Civilización y barbaries
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailLa foto difundida ayer por cuanto portal informativo nacional y extranjero haya y que seguramente estará impresa en los diarios de hoy es bien impactante: Kadafi, o lo que quedó de él se desdibuja en una mancha sanguinolenta y repulsiva. Como trazos garabateados sobre un pomo reventado de témpera roja.
El mensaje es claro y masivo, universal: ha muerto el dictador. Así terminan los enemigos del orden.
La historia de Kadafi es la de tantos dictadores caídos en desgracia, a los que el imperio les suelta la mano.
Pero no es su historia la que trataremos acá. Hablaremos de la exhibición pública y masiva de la muerte.
Durante cientos de años la exposición de los cuerpos mutilados del enemigo cumplían un doble propósito: levantar el ánimo de los propios y amedrentar los ajenos.
Una barbarie, podemos decir hoy. Es cierto. Y si se me permite, paradójico, al menos desde lo conceptual. El autor de “Civilización y barbarie”, Domingo Faustino Sarmiento, era el ministro de Guerra del presidente Bartolomé Mitre en los primeros años del 1860. A él le encomendaron resolver el conflicto con el Chacho Peñaloza, un caudillo rebelde y federal, que desde Córdoba y La Rioja tenía en jaque al poder central.
Finalmente, Peñaloza perdió un par de batallas decisivas y se entregó al enemigo sin oponer resistencia. Detenido y desarmado fue asesinado de un lanzazo por uno de los jefes del ejército que respondía a Sarmiento.
Como si fuera poco, lo degollaron y su cabeza fue exhibida durante ocho días en la plaza principal de la localidad riojana de Olta.
Barbarie, decíamos.
Ayer, al ver la imagen sangrienta de Kadafi, miles de libaneses salieron a la calle a celebrar. Grandes y muchos habrán de ser sus motivos para festejar la muerte.
Al día siguiente del atentado de Atocha, en cercanías de Madrid, en marzo de 2004, el pueblo español reaccionó indignado ante la difusión en los medios masivos de las fotos de los muertos. Al conmemorarse un año del atentado, esos mismos medios acordaron con los familiares de las víctimas no publicar fotografías de la masacre. Lo cumplieron.
Civilización.
Tal vez buena parte de la humanidad no tomó la debida dimensión del Holocausto sino hasta ver las fotos de miles de cadáveres de hombres, mujeres y niños judíos apilados en los campos de concentración nazi.
Barbarie.
Las exequias de pontífices y líderes mundiales son seguidas por millones de personas. En vivo y en directo, en el lugar del velorio o por televisión, millones de ojos hacen foco en el rostro apagado del difunto famoso.
Hace poco menos de un año, ante la muerte Néstor Kirchner, una conductora televisiva se "animó" a preguntar "lo que la gente quiere saber": ¿estaba realmente el cuerpo del ex presidente en ese cajón tan chico y, por cierto, cerrado?
Civilización y barbarie.
Ayer -que es ahora para mí-, mientras miro el rostro informe de Kadafi, me invade una serie de interrogantes que ni hoy y posiblemente nunca pueda responderme: ¿a qué intereses responde la difusión de algunas imágenes de muertos?, ¿cuál es el límite entre el interés público y la dignidad?, ¿qué hay que hacer?
Entre tantas incertidumbres, tal vez una sola certeza: la próxima vez que vea a Cinthia Fernández desnudándose por televisión trataré de ser más contemplativo, no tan severo, menos prejuicioso. Más civilizado, podría decirse.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios