunidad.
Precisamente en días donde las crónicas policiales ganan en protagonismo y las autoridades se debaten entre el delito y la sensación de inseguridad, por estas horas el homicidio del jubilado José Mesquidas cumple un nuevo y triste aniversario. Cinco años, 1825 días de escalofriante silencio para con un crimen sin responsables penales.
El homicidio del jubilado de Villa Italia lo cometieron manos asesinas y anónimas, quienes gozan de una frustración investigativa que admite ya a estas alturas que la instrucción penal va rumbo al pase a archivo, sin más. Apenas restan algunas diligencias de rigor, sin ninguna confianza que lleven a buen puerto y así al esclarecimiento del crimen, pero los propios investigadores reconocen que no hay prácticamente chance alguna de llegar a los responsables.
Cabe consignar que a mediados de febrero de 2009 se aludió sobre un presunto avance en la causa por el asesinato ocurrido el 14 de julio de 2007.
Según trascendía de la pesquisa, un testigo de identidad reservada había aportado datos sobre el sangriento hecho. Mientras se aguardaba el resultado de los peritajes por los rastros encontrados en las uñas de la víctima, se había recibido una declaración en sede judicial. El testimonio ponía en el centro de la escena a un nuevo sospechoso. Los dichos fueron convincentes para el fiscal Piotti, quien pidió la detención, aunque la jueza de Garantías Stella Maris Aracil no valoró la declaración de la misma manera.
De aquella información a la fecha, las diligencias se sucedieron sin solución de continuidad pero siempre se chocó con el mismo desenlace, la impotencia.
Ni el testigo en cuestión, ni los resultados de los peritajes aportaron para una señal de avance en el expediente. Todo fue negativo, todo fue a parar a aquel callejón donde se guarda esa rara como peligrosa sensación de inseguridad frente a la impotencia de no hacerse justicia.
La causa ya no cuenta con sospechosos algunos y menos indicios para encaminar la pesquisa hacia otro carril de los hasta aquí ensayados. Apenas el dato de otro sujeto que habría dicho que le dijeron algunos datos que, en definitiva, no aportarían demasiado al esclarecimiento del crimen, menos aún en dar con los autores del homicidio.
El o los asesinos del jubilado José Luis Mesquidas, son toda una incógnita, transformándose el caso en uno de los hechos contemporáneos más graves que la Justicia no pudo resolver, integrando la lista de casos irresueltos como la mujer sin nombre hallada en el camino de ingreso a Gardey, el de la jubilada Margarita Herrera, en los monoblocks de avenida Perón y el aquí en el tiempo más cercano, de otro jubilado, Luis Fernández, o el mismísmo Walter Bazán.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailMesquidas recibió una golpiza con un elemento contundente que desencadenó en su muerte y se dejó de lado lo que se había barajado en un principio, respecto a que el deceso había sido producto de un golpe en la nuca al caer.
Se presume que los delincuentes que ultimaron a Mesquidas tenían el convencimiento sobre una importante transacción inmobiliaria de la víctima, quien había vendido una casa producto de una herencia por el fallecimiento de un familiar directo.
Una parte de ese dinero el hombre la había utilizado para adquirir un auto nuevo a un vecino, mientras que el resto de la plata la había depositado en un banco y no la guardaba en la casa, como seguramente había creído el matador.
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