Con recuerdos del “horror”, se señalizó el ex centro clandestino de detención La Huerta

Ayer por la tarde se llevó a cabo la señalización del centro clandestino de detención La Huerta, situado en la Ruta 226, en el acceso a la Base Aérea. Profundamente emocionados pero a la vez mostrando una gran entereza, los sobrevivientes compartieron sus historias y recordaron el “horror” que vivieron en ese lugar.
La actividad fue organizada por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación a través de la Dirección Nacional de Sitios de Memoria, la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires con el acompañamiento de la Universidad Nacional del Centro. La señalización de estos sitios busca hacer visible la función que cumplieron durante el terrorismo de Estado. Con esta nueva señalización ya son 48 las que hay en la provincia y 112 en todo el país.
Estuvieron presentes en el acto, el secretario de Derechos Humanos de la Provincia Guido Carlotto, el director nacional de Formación en Derechos Humanos Matías Moreno, la vicedirectora provincial de Políticas Reparatorias Mariela Vega, representantes de Memoria por la Vida en Democracia y de la Multisectorial por la Memoria, la Verdad y la Justicia de Olavarría.
También participaron del encuentro el presidente del Concejo Deliberante Juan Pablo Frolik, Julio Elichiribehety y los concejales Pablo Bossio, Rogelio Iparraguirre, Antonio Ferrer, Fernando Rossi y Corina Alexander. Familiares de desaparecidos y sobrevivientes del centro clandestino de detención La Huerta y agrupaciones kirchneristas estuvieron presentes. A su vez, el padre Raúl Troncoso formó parte del encuentro. En tanto, Flor de Murga amenizó la tarde con su música.

“Acá conocimos el terror”

En primer lugar los sobrevivientes y funcionarios presentes descubrieron la placa de señalización de ese lugar emblemático del terrorismo de Estado.
El primero en tomar la palabra fue Walter Fernández, que es un sobreviviente que estuvo detenido en La Huerta.
“Agradezco la presencia de todos ustedes porque en este lugar no es bueno estar solo”, aseguró.
Y recordó que “en los años ‘70 cuando empezábamos a militar, nuestros padres nos contaban cómo habían sido los años de gloria de la Argentina, nos contaban de los créditos del Banco Hipotecario, de los campesinos que podían mandar a sus hijos a la universidad, de la gente con trabajo, de la movilidad social. Con esas consignas fuimos creciendo y empezamos olfatear allá por el ‘72 que el peronismo volvía a la Argentina, nos empezamos a preparar para ese gobierno, y para llevar esas consignas que nuestros viejos nos contaban”.
“Llegó Cámpora y fue nuestro día de gloria y llegó Perón, y después empezó la noche. Perón vino a morir a la Argentina, y los grupos económicos, sectores de la iglesia, políticos empezaron a visitar a los amigos de las fuerzas armadas, no les gustaban las banderas que veían en la calle, no les gustaban que pensáramos que la riqueza había que repartirla, que la tierra era para el que trabajaba. No les gustaba ver a los pibes jugando en las plazas, ellos querían seguir siendo los dueños de la Argentina como habían sido hasta el año ‘73”, expuso.
Luego, “aparece la Triple A y cuando ya no alcanzaba aparecen las fuerzas armadas el 24 de marzo del ‘76, a mí me agarran en La Plata estudiando la secundaria, militando en la UES, formando parte de una agrupación de la cual orgullosamente digo que pertenecí, y pudiendo volver a mi ciudad allá por el ‘77 con mi compañera, el 29 de abril, nos llevan a la quinta de los Méndez. Esa noche terrible donde lo matan al Negro Moreno”.
“Después volvimos a la comisaría Primera y para el 15 de mayo caímos en este lugar, acá nos torturaron, acá conocimos el terror, acá nos colgaban los dedos de un palo, acá nos tenían atados en una cama encapuchados, esposados, fueron cuatro o cinco meses”, relató.

“No fue una guerra”

Muy molesto con lo que manifestó Adolfo Loreal en la sesión especial del Concejo Deliberante del 24 de marzo, lanzó que “quiero decirle a ese psicólogo que trabaja de concejal que esto no fue una guerra, yo no tuve posibilidad acá adentro de defenderme, yo no estaba armado, me tenían atado a una cama y me torturaban”.
“Tampoco nos trajo el odio hoy hasta acá. A las madres de mis compañeros nunca las movió el odio, sí querían saber dónde estaban nuestros muertos y recuperar cada uno de nuestros huesos”, clamó.
Y añadió que “nosotros no militamos los derechos humanos de pico, mi expediente tiene cerca de 500 fojas, he declarado desde el año ‘84 hasta ahora y si es fácil hoy condenar porque son elefantes viejos, hay que recordar que son elefantes viejos porque hubo una ley de Punto Debido y Obediencia Final que los dejó a todos sueltos en el ‘84”.

Romper el silencio

Luego, María del Carmen Silva, otra de las sobrevivientes, manifestó que “es muy hermoso estar acompañados por ustedes y sentir la diferencia a la soledad y desamparo que sentíamos cuando estábamos en ese infierno que ni siquiera se veía desde la ruta. Para mí hoy es un día de tremenda emoción, no tengo más que palabras de agradecimiento de poder estar acá siendo protagonista de esta segunda parte de la historia, con memoria, con verdad y con justicia”.
“Néstor y Cristina siempre van a estar en mi corazón porque cambiaron la historia y mi vida”, sostuvo.
“A mí el miedo me duró mucho tiempo, quedé paralizada por mucho tiempo”, afirmó, y agradeció a quienes la ayudaron a superar esos miedos.
Luego, leyó una carta de una pareja de militantes que se exiliaron a España en esa época y que también estuvieron secuestrados en La Huerta.
En tanto, Eduardo Ferrante, de Olavarría, contó que fue secuestrado en Olavarría en septiembre de 1977 y fue llevado a La Huerta donde estuvo unos 15 días que “fueron horribles y de mucho sufrimiento. Es emocionante este día, yo reconocí este lugar recién en 2006, admiro la valentía de los compañeros que lo hicieron antes. Con el juicio de Monte Peloni realmente para nosotros se cerró un ciclo y se hizo justicia, más allá de que muchas veces pensamos en esos compañeros que no van a volver”.

La memoria

Por su parte, María Nazábal, responsable del área de Derechos Humanos de la Unicén, expresó que “si bien yo nací en el ‘83 con la democracia esta semana organizando esta actividad me conmoví muchísimo con los testimonios de muchos compañeros”.
“La memoria es la matriz sobre la que se sustenta nuestra identidad como pueblo y es la brújula que nos va a permitir tener un sentido de orientación. Un pueblo sin memoria es un pueblo sin identidad”, afirmó.
“No puedo dejar de pensar que éste fue un lugar de tortura, pero a la vez creo que podemos llenarlo de vida, veo los rostros de quienes sufrieron los peores tormentos a los futuros guardianes de la memoria. La palabra huerta acá lamentablemente está asociada a la muerte, a algo oscuro, por eso hablábamos con algunos compañeros qué interesante sería que el Ejército, que es propietario de este campo de muchísimas hectáreas, nos ceda una parte a la Universidad y organizaciones populares para poder hacer una huerta en serio donde sembremos vida y construyamos futuro”, concluyó.

Historia de lucha

A continuación, el funcionario Matías Moreno (hijo de Carlos “El Negro” Moreno) sostuvo que “es lindo es volver a Tandil en el marco de la tercera señalización en poco menos de dos años. Es una caricia a los oídos escuchar a los compañeros con qué dignidad relatan lo que les ocurrió”.
“Gracias por el ejemplo que nos dan, esta democracia le debe mucho a ustedes, gracias por esa historia de lucha”, destacó.
Y añadió que “nosotros aprendimos de las madres, de las abuelas que el amor vence al odio, ése es el camino que vamos a continuar, estamos convencidos de hacia dónde vamos”.
“Reconocen a Tandil como la cuna del concepto de verdad, memoria, justicia y alegría, el lugar donde pudimos convertir eso que nos parece horroroso en la bandera de reivindicar a nuestros desaparecidos”, manifestó.

Cambiar la Argentina

Por último, Guido Carlotto afirmó que “me llenó de emoción escuchar a los sobrevivientes, con qué entereza hablan los compañeros. No es fácil venir al lugar donde les cambió la vida y brindar testimonio y dirigirse al público”.
Destacó el desarrollo de las secretarías de derechos humanos y las políticas en ese sentido que se llevaron adelante en los últimos años.
“Nacimos en una coyuntura especial y nos comprometimos hasta las últimas consecuencias, sobre todo los que no están, para tratar de cambiar esta Argentina, que hoy creo que lo estamos haciendo”, recalcó.

El infierno

Finalmente, familiares de desaparecidos y sobrevivientes abrieron la tranquera de La Huerta y se dirigieron, por un extenso camino, hacia las casas donde estaban secuestradas las víctimas y donde se realizaban las torturas.
En ese espeluznante escenario, donde tantas personas fueron torturadas e incluso ejecutadas, donde vivieron un verdadero calvario, se encontraron nuevamente para contar su historia a las nuevas generaciones y de algún modo, romper el silencio y el miedo que llevaron consigo durante tantos años.

La Huerta

La Huerta integró un circuito represivo en combinación con otros centros de detención de la región. El lugar fue utilizado con anterioridad a 1955 como huerta de la guarnición y posteriormente como campo de instrucción de las unidades locales. Al constituirse la Brigada Blindada se arrendó a particulares para su explotación como campo de pastoreo. Durante la dictadura era parte de la subzona XXII a cargo a cargo del general Alfredo Saint-Jean y conformaba el circuito represivo junto con los centros clandestinos de detención de nuestra ciudad y de la zona.
Los responsables del funcionamiento de La Huerta eran el general Saint-Jean y el coronel Edgardo Calvi, mientras que los responsables operativos eran el oficial de inteligencia teniente coronel Cordero y su jefe de seguridad Roque I. Pappalardo.
La Huerta pudo ser reconocida porque contó con dos características que fueron reconocidas y mencionadas por varios testigos que estuvieron secuestrados allí. Una de ellas era una salamandra con la cual solían calefaccionar el lugar, la segunda era una caja de seguridad color verde oliva.
En 2001 diversos organismos de derechos humanos colocaron una piedra en el acceso a este ex centro clandestino de detención.

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