Comercio, donde la realidad también hace escuela

Un grupo de adolescentes se encuentra en la puerta de la escuela. Se empujan, se manotean, se gritan “perro”, “gato”. A la distancia parecen pelear, más de cerca, se saludan. En la vereda de enfrente, dos policías revisan las mochilas de tres o cuatro chicos con gorra visera. Más allá, un vecino que estaba barriendo la vereda entra a la casa rezongando y espía por la ventana. Hay besos en la escalinata de entrada y tres metros más allá, dos que se pelean por una bicicleta. Un olor inconfundible proviene de ahí nomás. Es el horario de entrada o de salida. O no necesariamente uno de los dos.

La Escuela de Comercio vive, late, palpita al ritmo de una sociedad que cambia sus paradigmas. La institución -emblemática en la educación tandilense- asume el desafío de acompañar esos cambios, muchas veces vertiginosos. Recibe y acompaña a cientos de adolescentes y jóvenes que encuentran en la escuela un lugar donde son escuchados, vistos, individualizados.

Asumir ese desafío no es gratuito. Implica afrontar no solo la problemática educativa y adolescente, sino también la de una sociedad heterogénea, rica en diferencias.

Un costo que, en ciertos casos, conlleva estigmatización y prejuicios.

La realidad, según se mire

“Los medios de comunicación no crean la realidad ni la representan, modelan sentidos preexistentes, con mayor o menor influencia. Nada de lo que se dice en los medios está por fuera del espacio social y sus relaciones de fuerza, pero esto no quiere decir que los medios se limiten a una traducción lineal de lo que ocurre en un espacio social imaginado por fuera de ellos. Son actores que junto a otros se disputan la capacidad legítima de nombrar verdaderamente el mundo. Pero lo hacen desde una posición privilegiada”.

El párrafo precedente pertenece al libro “Jóvenes Nombrados”, realizado por el Observatorio de Jóvenes, Comunicación y Medios de la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Plata.

Lo que intenta sugerir esta cita -y de lo que trata el libro- es la estigmatización de la que son víctimas los jóvenes en general y de una clase social sobre todo, por parte de algunos medios de comunicación.

Llevado el asunto a una comparación tal vez arbitraria, la estigmatización es a los medios lo que el prejuicio a un individuo.

Superarlos requiere, como punto de partida, un reconocimiento o al menos una duda en cuanto a la percepción de la realidad. Tan siquiera, un interrogante: ¿cuánto hay de realidad y cuánto de preconcepto en esto que pienso/comunico?

Interrogante inicial que puede disparar otro: ¿Cómo se vería la realidad si -como sujeto, como sociedad, como medios- pudiéramos despojarnos aunque sea por un momento de ese cristal a veces difuso, a veces opaco, nunca inocente, que implica un prejuicio?

Un nombre, un emblema

A pesar de las sucesivas denominaciones que se fueron creando con los cambios y reformas educativas, la Escuela Nacional de Comercio mantiene la esencia de su nombre: Escuela de Comercio. O simplemente Comercio.

Mantiene, además, a pesar de otros pesares, una consideración especial en el cariño de la sociedad. Varias generaciones, miles de alumnos, cientos de profesores pasaron por sus aulas, tanto por el tradicional edificio de Normal como por el nuevo, en calle 4 de Abril.

¿Tradicional? Si el concepto encierra trayectoria, sí; si implica arraigo, sí; porque su esencia se transmite de generación a generación, también; porque mantiene sus principios inalterables a lo largo del tiempo… Quizás en ese punto radica el punto de esta realidad. O al menos, de la presente nota.

La Escuela de Comercio, Media 8 o simplemente Comercio, ha sabido interpretar los cambios sociales, los ha vivido, acompañado. Pero sobre todos los aspectos, asumido.

No parece pragmatismo vacío de contenido. Es un desafío. Asumido. Con costos incluidos. Entre ellos, el de un estigma, mezcla de prejuicio y titular periodístico: “Otra vez lío en la Escuela de Comercio”.

Nada como sumergirse en la realidad para confirmar o desechar un preconcepto.

Identidad, pertenencia y normas

La directora, Alicia Gogna, recorre la escuela junto al cronista de El Eco. Por su camino se cruza un alumno, un adolescente; la ve y se quita la gorra visera que lleva puesta.

Es un gesto automático, de acatamiento a las normas, que bien visto lleva consigo un pedido de disculpas. Le sigue una sonrisa por parte del chico. Las sonrisas son dos.

Minutos antes, y como parte de la charla, la docente había respondido a la pregunta:

-¿Es cierto que acá los alumnos pueden usar visera?

-No. Hay una norma que no lo permite. Y se cumple. Los chicos lo saben.

Toda pregunta debe o debería tener un fundamento. La de la visera lo tiene. Apunta a lo simbólico, a lo que representa para el joven y para la sociedad una gorra. No es un simple accesorio.

La adolescencia es la etapa en la que la identidad y pertenencia ocupan un papel fundamental en la cotidianidad. La gorra es para cierto sector juvenil un signo de identificación con el par, como cualquier otra prenda de vestir, un corte de pelo, un tatuaje o un piercing.

Es, además y quizás a diferencia de otra indumentaria, una forma de no mostrarse, de esconderse. La aceptación del adolescente consigo mismo, también es un signo de la edad. Quitarse la visera es, entonces, una suerte de desnudez, de exposición, de aceptación propia ante la mirada del otro.

Para la sociedad en general -policía incluida-, la visera constituye una señal de alarma. Si a la “portación de cara” se le suma una visera, es muy probable que ese joven que va caminando a la clase del turno noche termine siendo cacheado por un policía de ronda.

Ser noticia

Basta poner “Escuela de Comercio Tandil” en los buscadores de noticias de internet para que aparezcan buenas y malas en cantidades similares, con una leve inclinación hacia estas últimas.

-No tenemos buena prensa -confiesa la directora Gogna. No hay reproche ni resignación en esa frase. Sabe que es parte de los costos que implica asumir desafíos.

¿Cuál es entonces el desafío que asumió la Escuela de Comercio en mayor medida que otras escuelas secundarias públicas? El de recibir y acompañar a los chicos y jóvenes. A todos. Cualidades que también deben reunir los otros establecimientos, pero que en Comercio resaltan por un par de aspectos importantes. Por su carácter de tradicional y emblemático, por su ubicación céntrica y en una “manzana educativa”. En definitiva, porque lo que ocurre dentro y fuera del edificio no pasa inadvertido. Alta exposición.

¿Qué es lo que sucede en la Escuela de Comercio? Nada extraordinario, en definitiva. La vida misma, la realidad. La dinámica social impacta de lleno en una escuela que alberga a un millar de alumnos provenientes de distintos estratos y condiciones sociales.

Ricos, clase media, pobres, trabajadores, desocupados, mamás adolescentes, deportistas de alta competición, chicos y chicas con discapacidades, jóvenes padres de familia, con hambre, con abundancia, en riesgo, con adicciones, vulnerados. Vulnerables todos. Y todos son recibidos y acompañados (dos conceptos que vuelven una y otra vez a lo largo de la charla con la directora).

No es de extrañar entonces que en un universo de mil jóvenes surjan cada tanto los problemas que cotidianamente ocurren en la sociedad.

Una comunidad educativa no está fuera de la sociedad. Está dentro, es parte de esa sociedad. Parece una obviedad. No lo es.

Soledades

¿Cuál es el signo del adolescente de hoy?

Alicia Gogna no necesita pensarlo para responder. Lo que no significa que la respuesta sea impensada; por el contrario, surge de un profundo razonamiento, propio, profesional, por trayectoria, por conocimiento en la materia y también compartido entre el grupo de docentes y profesionales que integran el plantel de la Escuela de Comercio.

Soledad que no se limita a la ausencia física de alguien que debiera acompañar al adolescente. También hay de esos casos: chicos y chicas que pasan buena parte del día solos. Porque la madre y/o el padre trabajan o no están, porque los horarios familiares no coinciden. Esa soledad es evidente y en buen número. Pero también la otra. La de ser ignorado, invisibilizado por la familia, por el barrio, por el resto de las instituciones públicas y privadas.
En la escuela el chico encuentra un lugar donde estar con sus pares, sus amigos, con adultos, donde se lo escucha, se le marcan límites, se lo evalúa. Se lo ve.

“Hay chicos del turno tarde o noche que llegan horas antes a la escuela. Dan vueltas por el patio, por la vereda, piden permiso para entrar”, cuenta una de las preceptoras.

En el imaginario colectivo prevalece la idea de que el adolescente le escapa a la escuela, no quiere ir, hace cualquier cosa para faltar. Porque es una obligación.

-Tenemos casos de alumnos que vienen enfermos, con fiebre. Debemos llamar a los padres o al adulto responsable para que lo retire, para que lo lleve al médico, a la salita. ¿Por qué le parece que el chico o la chica prefiere estar en la escuela antes que en otro lugar? -pregunta Gogna.

-Porque se sienten bien. Contenidos, cuidados. Visibilizados, responde Gogna.

Las dos veredas

Entre los vecinos de la zona de la Escuela de Comercio, las opiniones están divididas. Como para otros aspectos de la vida en sociedad, hay variables en los niveles de tolerancia.

“No pasa nada -responde una mujer, joven, que habita una casa de 4 de Abril-. Son chicos, como también lo fuimos nosotros. Gritan, se corren, se ríen, hay parejas… Lo que pasa es que son muchos y la escuela tiene actividad todo el día. Yo nunca tuve problemas. Pero sí he visto que varias veces viene la policía”.

De la vereda de enfrente -no en el sentido literal de la palabra-, un vecino se muestra preocupado: “Antes esto no era así. Le digo, hace 10 o 15 años. Ahora estos muchachos se han adueñado de la calle. Las peleas son cosa de todos los días, hay droga… Nadie hace nada”.

Entonces, las opiniones van del “no pasa nada” al (pasa mucho, pero) “nadie hace nada”.

Es habitual ver presencia policial en las adyacencias de la escuela. Por caso, en la Plaza del Tanque. Con lo cual ya no se está hablando solamente de la Escuela de Comercio, sino también de alumnos de Normal, Polivalente, SAFA y hasta de la Técnica 2, que queda a pocas cuadras.

Un universo de seis mil chicos que confluyen en algún momento del día en un solo lugar. “Algo” necesariamente “tiene que pasar”. Es una cuestión de estadística. Lo extraño, en todo caso, es que no pase más seguido.

Habría que preguntarse qué pasaría si ese universo fuera de adultos. Seis mil hombres y mujeres que se juntan en un lugar abierto. Pero no cualquier hombre o mujer, porque la adolescencia implica una auténtica revolución orgánica -hormonal, química, fisiológica- y también de la personalidad (amores y odios a flor de piel, amistades, enemistades, compromisos, solidaridades, enconos, búsqueda, rechazo). Es decir, seis mil hombres y mujeres “revolucionados” convocados en un solo lugar.

No es gran esfuerzo imaginar lo que podría pasar.

Los dos temores

Droga y violencia son, a priori, las dos problemáticas que emergen cuando el que habla es el ciudadano “común” sobre “la juventud actual”.

Tanto la directora Gogna como la docente -del área de Comunicación- Carolina Cordi se muestran ocupadas en cuanto a estos dos fenómenos. Y coinciden también en una referencia contextual: “No es algo privativo de los jóvenes ni de la Escuela. La violencia y la droga están insertas en el seno de la sociedad. Nuestro deber y compromiso, también en esto, es acompañar a los chicos, hablarlo, escuchar, cuidarlos…”.

Para Cordi “la violencia está en la calle, en el tránsito, en la cancha. Entre los jóvenes surge principalmente del desconocimiento, de ver en el otro a alguien totalmente distinto. A medida que los chicos comienzan a conocerse, esa distancia amenazante desaparece”.

En similar sentido se pronuncia la directora: “Cuando se incorpora un nuevo alumno a la escuela hay en principio una cuestión de cautela. Al cabo de un tiempo, apenas unos días, el chico encuentra su propio grupo de pertenencia. Se integra, sus pares lo integran. Se da naturalmente”.

La ley

Es habitual la presencia policial en los alrededores de la Escuela. Se ha incrementado últimamente, a partir de la puesta en funcionamiento de la Policía Local.

Los partes policiales dados a conocer públicamente dan cuenta de las intervenciones. Algunas de ellas llegan a ser noticia, que se traduce en títulos como “Otra vez, inconvenientes en la Escuela de Comercio”, a los que se hacía referencia en el inicio de esta nota.

Lo cierto y preocupante es que tanto los efectivos de la Policía Local como los de la Bonaerense no saben tratar con adolescentes. Ver una fila de chicos y chicas en la vereda de enfrente de la Escuela, con las dos manos contra la pared siendo cacheados por personal policial parece una imagen de una época poco grata de nuestra historia.
Sumado esto lo irritante que le resulta al adolescente la presencia policial, da como resultado enfrentamientos. Porque el adolescente -algunos adolescentes- enfrenta al policía.

Un caso emblemático ocurrió en 2010, cuando a raíz de un problema surgido por una gresca entre jóvenes en la puerta de la Escuela, intervino personal de la bonaerense. En ese marco, se retuvo a un chico de 15 años, que tras agredir a un policía escapó e ingresó al establecimiento.

Los policías fueron tras él, violando la Ley de Promoción y Protección de los Derechos del Niño, que taxativamente prohíbe el ingreso de personal policial a los establecimientos educativos.

Los policías armados recorrieron las aulas de la Escuela, ante el temor generalizado de los alumnos. El joven logró huir por el patio.

Por este caso las autoridades escolares radicaron oportunamente una denuncia, sin que hasta el momento hayan trascendido resultados.

Por siempre, jóvenes

Alicia Gogna tiene una trayectoria de más de veinte años en la docencia, al frente de una clase y últimamente como directora. A esto se suma su experiencia personal de su paso por el secundario como alumna.

Es, entonces, una voz autorizada para responder a una pregunta clave, que encierra un prejuicio: “¿Esta juventud es peor a la de antes?”.

-Es distinta, le voy a decir por qué y usted pueda sacar sus propias conclusiones. Ahora el joven no asume un rol pasivo en la escuela (ni en la vida en general): participa, responde, pregunta, critica. No se queda callado. El adolescente tiene una sensibilidad a flor de piel para percibir una injusticia, tanto propia como ajena. Antes, en mi época, quizás se callaba. Ahora no: cuestiona, enfrenta, busca explicaciones convincentes. A mí nunca me insultó un alumno; sí algún padre. El chico exige respeto y cuando cree que no se lo está respetando actúa en consecuencia. Además, por lo general no miente: ´Yo lo insulté sí, pero…´. Es decir, primero reconoce que estuvo mal y luego trata de justificarlo. El adolescente de hoy nos observa, nos juzga, no solo en lo que decimos sino también en nuestros actos. Usted me pregunta si los jóvenes de antes eran ´mejores´ que los de ahora, les respondo que son distintos. Decida usted.

En coincidencia, Carolina Cordi considera que “hoy los chicos tienen voz. Y una voz valiosa que debe ser escuchada. Porque dicen la verdad, lo que ven, lo que piensan. Están ahí para marcarnos las cosas”.

“Hoy la autoridad no es impuesta con rigidez, con autoritarismo, se va construyendo -considera Cordi-. Los chicos son respetuosos cuando se saben respetados, cuando consideran que el docente, el director, tiene algo valioso para brindarle. Antes, la autoridad escolar se ganaba con el saber; hoy, además del saber, es muy importante el factor humano. El joven no solo quiere aprender, quiere que el adulto sea un referente”.

Hasta mañana

La noche cae en 4 de Abril y Marconi. Las luces del edificio de la escuela se van apagando de a una. Quedan todavía algunos chicos dando vueltas en la vereda. Queda una penumbra ámbar y el eco de los murmullos del día.

Algunos de los jóvenes se van juntos, otros corren el colectivo, dos que se toman de la mano. Podría decirse que cada uno se va a su lugar, a su vida, a sus asuntos. No sería del todo cierto. Porque ahí, en esa escuela que en unas pocas horas volverá a palpitar (a recobrar el concierto de voces que son escuchadas y la mantienen viva), también están su lugar, su vida, sus asuntos.

La realidad es una sola.

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