Con sus contradicciones a cuestas, otro testigo ubicó a uno de los imputados protagonizando la pelea
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAyer por la tarde se retomó el juicio que resolverá la situación procesal de Matías Concha y Angel Jesús Molina, acusados por el homicidio de Marito Maciel, en la madrugada del 3 de marzo de 2013, en las puertas de Sol Disco. Se trató de la quinta audiencia en la que prevaleció el aporte de otro testigo, amigo de Marito, quien a pesar de sus inconsistencias, titubeos y contradicciones, ubicó a uno de los imputados –Molina- como uno de los protagonistas de aquella pelea que derivó en el trágico desenlace.
A falta de un par de testimonios más, el Tribunal presidido por el juez Guillermo Arecha, acompañado por Pablo Galli y Gustavo Echeverría, resolvió un nuevo cuarto intermedio hasta el jueves, día en que también se buscará consensuar la fecha de los alegatos.
Pasadas las 15 se dio por iniciada la nueva jornada que contó, como en los anteriores capítulos con una importante convocatoria de público conformado íntegramente por familiares de víctima y victimario, siempre custodiados por una fuerte presencia policial que, hasta aquí, no debió intervenir en inconveniente y/o incidente alguno. A pesar de lo que hasta ahora se ventiló, lo denunciado y lo que está en juego, hubo una convivencia pacífica, con sus miradas desconfiadas y diferencias a cuestas.
La descripta armonía de los que participaron de las audiencias no resultaría menor a la hora del comparendo del testigo esperado. Es que una vez más el fiscal Gustavo Morey pediría a los jueces desalojar la sala frente al temor manifiesto del joven por declarar.
Cabe reseñar que ya se había planteado una situación semejante con la testigo clave del caso (bajo identidad reservada), con quien sí el Tribunal concedió la moción del Ministerio Público.
Al pedido nuevo se interpondría el defensor Diego Araujo, quien justamente haría referencia al clima que reinó hasta aquí en el juicio entre las familias, como así también puso énfasis en que se pretende instalar un caldo de cultivo que hace al presunto temor y amenazas que vivieron los testigos cuando en verdad, de todos los que desfilaron por la sala ninguno manifestó hostigamiento, no intimidación por tener que declarar lo que declararon. Asimismo, no dejó de subrayar el espíritu de oralidad y publicidad que tiene la instancia del proceso.
El entuerto mereció un breve cuarto intermedio para que los magistrados deliberaran. Finalmente se resolvió una medida salomónica. El público seguiría en la sala y los acusados pasaron detrás de la humanidad de los uniformados, para que no estuvieran a la vista del declarante.
Previo a la exposición esperada, devino el comparendo de Ana Paula Sánchez, pareja de Molina antes de que sucedieran los hechos ventilados y vecina de la hermana, quien fue la que alertó a ésta sobre la detención de Jesús y la necesidad de que fuera a declarar a la comisaría, no sin antes reclutar al resto de los protagonistas de la reyerta escrita a piñas y puñales.
La mujer, citada por el particular damnificado Claudio Castaño, poco aportó al armado del rompecabezas. Apenas certificó que fue avisada por la mamá de Molina para que avisara a su vecina de lo acontecido y la necesidad de que fuera a la comisaría.
“Pintaba fierro”
Fue el turno, entonces, de Julio César Arocha, el joven que se presentó como amigo de Marito Maciel, al que consideraba como un hermano y que, como el papá y cuñado de la víctima, poco colaboraron con sus recuerdos para favorecer el esclarecimiento del hecho.
Evidenciando aquel temor referenciado sobre tener que protagonizar el interrogatorio, el testigo naufragaría por las mismas inconsistencias, contradicciones que otrora testigos directos de la reyerta de aquella madrugada, desdiciéndose de sus dichos primigenios que obran en el expediente. Empero, sostendría finalmente y -ahora sí- sin titubear que vio a Jesús Molina interviniendo en la pelea primera que luego desencadenaría la confusa batahola de todos contra todos hasta llegar a Marito tendido en la acera de Del Valle, moribundo tras recibir unas siete puñaladas de manos de, precisamente, los que ahora se busca establecer.
El aporte sobre la presencia de Molina en el lugar de los hechos, como lo habían manifestado otros testigos, no es menor. Si bien sólo la testigo “vedette” del fiscal lo reconoció empuñando un cuchillo contra la humanidad de Marito tendido en el piso, al menos tres -hasta aquí- lo ubicaron en circunstancias más o menos parecida siendo protagonista de la pelea, escena que el imputado siempre negó, posicionándose como un mero espectador de lo que estaba sucediendo. Estas dudas motivaron a que la Cámara resolviera, como resolvió en torno a su situación procesal, arribando al juicio en libertad.
Respecto a la declaración de Arocha, con un dialecto afín a tribus barriales, hablaría del inicio de la pelea en la que los agresores invitaron a si “tenían bondi”, traducido al idioma coloquial como una invitación a la pelea. Como así también que dijo escuchar a los mismos que agredían al padre de Marito que gritaban “si querían pintar fierro”, en alusión a la amenaza de que contaban con armas.
En medio de ese relato ensimismado con una jerga que mereció el pedido de traducción tanto del fiscal como defensores y jueces, el joven hablaría del encuentro que mantuvo con Marito, su padre y el cuñado dentro del boliche, y que de allí salieron juntos, hasta que en las puertas se desencadenaría el incidente con dos “chabones” que no conocía ni conoce, lo que provocó la reacción del papá de Marito, quien cinto en mano comenzó a azotar y correr a esos jóvenes hasta la esquina de Lisandro de la Torre, donde continuó la pelea.
Con pocas precisiones y más confusiones sobre el detalle de cómo comenzó y prosiguió la pelea, finalmente aceptaría que él se metería por un instante también en la disputa a puños, pero que luego por obra y gracia de la horda de hombres y mujeres que se fue acercando se fue apartando de la escena violenta, incluso sin poder ubicar dónde estaban Marito y el cuñado. Apenas dijo –no sin el esfuerzo de las partes tras preguntarle y repreguntarle- que vio a Marito dirigiéndose al auto del cuñado estacionado en Del Valle casi Yrigoyen, como así también que se cruzó con Jesús Molina, al que le pidió que no se metiera en la pelea porque no era asunto suyo, petición que fue desoída por el imputado.
Si bien primeramente se mostró huidizo a la hora de especificar qué hizo Molina, finalmente a preguntas pacientes del defensor Carlos Kolbl, el testigo terminó aseverando que efectivamente vio a Molina integrarse a la pelea y formar parte de la misma, asunto que merecería el fuerte interrogatorio del otro defensor, Diego Araujo, que no hizo más que achacarle sus severas contradicciones con lo que había declarado con anterioridad en el expediente, frente al fiscal.
Las reiteradas idas y vueltas sobre lo que había dicho y ahora exponían mereció más de un reproche de los defensores, que insistirían sobre la evidencia de que estaba mintiendo ahora o lo había hecho antes, no sin dejar de observar que podría estar incurriendo en un falso testimonio (como ocurriera con otros tantos testigos anteriores), recriminación que igualmente no provocó reacción alguna en el joven, quien entre los nervios por donde estaba y las dificultades para verbalizar lo que recordaba (o quería recordar) se quedó impertérrito, entregado a la suerte de que algunos crean en sus buenas intenciones, otros no.
Sin más, se cerró el quinto episodio de un juicio que se ha extendido más de lo previsto, especialmente por la complejidad de los actores que resultaban necesarios como piezas de un rompecabezas que pretende armarse para retrotraerse y acercarse lo más posible a la verdad, a aquella madrugada de marzo en la fue asesinado Marito.
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