Comedor universitario: una pulpería de hacienda, informatizada
Señor Director:
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn el México del siglo XIX se llamaron tiendas de raya y aquí en las pampas y quebradas del norte argentino pulperías de estancia o pulperías de hacienda o de obrajes.
Eran un almacén dentro de la propiedad de un terrateniente, donde los peones, mensuales o temporeros iban a comprar todo tipo de bienes y alimentos. El patrón nunca pagaba salario en dinero, sino que abría una cuenta en su propia pulpería, y el pulpero o tendero ?otro empleado del establecimiento rural- iba restando del monto adeudado, según los gastos de cada peón.
Esta mano de obra era generalmente analfabeta, y por tanto cada vez que retiraba mercadería, alimentos o vicios hacía una raya en lugar de firmar. La cuenta siempre era ?controlada? por el pulpero. Y según muestran la casi absoluta mayoría de las fuentes latinoamericanas, los peones siempre estaban ?endeudados?, debiendo permanecer en la hacienda, trabajando para pagar unos compromisos que se hacían cada vez más gigantescos.
Eso sí jamás tenían dinero contante y sonante en sus manos; los mayordomos les decían que el patrón ?cuidaba? sus salarios al permitirles que lo cobraran en mercaderías en su propia pulpería, porque entregarles plata en mano era arriesgarlos a que les robaran o a que ellos mismos la malgastasen en borracheras.
Los historiadores del siglo XX corroboraron cómo este sistema había sido desorganizado por la modernidad, y casi erradicado alrededor de 1960.
El discurso de la ciudadanía, la escolarización, la alfabetización y los derechos sociales condujo a que los hijos de los otrora peones de hacienda iniciaran un ascenso social a lo largo del siglo XX, produciendo movimientos políticos y dirigentes propios que favorecieron las libertades individuales y la igualdad ante la ley, promulgando leyes más favorables a los trabajadores.
Así la ola legalista, laborista y sindicalista identificaba a las haciendas como los centros más evidentes de las injusticias sociales, de la opresión y explotación y del mantenimiento de relaciones políticas clientelares.
Pero al llegar el siglo XXI una nueva forma de tiendas de raya o de pulperías de hacienda ha comenzado a instalarse, al impulso de la onda informatizada y de la expansión del hábito de extender y aceptar tarjetas magnéticas para diferentes acciones. Este antiguo sistema ha sido revitalizado en modernas empresas de América Latina, sin que los trabajadores, consumidores y/o usuarios caigan en la cuenta a qué sistema están adscriptos.
Nuevamente el discurso del miedo se ha tornado muy efectivo. Tener dinero en mano es peligroso, porque pueden robarnos. Tener dinero en mano favorece malgastarlo vaya a saber en cuáles tentaciones. Tener dinero en mano no da seguridad.
Este mecanismo es el que se ha impuesto aquí, en el comedor ubicado en el Campus de la Unicén. Todo estudiante, docente y administrativo debe, de ahora en más, tener una tarjeta magnetizada, firmando previamente una planilla, donde deja constancia de sus datos.
Una vez obtenida la tarjeta:
1-El usuario deposita dinero en una maquina;
2-Dinero que no puede extraer una vez depositado
3-Dinero que sólo puede utilizar consumiendo en el comedor.
4-Cada vez que va a comprar un menú, bebida, café, etc. se le entrega un ticket pero con la finalidad de que pueda ser llamado a retirar su pedido, según las dos últimas cifras.
5-El usuario no puede controlar el saldo que tiene, sino que el empleado que está en la caja es quien le informa del estado de su cuenta.
La onda informatizada, el miedo y el hábito a llenarnos de tarjetas magnéticas han hecho el resto. Muy pocas personas se dan cuenta que han terminado metidos en un sistema de enganche idéntico al de las pulperías de hacienda y tiendas de raya, cancelando la libertad e impersonalidad que existía en una relación de compra y venta cuando ésta estaba mediada por dinero, fueran monedas de plata, oro, o papel moneda.
Pero además de la pérdida de esa libertad ?que en una relación comercial es también libertad de elección del sitio donde se compra, de selección de los productos, etc.- el sistema va adaptando a las personas a otras sumisiones, por ejemplo, los alumnos, docentes y administrativos que han aceptado el ingreso al sistema han entregado a otros el manejo de sus dineros, a un otro no identificable debido al sistema informatizado.
No cabe duda que todo es cuestión de hábitos. Hasta la esclavitud no se ve tan mala cuando el esclavo no conoce otra cosa. Los hacendados siempre se hicieron llamar los ?amos?, los protectores. Y en este nuevo sistema nadie habla de amos, pero si de ?los grandes beneficios que obtendrán los alumnos?; beneficios que no están a la vista, y que si en todo caso lo son, serán para la gran caja que recoge la recaudación anticipada de una compra que vendrá a futuro. Algo así como si las tarjetas de crédito nos hicieran depositar en el mes de enero, mil, dos mil o cinco mil pesos para que después a lo largo del año podamos ir comprando en diferentes negocios.
¡En fin! No sé qué legalidad tiene este sistema. El mundo contemporáneo está hecho de muchas trampas y artilugios legales. Pero soy historiadora y conozco cómo funcionaban las sociedades del pasado, y por mi propio métier he aprendido a analizar discursos. Aplicando entonces una rigurosa metodología que pueda desentrañar discursos y tal como se ha mostrado que funcionaba este sistema en el pasado, puedo afirmar con toda certeza que se trata de una forma antigua, reactualizada por utilización de la informática, pero que en líneas generales produce como efecto social el mismo que las antiguas pulperías y tiendas de raya.
En concreto, un efecto social contrario a la formación de ciudadanas y ciudadanos responsables que es la tarea obligatoria de la universidad.
María E. Argeri
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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