Colores verdaderos
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Muchos de nosotros nos venimos a enterar ayer, a través de las páginas de este Diario, que la problemática de las casas tomadas continúa. Un tema que ya no sonaba más, volvió a escucharse.
Como bailarines vocacionales, danzando al son de las músicas del momento, vamos del rock furioso de los accidentes fatales, a las chacareras de las rencillas políticas; del twist de los derrumbes al minué del dólar paralelo.
Ayer, la púa del tocadiscos pegó un salto y volvimos a escuchar un tema que no dejó de ser un problema por más que ya no fuera noticia, sino que ahora vino con un agregado: remixado. Y quizás esto sí sea lo noticioso. Al menos para nosotros, danzantes amateurs.
No sólo se ocupan las casas, sino que también se comercializan. Es decir, una irregularidad sobre otra. Irregularidad al cuadrado.
Saldrán ahora, que el tema comienza a sonar en las radios, las voces oficiales a decir lo suyo. Deben salir, es esperable. Porque el silencio no sería otra cosa que una muestra de desentendimiento del asunto. Algo inadmisible para un Estado hecho y (de) derecho.
Serán, estas próximas horas, momentos de escuchar atentos. Al menos para saber qué ritmo seguir, qué coreografía intentar.
Pero deberá ser éste, tiempo de profundo silencio para quienes no tenemos mucho más para aportar al tema.
Que hablen los que sepan, los que tienen injerencia y poder de solucionar la cuestión. Que hablen los que entiendan a fondo esta problemática. Porque si no, volverán a sonar los mismos coros de siempre, con el viejo estribillo que ya sabemos de memoria. Los que componen hits de ocasión apelando a rimas fáciles que peguen con vago, delincuente, haragán y tanta descalificación ligera.
No es atinado opinar y mucho menos juzgar con parámetros inaplicables para una realidad que desconocemos por completo, por más que suceda a diez minutos del centro.
Es, lamentablemente -y muchos se ocuparon de que así fuera-, otro mundo. Habitado por hombres, mujeres y chicos, tandilenses también, que viven cotidianamente una realidad que nos resulta ajena. Un mundo paralelo. Mientras en el centro bailamos tecno, en la periferia sigue sonando un tango marginal.
Hasta tanto no estemos dispuestos a bailar la misma danza, por más que nos toque la más fea, lo mejor será guardar un rotundo y saludable silencio.
Y esperar, eso sí, exigir, que hablen los que tengan algo para decir. Los que puedan aportar la solución. O, al menos, una visión abarcativa del problema.
Nuestros ojos no pueden ver una realidad a la que no estamos acostumbrados. Ni siquiera nos alcanzan las palabras para describir la situación. Somos, en tal sentido, muy limitados. Mal podemos describir -y mucho menos, juzgar- aquello que no podemos ver.
Quizás el ejemplo de los colores sirva para tratar de entender este asunto de las diferencias.
Dicen que los esquimales distinguen y en consecuencia nombran hasta doce tipos distintos de blancos. Nosotros, que no vivimos en el hielo, sólo vemos un blanco. Algunas tribus de Africa tienen hasta cincuenta palabras para definir aquello que nosotros nombramos negro. Los habitantes de cierta región del Amazonas diferencian dieciséis clases de verdes y los maoríes -habitantes originarios de Nueva Zelanda- pueden distinguir y nombrar cien rojos.
Muchos de nosotros todavía no distinguimos los grises. Sólo blancos y negros. Lo mejor, entonces, es callar y aguardar a que suene algún tema que sepamos todos.
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