Como un vientito
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He comprobado que las personas llegan y se van de nuestras vidas por alguna razón que a veces es difícil desentrañar. Tan difíciles algunas, que ya no me preocupo por ello. Llegan por alguna razón; por otra -o tal vez por la misma- se van.
No hablo de nacimientos, de muertes ni abandonos. No me refiero a tragedias. Hablo de cotidianidades.
Me ha pasado más de una vez: estoy tomando un café, solo; o más que solo, con un libro o la notebook que significan algo así como un impermeable, un envoltorio que me aísla, que impone una barrera por lo general insalvable para el resto. Es necesario cierto arrojo para abordar a un tipo que está leyendo o escribiendo en su máquina.
Así y todo, me ha pasado que alguien aparece por algún lado, detrás de una voz que dice `discúlpeme que lo interrumpa…`.
Y puede ser que sobrevenga una confusión, que yo no sea quien creyó que era, o que sí pero no importó tanto. Puede que crezca una conversación, un interés mutuo, un saludable intercambio de pareceres. O que el asunto no pase de un amable cruce monosilábico.
Esa persona, a la que posiblemente no vuelva a ver o escuchar, ha pasado por mi vida como una brisa, como un vientito de atardecer en una esquina en la que nunca más volveré a doblar. Ni siquiera será un olvido, apenas un pensamiento que habrá de diluirse a poco de que llegue el siguiente.
Hace ya unos días, en esa hora indefinible que no es noche aún pero ya está oscuro, tocaron el timbre de mi casa. Yo estaba momentáneamente solo, en pantuflas y comiendo una tostada. Lo que se dice, un hombre "de entrecasa". Pensé que sería alguien conocido y salí sin mayores recaudos, comiendo. En la puerta había una pareja joven.
El muchacho tenía esa fisonomía que lo hace parecer mayor siendo joven y lo hará parecer joven cuando envejezca. Tiene el color de la piel y del pelo que combina con su tonada: es de alguna provincia del noroeste.
Me preguntó por mi esposa y cuando le dije que no estaba, apresuró su presentación: es el vecino que hace algunos días vino a pedir no sé qué cosa, que por lo visto le vino bien porque se mostró agradecido con mi esposa.
Para este entonces, todavía tenía dos pedazos de tostada: uno en la boca y otro en la mano. Llegado el momento de saludarlo me guardé uno de ellos en el bolsillo, en tanto que traté de apurar a tragarme el que tenía en la boca. No es tarea sencilla, pero peor es masticar una tostada mientras intento hablar o escuchar.
Su novia es tan tímida como él y ambos me provocaron tanta calidez que los invité a pasar. Recién ahí recordé algo que me dijo mi mujer: el joven quería saber sobre un veterinario de confianza para tratar a su gato. El dato, me confirmó, fue satisfactorio.
Me maravilló su sencillez, su inequívoca bondad, esa cosa de buena gente. Me contaron que hace unos meses llegaron a Tandil en busca de un porvenir que en su pueblo natal parecía esquivo. El consiguió trabajo y ella mantiene el suyo, vía internet.
Alquilan un departamentito que es caro y feo y por eso se quieren mudar, pero se les hace difícil.
En un momento se anima a preguntarme:
-Ustedes, los que son de Tandil, cómo hacen para tener la casa propia. Es todo muy caro acá.
Y en ese momento me di cuenta de que no es él, este muchacho respetuoso y sereno, quien llega a mi vida por alguna razón; soy yo el que por algo estoy pasando por la suya.
Por eso, no supe qué responderle. Le pude decir que se olvide, que a no ser que fuera a recibir una herencia le va a ser imposible. Le pude decir lo contrario, pero le hubiera mentido.
Le dije que tal vez no sea éste el tiempo de pensar en comprar la casa. Que ya llegará el momento en que en este país y en esta ciudad el techo no sea un lujo. Que todavía son jóvenes, que no se desesperen, que ya llegará su tiempo.
Al cabo de un rato se fueron, con la promesa de invitarnos a comer unas empanadas de las que acá no se ven.
Para este muchacho yo habré sido una brisa, un vientito en una esquina. Ojalá, un soplo de aire fresco.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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