Con el relato como vedette, pidieron 15 años de prisión para el acusado de abusar sexualmente de dos menores
A una semana de la última vez que se vieron las caras, se abriría la audiencia para que el fiscal Marcos Egusquiza y el defensor Jorge Dames desarrollaran su lectura, hipótesis y conclusiones sobre lo visto y oído en el curso de las largas jornadas celebradas por el Tribunal Criminal 1, en esta oportunidad integrado por los doctores Guillermo Arecha, Pablo Galli y Gustavo Borghi.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLas posturas de las partes se mantuvieron encontradas. El ministerio público ratificó la acusación e hizo pesar la carga probatoria, solicitando consecuentemente la pena de 15 años de prisión.
La defensa, en tanto, relativizaría los elementos de prueba que se sopesó sobre su pupilo. Es más, habló de inexistencia de los hechos y mucho menos probanzas sobre la autoría de su defendido, exigiendo así la absolución.
El relato sería la vedette de los alegatos. La palabra que fue ganando protagonismo en la política nacional tendría su coincidencia -salvando las distancias- con lo discutido en el recinto.
Para el fiscal el relato de las víctimas fue creíble, verosímil, cimentado en la sumatoria de indicios colaterales que sustentaron aquella denuncia. Testimonios de familiares, allegados y profesionales de la psicología no hicieron más que avalar la credibilidad de aquellas mujeres que dijeron ser víctimas de aberrantes abusos de quien resultaba la pareja de su abuela, al decir de Egusquiza.
Dames, en cambio, aludiría a una desproporcionada y hasta injusta situación de tener que defender sucesos poco claros, plagados de contradicciones que, encima, datan de más de una década atrás. Entonces -reflexionaría-, debía defenderse de la construcción de un relato.
La incógnita quedó ahora en manos de los jueces, quienes resolverán si aquel relato debatido merece objeciones o, como planteó la acusación, resulta lo suficientemente contundente como para dejar entre rejas a Flores. El próximo jueves develarán el interrogante.
Acusación
Sin apartar la vista de su alegato escrito, el fiscal expuso su acusación en base a los dichos de las dos hermanas, sobre quienes defendió su credibilidad y coherencia a la hora de exponer lo vivido, lo sufrido cuando niñas y que pasados los años, una vez ya mujeres mayores de edad, quisieron ventilar en el fuero penal.
Asimismo citó las apreciaciones de las peritos psicólogas oficiales que intervinieron en el caso, como así también el último testimonio de la terapeuta que entrevistó a una de las jóvenes y dejó instalada las secuelas que aquella padecía frente al pasado detallado.
No escatimó en descalificar a las peritos de parte escuchadas en el debate, sobre las cuales entendió que en pos de solventar los lineamientos de la defensa incurrieron en “disparates” que las llevaron a ser poco objetivas.
No dejó pasar que su informe haya sido presentado cuatro meses después de lo informado por sus pares oficiales, dejando entrever que a partir de aquel diagnóstico primigenio modificaron y omitieron en pos de poner en crisis lo testificado por las víctimas.
Egusquiza hasta se dijo molesto frente a lo que se denominó como el “período mudo”, haciendo alusión a los años que pasaron (ocho) hasta efectivizar la denuncia penal.
Al respecto, el fiscal retrucó que no existió tal silencio, sino que las niñas fueron contando como y a quienes pudieron con el paso de los años. A sus padres primero, y a sus amigos, novios después.
También criticó que las especialistas descartaran lo que se conoce en psicología como “acomodamiento”, siendo que hay bibliografía y especialistas que avalan dicha terminología, especialmente cuando se trata de casos de abusos intrafamiliares.
Subrayó en uno de sus párrafos que lo expuesto por las expertas no tuvo rigor científico y resultó parcializado, para luego inferir incluso que aquellas apreciaciones frente al Tribunal hasta resultaron mal intencionadas.
La acusación luego ahondaría en los indicios que sumaron a los relatos de las chicas. Reseñó que antes de la Cámara Gesell se lo había planteado a sus amigos y, como pudieron, a sus padres.
Puntualizó como indicador la etapa que tuvieron rechazo a los hombres y las dificultades para mantener intimidad, como así también la baja autoestima que una de las chicas evidenció.
No dejó pasar a la hora de valorar como indicador el sufrimiento que aún hoy padecen las jóvenes a pesar de los años transcurridos. En la actualidad presentan gran angustia y se bloquean cuando se enfrentan al abusador, como ocurrió en pleno juicio.
Egusquiza recordó el cartel que reza actualmente en la Comisaría de la Mujer que refiere a los indicadores que dan a sospechar sobre un posible abuso. Todos, a su entender, contemplaban lo que en este debate se había escuchado.
Ya sobre el resto de los testimonios, la acusación valoró lo dicho por la madre como el padre, y el resto de los familiares que resultaron coincidentes sobre cómo se fueron desarrollando los acontecimientos.
Claramente evitó referirse a la postura de la abuela, señalando su distorsionada mirada sobre lo ocurrido al quedar influenciada por el sentimiento que tenía para con el imputado.
El acusado
Precisamente sobre este último y sus dichos fue tajante al describirlo como alguien que pretendió salir siempre de las escenas en las que se practicaron los abusos. Desacreditó aquello de que estaba poco y nada en la casa y que nunca estuvo solo con las chicas.
Para el fiscal todo lo instalado por Flores fue falso, siendo que no trabajaba, que fue un “eterno” estudiante que vivía de su pareja y que siempre estaba en la casa, y que recién se recibió con un título universitario que obtuvo en una carrera virtual desde una universidad foránea en la que, casualmente, su hermano es decano.
Tampoco obvió mencionar las características psicológicas señaladas por las peritos, sobre el egocentrismo, falta de autocrítica, como la tendencia a la negación y el ocultamiento.
Desacreditó sus dichos para con los peritajes practicados a su persona, sobre lo que consideró una estrategia exculpatoria que rápidamente cayó por su propio peso, ante infantiles excusas presentadas frente a lo que resultaron las entrevistas.
Ya abocado sobre los motivos que llevaron a las denuncias de las jóvenes en su contra, el fiscal las calificó de descabelladas.
Sin más y luego de una hora y media de alegato, el fiscal puntualizaría sobre los agravantes como atenuantes a la hora de meritar la pena, para así exigir la condena ya citada. u
ALEGATO DE LA DEFENSA
“Cuando se tiene un martillo, todo parece un clavo”
Con un tono mucho más enfático a partir de atributos histriónicos que lo llevaron a un apasionado alegato, el doctor Jorge Dames acapararía la atención del público con el sinsabor incluso de los familiares de las víctimas que presenciaron esta vez el debate, quienes debieron digerir cómo el abogado buscó desacreditarlos y colocarlos casi como los arquitectos de la construcción de un relato falaz, a partir de creer, desde la buena fe, a los dichos de sus hijas.
“Hay que tener cuidado con los actos de fe con los hijos”, supo inferir en uno de los párrafos de su alocución.
Dames ratificaría los lineamientos que esbozó al comienzo, sobre la inexistencia de los hechos y mucho menos la responsabilidad penal de su defendido.
Para ello, se detendría con precisión quirúrgica en cada uno de los dichos como escenarios donde presuntamente ocurrieron los abusos.
Antes, a modo de preámbulo, aludiría a la complejidad de abordar y consecuentemente defender este tipo de hechos, con un escenario muy difícil de ubicarse, siendo que se alude a 17 años atrás.
“Es más fácil defender un caso de homicidio e incluso un crimen de lesa humanidad”, afirmó, a la hora de considerar que aquí lo único que había en juego era un mero relato, ninguna prueba fáctica.
Insistió sobre un relato multipropósito, armado, maquillado, a partir de una sobreactuación de las jóvenes que se mostraron consternadas a pesar de los años transcurridos, cuando al decir del expediente a través de sus vidas sociales e informes -incluso escolares- , sus vidas transcurrieron con normalidad.
Recalcó que al decir de los dichos de las chicas, avaladas por sus padres, se estaría frente a un abusador serial, quien se aprovechó de ellas en inmuebles donde incluso había otras personas, hasta la propia abuela, sin que nadie lo haya advertido, a pesar de las pequeñas dimensiones de las dependencias hogareñas.
“Estamos en manos de un relato”, repetiría el letrado, para luego tomarse de las propias palabras del imputado: “Cómo me defiendo de algo impreciso que pasó hace 17 años”.
Subrayó la importancia de haber realizado las inspecciones oculares en las viviendas, para dar cuenta que sus dimensiones harían imposible que ninguna persona hubiera advertido semejantes aberraciones en prejuicio de las niñas. Y allí, ensalzaría la figura de la abuela, sobre quien catalogó como una persona brillante, de vasta trayectoria, intachable, quien por los dichos de las jóvenes resultó una especie de coautoras, cómplice de aquellos abusos denunciados.
“La señora que pasó por aquí -por el juicio- es la sombra de lo que fuera por aquellos años”, dijo el abogado para graficar el estado físico de la mujer una vez sufrido el ACV. Aunque destacó que cuando supuestamente ocurrieron los hechos estaba en plenitud.
“Acá resulta que la abuela era una degenerada, cuando en verdad es una persona brillante. Ella estaba ahí, bajo el mismo techo. La presentan como un fantasma cuando en aquellos días estaba lúcida, activa”, enfatizó Dames.
Arremetería luego con la construcción del mencionado relato de las chicas y citando un autor inglés referiría que “cuando se tiene un martillo en la mano, todo parece un clavo”, buscando instalar que a partir de un revelamiento primario se fue creando una historia cada vez más pesada. Que cuando se tiene una idea, todo se termina relacionando con aquella idea.
Ya sobre los casos de abusos puntuales, el defensor habló de episodios imposibles, absurdos. Y luego arremetería contra la actitud de los progenitores, con aquello de optar por el silencio, de no indagar, no llevarlas al médico.
También le dedicaría sus críticas a la primera psicóloga que intervino, quien al entender del abogado actuó pésimamente, siendo que una adecuada intervención hubiera evitado llegar a este juicio.
“Los costos de la inacción, de la mala praxis, no los va a saldar los 15 años de prisión de Flores”, sentenció con vehemencia.
Dames subrayó que sostenía a ultranza, “a muerte”, que su pupilo no fue autor de semejante delito, para luego arremeter contra los agravantes señalados por el fiscal, no sin citar sentencia de uno de los jueces del tribunal en un caso similar, acerca de la figura del cuidador y guardador.
Sin más y tras dos horas de alegato, el defensor pidió la absolución.
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