Con la docencia en el alma
Blanca Bineli de Reynoso nació en Tandil el 13 de junio de 1934. Desde pequeña la vocación docente fue surgiendo en su corazón, un poco inspirada en una tía que dedicó toda su vida a esta profesión y otro poco por su amor por los niños.
Así fue que se recibió de maestra y tuvo oportunidad de trabajar en escuelas muy distintas entre sí. Desde aquellas escuelas rurales en las que la bicicleta era su más fiel compañera de viaje hasta distintos establecimientos urbanos de la ciudad.
Luego de tantos años de trabajo, Blanca asegura: “Para mí la escuela fue una satisfacción muy grande”, a la vez que recalca “todo lo que hice lo volvería a hacer, porque fue muy gratificante la docencia”.
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La vocación
-¿Cómo surgió su vocación docente? ¿Influyó alguien de su familia?
-Sí, yo tenía una tía, prima hermana de mi mamá que vivió para la docencia, para la escuela. Y siempre tuve mucha admiración por esa persona, entonces puede haber sido por su influencia o porque siempre me gustaron los chicos. Además, era una de las carreras a las que generalmente se inclinaban las mujeres, así terminé siendo docente.
-¿Dónde cursó sus estudios?
-La primaria la hice en la Escuela 11 y la secundaria en la Escuela Normal. Egresé el 28 de noviembre del 52.
-¿Cómo surgió su vocación docente? ¿Influyó alguien de su familia?
-Sí, yo tenía una tía, prima hermana de mi mamá que vivió para la docencia, para la escuela. Y siempre tuve mucha admiración por esa persona, entonces puede haber sido por su influencia o porque siempre me gustaron los chicos. Además, era una de las carreras a las que generalmente se inclinaban las mujeres, así terminé siendo docente.
-¿Dónde cursó sus estudios?
-La primaria la hice en la Escuela 11 y la secundaria en la Escuela Normal. Egresé el 28 de noviembre del 52.
Los primeros trabajos
-¿Cuál fue su primer trabajo?
-En 1953 empecé con las pequeñas suplencias, de 15 y 20 días, de 3 y 6 meses, esas suplencias que uno hace cuando es joven. La primera fue en la Escuela Normal, también en ese mismo año trabajé en la Escuela 5.
-¿Cómo fueron esas primeras experiencias?
-Muy lindas, eran chicos de grados inferiores muy dulces, yo era muy joven también. Lo que sucede es que cuando uno hace lo que le gusta se siente cómodo.
Después entre el 53 y el 54 realicé suplencias en la Escuela 21 y de ahí fui a la Escuela 27 de la Cantera San Luis, que era una escuela rural. Yo tenía los tres grados inferiores y la directora tenía los superiores. De esa escuela pasé a otra rural pero ya más cerca que es la 33, del Paraje La Porteña, que es la que cumplió 80 años. También allí tuve los grados inferiores.
-¿Cuál fue su primer trabajo?
-En 1953 empecé con las pequeñas suplencias, de 15 y 20 días, de 3 y 6 meses, esas suplencias que uno hace cuando es joven. La primera fue en la Escuela Normal, también en ese mismo año trabajé en la Escuela 5.
-¿Cómo fueron esas primeras experiencias?
-Muy lindas, eran chicos de grados inferiores muy dulces, yo era muy joven también. Lo que sucede es que cuando uno hace lo que le gusta se siente cómodo.
Después entre el 53 y el 54 realicé suplencias en la Escuela 21 y de ahí fui a la Escuela 27 de la Cantera San Luis, que era una escuela rural. Yo tenía los tres grados inferiores y la directora tenía los superiores. De esa escuela pasé a otra rural pero ya más cerca que es la 33, del Paraje La Porteña, que es la que cumplió 80 años. También allí tuve los grados inferiores.
Las escuelas rurales
-¿Qué diferencias había entre trabajar en escuelas rurales respecto a las urbanas?
-El ambiente es distinto y los chicos también. Son más tranquilos los niños de escuelas rurales, tienen otra manera de tratar, sus expectativas son otras. Eso era antes, ahora ya no tanto porque entre vivir en el campo y la ciudad no se nota la diferencia debido a la aparición de internet, de la televisión, por todo lo nuevo que hay.
En ese momento todo era distinto. A la Escuela 27, que creo que se encontraba a 20 kilómetros, a veces cuando llovía íbamos hasta La Vasconia en un colectivo que hacía localidades y de ahí si había llovido mucho teníamos que hacer esa legua y media a pie porque era calle de tierra.
Viajábamos en un colectivo localista que iba a Fulton, y que iba dejando a las maestras, primero las de La Vasconia, después bajábamos nosotros en la cantera San Luis, luego las de la Escuela 10, que era la del arroyo Las Chilcas y después iba a Fulton, donde también bajaban las que iban a la Escuela 43. A la tardecita el colectivo nos recogía a todos. En cambio, en la Escuela 33 era todo asfalto.
-¿Cómo se trasladaba a la Escuela 33?
-Había un colectivo que iba a la estación Azucena a la mañana y volvía a la tarde, pero también teníamos la experiencia de la camioneta de la Granja que a veces coincidía con nuestro horario, pero no siempre. Pero cuando yo empecé a trabajar en la 33 había un señor de apellido Córdoba, que era director en la Escuela del Haras General Lavalle, que todos los días iba y volvía. Entonces la chica que iba conmigo había hablado con él y comenzó a llevarnos. Luego nos pasaba a buscar cuando él terminaba.
Pero poco tiempo después este señor se jubiló, entonces el siguiente director se fue a vivir al Haras, así que nosotros nos quedamos sin nada. El primer día fuimos a pie y surgió la idea de ir en bicicleta, teníamos 20 años. Son más o menos 10 kilómetros.
A veces nos llevaba algún conocido o alguien que vivía por la zona, pero lo hicimos muy poco tiempo eso, no sé si llegamos a 15 días. Un día dijimos de probar de ir en bicicleta y los primeros días habremos demorado una hora y media para ir pero ya después nos habíamos puesto muy prácticas.
-Subían las lomas sin problemas.
-Lo más terrible era desde el puente azul hasta la loma de La Elena, donde a la izquierda hay un desvío para las antenas de Cerro Granito. Después de pasar eso eran toboganes, era muy lindo. Cuando había viento a veces teníamos que bajar de la bicicleta y tirar de ella porque no quedaba otra. Pero ya nos habíamos acostumbrado. Eramos jóvenes, dos chicas solteras, todo el barrio nos conocía porque nos veía pasar. La chica que iba conmigo era la directora María Rizzardi, que falleció hace un año. Para nosotros la escuela era sagrada, hacíamos jardín, huerta, de todo. Lo pasamos muy bien, ahí estuvimos en los años 55 y 56.
-¿Qué diferencias había entre trabajar en escuelas rurales respecto a las urbanas?
-El ambiente es distinto y los chicos también. Son más tranquilos los niños de escuelas rurales, tienen otra manera de tratar, sus expectativas son otras. Eso era antes, ahora ya no tanto porque entre vivir en el campo y la ciudad no se nota la diferencia debido a la aparición de internet, de la televisión, por todo lo nuevo que hay.
En ese momento todo era distinto. A la Escuela 27, que creo que se encontraba a 20 kilómetros, a veces cuando llovía íbamos hasta La Vasconia en un colectivo que hacía localidades y de ahí si había llovido mucho teníamos que hacer esa legua y media a pie porque era calle de tierra.
Viajábamos en un colectivo localista que iba a Fulton, y que iba dejando a las maestras, primero las de La Vasconia, después bajábamos nosotros en la cantera San Luis, luego las de la Escuela 10, que era la del arroyo Las Chilcas y después iba a Fulton, donde también bajaban las que iban a la Escuela 43. A la tardecita el colectivo nos recogía a todos. En cambio, en la Escuela 33 era todo asfalto.
-¿Cómo se trasladaba a la Escuela 33?
-Había un colectivo que iba a la estación Azucena a la mañana y volvía a la tarde, pero también teníamos la experiencia de la camioneta de la Granja que a veces coincidía con nuestro horario, pero no siempre. Pero cuando yo empecé a trabajar en la 33 había un señor de apellido Córdoba, que era director en la Escuela del Haras General Lavalle, que todos los días iba y volvía. Entonces la chica que iba conmigo había hablado con él y comenzó a llevarnos. Luego nos pasaba a buscar cuando él terminaba.
Pero poco tiempo después este señor se jubiló, entonces el siguiente director se fue a vivir al Haras, así que nosotros nos quedamos sin nada. El primer día fuimos a pie y surgió la idea de ir en bicicleta, teníamos 20 años. Son más o menos 10 kilómetros.
A veces nos llevaba algún conocido o alguien que vivía por la zona, pero lo hicimos muy poco tiempo eso, no sé si llegamos a 15 días. Un día dijimos de probar de ir en bicicleta y los primeros días habremos demorado una hora y media para ir pero ya después nos habíamos puesto muy prácticas.
-Subían las lomas sin problemas.
-Lo más terrible era desde el puente azul hasta la loma de La Elena, donde a la izquierda hay un desvío para las antenas de Cerro Granito. Después de pasar eso eran toboganes, era muy lindo. Cuando había viento a veces teníamos que bajar de la bicicleta y tirar de ella porque no quedaba otra. Pero ya nos habíamos acostumbrado. Eramos jóvenes, dos chicas solteras, todo el barrio nos conocía porque nos veía pasar. La chica que iba conmigo era la directora María Rizzardi, que falleció hace un año. Para nosotros la escuela era sagrada, hacíamos jardín, huerta, de todo. Lo pasamos muy bien, ahí estuvimos en los años 55 y 56.
Las instituciones urbanas
-¿Por qué decidió cambiarse a las escuelas urbanas?
-Yo tiré más para una escuela urbana porque tenía programado mi casamiento para el año 57. Entonces pedí traslado a todas las escuelas urbanas que tenía Tandil, se podía pedir infinidad de establecimientos educativos, yo pedí todas. Buscaba el radio donde había vivido de soltera, yo iba a ir a vivir a Villa Italia porque estábamos construyendo allí con mi futuro esposo en ese momento. Pero me dieron la última escuela que había pedido de toda la lista.
-¿Era la que menos le gustaba?
-No era la que menos me gustaba, era la que yo menos pensaba que me iban a dar. Pensé: “la voy a dejar para lo último, si me la dan, saco la lotería”.
Los traslados los entregaba el inspector en esa época, cuando llego me dice: “señorita, usted es muy joven, tiene todo por delante para seguir pidiendo traslado, para seguir ubicándose, quizás ésta no sea la escuela que más la favorezca, es la última escuela que pidió, la 21”.
Y yo le respondí: “¡Qué alegría! Usted sabe que yo estoy edificando a dos cuadras de esa escuela. Yo creo que ahí me voy a jubilar porque después de hacer tantos kilómetros, estar a dos cuadras de mi casa, es increíble”.
Me trasladaron a fines del ciclo lectivo del 56 y cuando empezó el 57 estaba en la Escuela 21. Estuve del 56 al 79. Yo había empezado a trabajar en el Centro Polivalente de Arte, entonces dejé la 21 y me quedé en Polivalente.
-¿Qué la llevó a cambiarse de escuela?
-Algo muy familiar, yo ya estaba haciendo los dos trabajos y se enfermó mi madre de cáncer y con mi hermana nos repartíamos el cuidado. Incluso se trataba en Mar del Plata y una semana cada uno la acompañaba. Entonces me quedé sólo con el Polivalente, porque era otra tarea, tenía horas cátedra de artesanías y de idiomas. Estuve ahí 23 años.
-¿Usted también realizaba artesanías?
-Hice un curso oficial de manualidades, fantasía y demás. Me quedé con un solo trabajo, mis hijas se fueron a estudiar a Buenos Aires.
Me retiré en el 2000. Siempre me decían “no te jubiles”. Realmente me gustaba, para mí la escuela fue una satisfacción muy grande, pero yo dije: “me voy a retirar cuando todavía esté bien, no voy a esperar a estar mal, que no pueda caminar, ni razonar. Me jubilo para disfrutar”. Me daba un poco de pena pero lo hice, de ahí para atrás se bajó el telón y así lo pude hacer. Yo realmente no extrañé pero sí me gustaba. Si tuviera que empezar otra vez, comenzaría de la misma forma. Si tuviera que ir en bicicleta, lo haría. Si tuviera que hacer todo lo que hice en las escuelas lo volvería hacer porque para mí fue gratificante la docencia.
-¿Por qué decidió cambiarse a las escuelas urbanas?
-Yo tiré más para una escuela urbana porque tenía programado mi casamiento para el año 57. Entonces pedí traslado a todas las escuelas urbanas que tenía Tandil, se podía pedir infinidad de establecimientos educativos, yo pedí todas. Buscaba el radio donde había vivido de soltera, yo iba a ir a vivir a Villa Italia porque estábamos construyendo allí con mi futuro esposo en ese momento. Pero me dieron la última escuela que había pedido de toda la lista.
-¿Era la que menos le gustaba?
-No era la que menos me gustaba, era la que yo menos pensaba que me iban a dar. Pensé: “la voy a dejar para lo último, si me la dan, saco la lotería”.
Los traslados los entregaba el inspector en esa época, cuando llego me dice: “señorita, usted es muy joven, tiene todo por delante para seguir pidiendo traslado, para seguir ubicándose, quizás ésta no sea la escuela que más la favorezca, es la última escuela que pidió, la 21”.
Y yo le respondí: “¡Qué alegría! Usted sabe que yo estoy edificando a dos cuadras de esa escuela. Yo creo que ahí me voy a jubilar porque después de hacer tantos kilómetros, estar a dos cuadras de mi casa, es increíble”.
Me trasladaron a fines del ciclo lectivo del 56 y cuando empezó el 57 estaba en la Escuela 21. Estuve del 56 al 79. Yo había empezado a trabajar en el Centro Polivalente de Arte, entonces dejé la 21 y me quedé en Polivalente.
-¿Qué la llevó a cambiarse de escuela?
-Algo muy familiar, yo ya estaba haciendo los dos trabajos y se enfermó mi madre de cáncer y con mi hermana nos repartíamos el cuidado. Incluso se trataba en Mar del Plata y una semana cada uno la acompañaba. Entonces me quedé sólo con el Polivalente, porque era otra tarea, tenía horas cátedra de artesanías y de idiomas. Estuve ahí 23 años.
-¿Usted también realizaba artesanías?
-Hice un curso oficial de manualidades, fantasía y demás. Me quedé con un solo trabajo, mis hijas se fueron a estudiar a Buenos Aires.
Me retiré en el 2000. Siempre me decían “no te jubiles”. Realmente me gustaba, para mí la escuela fue una satisfacción muy grande, pero yo dije: “me voy a retirar cuando todavía esté bien, no voy a esperar a estar mal, que no pueda caminar, ni razonar. Me jubilo para disfrutar”. Me daba un poco de pena pero lo hice, de ahí para atrás se bajó el telón y así lo pude hacer. Yo realmente no extrañé pero sí me gustaba. Si tuviera que empezar otra vez, comenzaría de la misma forma. Si tuviera que ir en bicicleta, lo haría. Si tuviera que hacer todo lo que hice en las escuelas lo volvería hacer porque para mí fue gratificante la docencia.
Los cambios en la profesión
-¿Qué era lo que más te gustaba de la docencia?
-El contacto con los chicos y con las familias.
-¿Cómo era el contacto con las familias?
-En la escuela rural la familia quizás se acerca más que en la urbana, porque para ellos la escuela es el centro de todo. A veces venían a preguntar cosas completamente ajenas a la enseñanza, por ejemplo, cómo se hacía un trámite, muchas veces nosotros les hacíamos los mandados.
-Tomaban a las maestras como un referente.
-Te toman como un referente, a veces también nos encargaban los libros y nosotros los comprábamos.
-¿Cómo ve los cambios que ha habido en la educación respecto a esa época?
-Yo veo que en la época mía, los chicos iban al primario, pasaban al secundario y lo hacían bien, con buenos trabajos y egresaban. Los chicos hacían las cosas bien y contentos. Últimamente ha habido tantos cambios y uno dice que la culpa es del docente, otro de la familia, han influido muchos factores. Las familias antes no trabajaban todo el día, ni los dos padres trabajaban pero hoy en día es distinto. Constantemente cambian los programas. Yo tengo nietos que llegaron al tercero polimodal sin cursar matemáticas durante un año. ¿Adónde se ha visto eso? Entonces cuando llegan a la facultad lloran. Eso no ocurría antes.
-Había más responsabilidad también.
-Sí, había más control de la familia, no sé si porque se lo proponía o porque la familia lo podía hacer, o tenía más tiempo. No había televisión así que había que conversar.
-¿Con respecto a la relación del docente con los chicos que cambios nota?
-Yo no llegué a ver esto tan quejoso que tienen todos los docentes, pero la relación era buena. El chico era respetuoso, no porque uno se impusiera, sino porque el chico acataba órdenes. Ahora creo que es muy distinto y que tendríamos que replantearnos todos la situación, buscar lo positivo y ver cómo encaminar a los chicos. En el secundario también tuve buena relación con los chicos.
-¿Cuál fue la escuela que más te gustó y porqué?
-Todas me gustaron porque cada una tenía su característica. Por ejemplo, yo empecé trabajando en la Escuela Normal y la adoro pero también quiero a la Escuela 11 porque allí hice todo mi primario. La Escuela 21 era la de mi barrio. En la época en la que yo estuve ampliamos la escuela, y la escuela rural es distinta, también me gustaba mucho.
-¿Si tuviera que trabajar en esta época en la docencia, lo haría?
-Sí, yo volvería porque todo el mundo dice que es trabajo insalubre y quisiera probarlo para ver si es verdad.
-¿Qué era lo que más te gustaba de la docencia?
-El contacto con los chicos y con las familias.
-¿Cómo era el contacto con las familias?
-En la escuela rural la familia quizás se acerca más que en la urbana, porque para ellos la escuela es el centro de todo. A veces venían a preguntar cosas completamente ajenas a la enseñanza, por ejemplo, cómo se hacía un trámite, muchas veces nosotros les hacíamos los mandados.
-Tomaban a las maestras como un referente.
-Te toman como un referente, a veces también nos encargaban los libros y nosotros los comprábamos.
-¿Cómo ve los cambios que ha habido en la educación respecto a esa época?
-Yo veo que en la época mía, los chicos iban al primario, pasaban al secundario y lo hacían bien, con buenos trabajos y egresaban. Los chicos hacían las cosas bien y contentos. Últimamente ha habido tantos cambios y uno dice que la culpa es del docente, otro de la familia, han influido muchos factores. Las familias antes no trabajaban todo el día, ni los dos padres trabajaban pero hoy en día es distinto. Constantemente cambian los programas. Yo tengo nietos que llegaron al tercero polimodal sin cursar matemáticas durante un año. ¿Adónde se ha visto eso? Entonces cuando llegan a la facultad lloran. Eso no ocurría antes.
-Había más responsabilidad también.
-Sí, había más control de la familia, no sé si porque se lo proponía o porque la familia lo podía hacer, o tenía más tiempo. No había televisión así que había que conversar.
-¿Con respecto a la relación del docente con los chicos que cambios nota?
-Yo no llegué a ver esto tan quejoso que tienen todos los docentes, pero la relación era buena. El chico era respetuoso, no porque uno se impusiera, sino porque el chico acataba órdenes. Ahora creo que es muy distinto y que tendríamos que replantearnos todos la situación, buscar lo positivo y ver cómo encaminar a los chicos. En el secundario también tuve buena relación con los chicos.
-¿Cuál fue la escuela que más te gustó y porqué?
-Todas me gustaron porque cada una tenía su característica. Por ejemplo, yo empecé trabajando en la Escuela Normal y la adoro pero también quiero a la Escuela 11 porque allí hice todo mi primario. La Escuela 21 era la de mi barrio. En la época en la que yo estuve ampliamos la escuela, y la escuela rural es distinta, también me gustaba mucho.
-¿Si tuviera que trabajar en esta época en la docencia, lo haría?
-Sí, yo volvería porque todo el mundo dice que es trabajo insalubre y quisiera probarlo para ver si es verdad.
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