Ciudad de perros
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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A menudo me pasa que no entiendo determinadas situaciones, actitudes, realidades. Me sorprendo yo mismo a veces actuando como un extraño, como un tipo que no quiero ser.
Es en esos casos que me da por creer en la existencia de dos mundos; una teoría propia, un yin y yang a la criolla, un dualismo de entrecasa.
Tampoco es que me paso la vida pensando en esta cuestión de la lucha entre el bien y el mal, la razón pura y la razón práctica y demás asuntos filosóficos. Simplemente se me da por creer que hay dos mundos que se complementan.
Y como lo mío es de vuelo corto, me digo que hay dos ciudades.
Suelo deambular por una de ellas, a los bocinazos y empujones, con mi gomera todavía al cuello, insultando ancianos y haciéndoles zancadillas a los chicos.
De un tiempo a esta parte, paso más tiempo en la otra: he comprobado que se duerme mejor. Así y todo, reiteradamente me descubro en la ciudad equivocada.
La historia que hoy nos ocupa sucedió en una de estas ciudades. Entre otras taras, sus habitantes tienen la costumbre de abandonar perros. Cuando dejan de ser cachorritos, los tiran a la calle sin mayores culpas. El gobierno de esa ciudad no da pie con bola con el asunto, y cada tanto el tema se convierte en noticia.
Porque en esa ciudad los perros abandonados molestan, son un estorbo, un peligro, un asunto sin resolver. Algunos todavía añoran las épocas de la perrera.
En la otra ciudad, hay gente que levanta perros de la calle, los cuida, los cura, los mantiene, los alimenta y les busca un hogar.
En una de las ciudades, el Estado no tiene presupuesto para un servicio semejante. En la otra, la gente tampoco tiene plata para estas cosas. Sin embargo, siempre se las ingenia. En esta ciudad, la solidaridad tiene un valor que a veces hace milagros.
Hace algún tiempo, uno de esos perros abandonados se instaló en el centro de la ciudad. Ahí pasaba sus días, inadvertido por la gente, comiendo salteado lo que encontraba en alguna bolsa. Había encontrado un buen lugar para mitigar los fríos del invierno. Un rincón calentito, en la vereda de una esquina.
Con su suerte de perros, fue a dar justo a un lugar donde había un comercio, y por ende, clientes. Y como a esa gente le molestan los animales, por propiedad transitiva y potenciada, los comerciantes de esa ciudad detestan a los perros abandonados.
La cuestión fue que una mañana, el comerciante se levantó más enojado que nunca (en esa ciudad hay muchos motivos para encolerizarse) y no tuvo mejor idea que tirarle una jarra de agua hirviendo al perro.
Allá salió el pobre animal, aullando su desgracia de vivir en la ciudad equivocada.
Con el lomo todavía pelado y en carne viva, a los días volvió. Porque los perros callejeros, además de no tener un lugar donde vivir, tampoco tienen rencor.
Temiendo que el maltrato vuelva a repetirse, alguien se apiadó y pidió ayuda en la otra ciudad. Como tantas veces, el socorro llegó a tiempo para evitar males mayores.
El perro recibió los dos requisitos básicos para salir del abandono: cariño y un nombre.
Por estos días, Paco está siendo curado de sus quemaduras por un buen veterinario. Mientras tanto, vive en un hogar de tránsito, a la espera de que alguien le confirme que hay otro mundo. Otra ciudad a la que tocó en suerte.
Yo, que transito asiduamente ambas ciudades, no me creo acusado en una ni fiscal en la otra. De pura experiencia nomás, le diría al comerciante que siempre hay margen para enmendar determinados errores. Sobre todo, si de animales se trata.
Tal vez una buena manera de alejar los perros que le espantan la clientela, sea colaborar con la gente que se encarga de encontrarles un hogar.
Hay muchos animales abandonados que le estarían eternamente agradecidos. Entre ellos, Paco.
Es en esos casos que me da por creer en la existencia de dos mundos; una teoría propia, un yin y yang a la criolla, un dualismo de entrecasa.
Tampoco es que me paso la vida pensando en esta cuestión de la lucha entre el bien y el mal, la razón pura y la razón práctica y demás asuntos filosóficos. Simplemente se me da por creer que hay dos mundos que se complementan.
Y como lo mío es de vuelo corto, me digo que hay dos ciudades.
Suelo deambular por una de ellas, a los bocinazos y empujones, con mi gomera todavía al cuello, insultando ancianos y haciéndoles zancadillas a los chicos.
De un tiempo a esta parte, paso más tiempo en la otra: he comprobado que se duerme mejor. Así y todo, reiteradamente me descubro en la ciudad equivocada.
La historia que hoy nos ocupa sucedió en una de estas ciudades. Entre otras taras, sus habitantes tienen la costumbre de abandonar perros. Cuando dejan de ser cachorritos, los tiran a la calle sin mayores culpas. El gobierno de esa ciudad no da pie con bola con el asunto, y cada tanto el tema se convierte en noticia.
Porque en esa ciudad los perros abandonados molestan, son un estorbo, un peligro, un asunto sin resolver. Algunos todavía añoran las épocas de la perrera.
En la otra ciudad, hay gente que levanta perros de la calle, los cuida, los cura, los mantiene, los alimenta y les busca un hogar.
En una de las ciudades, el Estado no tiene presupuesto para un servicio semejante. En la otra, la gente tampoco tiene plata para estas cosas. Sin embargo, siempre se las ingenia. En esta ciudad, la solidaridad tiene un valor que a veces hace milagros.
Hace algún tiempo, uno de esos perros abandonados se instaló en el centro de la ciudad. Ahí pasaba sus días, inadvertido por la gente, comiendo salteado lo que encontraba en alguna bolsa. Había encontrado un buen lugar para mitigar los fríos del invierno. Un rincón calentito, en la vereda de una esquina.
Con su suerte de perros, fue a dar justo a un lugar donde había un comercio, y por ende, clientes. Y como a esa gente le molestan los animales, por propiedad transitiva y potenciada, los comerciantes de esa ciudad detestan a los perros abandonados.
La cuestión fue que una mañana, el comerciante se levantó más enojado que nunca (en esa ciudad hay muchos motivos para encolerizarse) y no tuvo mejor idea que tirarle una jarra de agua hirviendo al perro.
Allá salió el pobre animal, aullando su desgracia de vivir en la ciudad equivocada.
Con el lomo todavía pelado y en carne viva, a los días volvió. Porque los perros callejeros, además de no tener un lugar donde vivir, tampoco tienen rencor.
Temiendo que el maltrato vuelva a repetirse, alguien se apiadó y pidió ayuda en la otra ciudad. Como tantas veces, el socorro llegó a tiempo para evitar males mayores.
El perro recibió los dos requisitos básicos para salir del abandono: cariño y un nombre.
Por estos días, Paco está siendo curado de sus quemaduras por un buen veterinario. Mientras tanto, vive en un hogar de tránsito, a la espera de que alguien le confirme que hay otro mundo. Otra ciudad a la que tocó en suerte.
Yo, que transito asiduamente ambas ciudades, no me creo acusado en una ni fiscal en la otra. De pura experiencia nomás, le diría al comerciante que siempre hay margen para enmendar determinados errores. Sobre todo, si de animales se trata.
Tal vez una buena manera de alejar los perros que le espantan la clientela, sea colaborar con la gente que se encarga de encontrarles un hogar.
Hay muchos animales abandonados que le estarían eternamente agradecidos. Entre ellos, Paco.
EPIGRAFE PARA LA FOTO
Las heridas de Paco se están curando. Está en Patitas Perdidas (15665325 ó 15318723)
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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