Conmovedores y encontrados relatos de la abuela y los padres de las chicas que denunciaron los abusos sexuales
Si la anterior audiencia estuvo signada por un debate entre los peritos psicólogos intervinientes, a partir de las posturas encontradas acerca de sus conclusiones frente a los dichos de las víctimas, en la antevíspera se retomó sobre algo más personal, tocando las fibras más íntimas de una familia cargada de dolor, con lazos rotos desde que las chicas decidieron hablar y trasladar sus pesadillas vividas al resto de los integrantes de un núcleo afectivo que quedó sensiblemente quebrado.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAsí se percibiría desde la antesala al recinto, cuando ayudada por un bastón y un hombre llegó a la sede judicial la abuela de las chicas y pareja de quien ahora está sentado en el banquillo de los acusados. La mujer se cruzaría en el pasillo con sus propios hijos, nuera y allegados, con quienes ya no se habla porque decidió creer en quien es señalado como abusador, el hombre con quien convivía en el mismo techo donde, según consta en la denuncia, realizaba las vejaciones ya citadas. Prefirió confiar en él y no en sus nietas, porque no podía -no puede- concebir que hayan sucedido los aberrantes sucesos delante de sus narices.
Testigo clave
La mujer resultaba una testigo clave. Es que en la casa donde se acusaba que sucedieron los hechos de abuso era donde vivía con el acusado y adonde su hijo le confiaba a las nietas para su cuidado por razones laborales.
No sólo con dificultades de motricidad sino también del habla, tras haber sufrido un ACV (en medio del detonante filial a partir del primer revelamiento de las menores), la mujer se sentó frente al Tribunal y respondió a sus modos y sus formas, dentro de sus posibilidades, el extenso y por momentos tenso interrogatorio de las partes, frente a la mirada atenta y por momentos conmovida de Flores, como de los familiares de ella, apostados como público, quienes no pueden digerir, mucho menos entender, porqué la postura de la abuela frente al delicado entuerto intrafamiliar.
La mujer recordó sobre aquellos días en que sus nietas se quedaron con ella y Flores, negando sistemáticamente que en alguna oportunidad, circunstancia, las haya dejado solas con él, que las niñas hayan dormido en el mismo dormitorio y mucho menos en la misma cama con ellos. Que cuando se bañaban lo hacían a solas y ella las controlaba y les alcanzaba la ropa de baño.
“Las chicas estaban a mi cargo y yo velaba por eso”, soltó con severidad a pesar de sus dificultades para comunicarse, para luego también responder sobre las declaraciones de sus nietas: “son infamias”.
En todo momento se mostró agradecida a Néstor y su suegra, porque fueron quienes la cuidaron una vez desatado su ACV, como así también dijo querer declarar a modo de defensa no sólo por su pareja sino por ella, ya que indirectamente se sentía acusada, siendo que las niñas estaban a su cargo y, al decir de las menores, no las protegió.
Insistió en que no encontraba explicaciones a la “fábula” de sus nietas, reseñando que cuando se anotició de los dichos “estábamos desesperados” y “lloraron todo el tiempo”, en referencia al estado de ella con su pareja acusada. A la vez, confió que de haber visto y sabido de los tocamientos ella lo hubiera agredido y “yo misma lo metía preso, no otros”, para luego insistir en aquella sensación de impotencia: “Yo estaba ahí, no podía ser…”.
Dejó varias frases sueltas que evidenciaron cierta contradicción en sus dichos primeros -en el expediente- y ahora en el juicio. Empero, frente a sus dificultades para comunicarse, el fiscal como jueces obviaron insistir en los detalles puntuales.
Afirmó también que Néstor (Flores) le negó los hechos para luego reiterar sobre su interrogante por saber qué les pasó a sus nietas, siendo que eran muy confidentes con ella y nunca le dijeron nada.
A preguntas de los magistrados, la mujer respondió que una vez conocidos los dichos de las chicas prefirió no indagar, siendo que había sido decisión de la familia no hablar más del tema y “yo quería que se olvidaran”.
A la hora de especular sobre las motivaciones de semejante fantasía llevada a juicio de parte de sus nietas, la testigo ensayó tres hipótesis, casualmente, semejantes a lo que supieron elucubrar las peritos de parte.
Refirió a que tal vez las chicas vieron mal que ella estuviera con un hombre mucho menor en edad que ella; las presuntas diferencias que tenían para con su pareja o que hayan influido el grupo de amigos de la nieta que quiso finalmente presentar una denuncia, a ocho años después de los presuntos acontecimientos.
“Lo siento en el alma, pero no les creo”
Fue el juez Guillermo Arecha quien la indagó especialmente, a partir de su condición de haber sido directora de una escuela, sobre cómo podía explicar que niñas de 5 y 7 años sostengan semejante fábula. La mujer no supo cómo explicarlo, apenas inferir o imaginar suposiciones poco claras.
“Lo siento en el alma, pero no les creo”, expresó la mujer con su lenguaje precario, para luego preguntar y preguntarse “¿Dónde estaba yo?”, a lo que rápidamente el juez Pablo Galli intervino cual daga reflexionando: “Precisamente es eso lo que se preguntaron las chicas”, a referéndum de lo que supieron exponer las jóvenes en la audiencia.
A más preguntas, Galli indagó los motivos por los cuales la abuela no quiso saber ni preguntarles a sus nietas lo que pasó directamente, a lo que la testigo atinó a señalar que estaba de acuerdo con esperar: “Andando, con el tiempo, se aclaran las cosas”, resolvió, en medio de un silencio sepulcral en la sala de debate.
La mujer también negó los dichos de su hija, tía de las niñas, quien supo declarar que la madre había hablado con ella sobre el asunto y que le había confiado que “Néstor estaba enfermo”, charla que dijo no haber existido de ninguna manera.
Dicha negación también la repetiría por los dichos que luego su hijo y padre de las niñas ratificaría, acerca de que ella misma le dijo que iba a quedarse con Néstor porque estaba enfermo y necesitaba ayuda.
Tras atravesar toda la jornada matinal, se daría un cuarto intermedio para escuchar a los padres de las jóvenes.
Sería el tiempo de más dolor de personas desgarradas, cuyas vidas cambiaron radicalmente y que sólo ahora están dispuestas a ventilar, por voluntad de esas dos hermanas que dijeron no soportar más. Porque los años no sirvieron para olvidar, y que querían que “Néstor vaya preso” para proteger a otros niños…
Un padre desgarrado de tristeza
Sin solución de continuidad sería el turno del padre de las jóvenes, quien ofrecería un testimonio cargado de angustia, impotencia, culpa, acumuladas por años. En especial una tristeza inconmensurable por lo sufrido por sus hijas y, encima, con su madre en el medio, aquella mujer que adoró y que ahora, desde la denuncia, pasó a ser una extraña.
El hombre fue preguntado sobre sus vidas por aquellos días, la rutina, hasta que llegó aquella primera revelación de sus niñas en 2003. Luego se ahondaría sobre las razones a que los llevaron a silenciar el caso hasta que esas mismas chicas, ahora mujeres, quisieron efectuar la denuncia.
El padre no hizo más que coincidir con aquello de que la psicóloga consultada dijo no forzarlas a hablar, no exponerlas, de no sumarles más dolor al dolor ya conocido. Que siguieron aquellos consejos de la profesional sobre la prioridad de creerles lo que decían y contenerlas, acompañarlas.
El hombre pasó por párrafos de profunda emoción, lo que no le impidió responder con altura y contundencia el asedio requisitorio. Si hasta se dio cierto contrapunto entre el doctor Jorge Dames y el testigo, que fue delicadamente capeado por ambos con mucha seriedad y diplomacia, más allá de los delicados asuntos ventilados y cuestionados, en este caso por la defensa.
Hasta tal punto de cordura y gravidez emocional evidenció el padre que, entre lágrimas, confió sobre aquella dicotomía que la vida lo había empujado de la mano de aquel abusador que lo tenía sentado a escasos metros. Acompañar en el dolor a sus hijas y pensar en su madre como otra víctima. “Pensaba que con la enfermedad que tenía, si encima le contaba esto se iba a morir…”, dedujo por aquellos días. Percepción que con el paso de los meses y la decisión de su madre dejó de sostener y por eso la distancia interminable, incluso al cruzarse en el mismísimo pasillo de la sede judicial.
En ese tren contaría una escena que dejaría muy mal parada a su madre frente a lo que horas antes había negado frente a los jueces. Aquello de que una vez anoticiada sobre lo que las niñas dijeron, él fue a su encuentro y la llevó a la casa. Allí se trenzaron en un eterno abrazo entre todos, cargados de una enorme conmoción. Eran llantos y más llantos tratando de descargar tanta impotencia, hasta que le dijo a su madre que se fuera de aquella casa, que viviera con ellos. Pero la madre sorprendió contestando “no puedo”, que tenía que acompañar a Néstor porque estaba enfermo.
Habría muchas más imágenes recortadas de aquella dolorosa historia que el padre traería a la sala, que no hacían más que redundar en la corroboración de lo que oportunamente confiaron sus hijas y contrariando los dichos de su madre.
Reseñó que en aquellos años (ocho) de silencio, incluso siguió intentando acercarse a su mamá y que ésta estuviera con sus nietas, hasta que una de las chicas dijo ‘basta’. Que no quería verla más, que le hacía mal porque esa mujer las había dejado solas con ese sujeto que tantos daños les causó.
Así, el Tribunal daría por culminado otro capítulo que se extendió nuevamente hasta las primeras horas de la tarde de martes. Al día siguiente -ayer- seguirían más relatos de aquella misma escena, el mismo dolor. Hablaría la madre…
Mamá y confidente
Arrancaría la jornada de ayer, entonces, con el relato de la mamá de las jóvenes, testimonio que se extendió por unas cuatro horas a partir de preguntas y repreguntas de las partes.
El aporte de la mujer resultó más clarificador en torno a sus precisiones de las fechas en que ocurrieron los sucesos cuando el conocimiento de lo que hasta aquel 8 de enero era un denso y doloroso secreto de las niñas.
Visiblemente más entera emocionalmente que el padre, la madre relataría con claridad y contundencia sus vivencias sobre lo ventilado, coincidiendo en la versión de los testigos propinantes de cómo y cuándo se enteraron de lo que les pasaba a sus hijas.
Aquella entereza igualmente se quebraría hasta las lágrimas en algunas reseñas específicas. Primero, cuando vio las fotos de unas de las casas donde habrían ocurrido los abusos, también cuando recordó las conversaciones con su hija y, en especial, buscando en su mente la imagen de lo que habían sufrido sus hijas, puntualmente cuando en los últimos tiempos una de ellas pudo brindarle más detalles de qué se trataban esos abusos, y que eran más que unos tocamientos.
A preguntas de las partes refrendaría sobre la buena relación que tenía con aquella abuela, que era como su madre, su confidente (“no era mi suegra, era mi amiga”) y fue, en definitiva, quien apoyó desde el comienzo su relación con Néstor, sobre quien también admitió que por aquellos años tenía el mejor de los conceptos, que lo querían como un integrante más de la familia, ‘el abuelo’, independientemente de que era más joven incluso que su marido.
La escena
Se detuvo y la detuvieron hasta los jueces para que retomara aquella escena de enero, horas antes de la confesión de su hija menor, cuando en la casa del acusado estaban todos en la cocina tomando mate y dejó a su hija dormida en su cuarto. Cuando la fue a buscar para irse la niña estaba como dormida, tendida en la cama, y Néstor debajo de la cama, como buscando algo. La mujer dijo que en ese momento jamás se imaginó que pasaba algo de lo que ahora se conoció, pero tras aquella confesión fue hilvanando ésta como otras escenas que en aquellos tiempos no las consideró en el contexto de semejante perversidad.
Allí, la culpa -confió la madre- de no advertir nada de lo que estaba pasando, incluso de las “señales” que daba principalmente la hija menor con sus comportamientos dentro y fuera de la escuela y su vida de relaciones.
“Ella siempre nos contó y nosotros no escuchamos”, supo graficar la dolida mujer frente a los comportamientos de aquella niña y que para ellos resultaron inadvertidos, incluso cuando en el último tiempo ya expresaba su negativa a ir a la casa de la abuela.
Dames también la interrogaría sobre sus dichos como vivencias, incluso preguntando -ya lo había hecho con el padre- qué pensaba de aquella abuela, que en definitiva permitió dichos abusos, que se comportó, como mínimo, cual encubridora.
Allí se dejó traslucir una de las calves de la defensa, ponderar la figura de la abuela y su trayectoria de vida, en contraposición a la versión de la acusación que la coloca casi como una cómplice. Serán los jueces, en definitiva, quienes den la valoración del testimonio de aquella mujer.
En medio del interrogatorio de Dames se sucedió un instante de extrema tensión, a partir de su enojo porque desde el público -más precisamente un integrante de la familia- le hacía gestos de reproche por sus preguntas. La escena rápidamente se disipó sin pasar a mayores.
El extenso alegato de la madre daría fin a la jornada matinal y las primeras horas de la tarde de la audiencia. Luego devendría el comparendo de novios y amigos de la hermana mayor (ver aparte). Ya afuera del recinto, aquella estoica madre que soportó con gran fortaleza el protagonismo frente al Tribunal, explotaría en llanto y se acurrucaría al amparo de los brazos de un familiar. Ya había terminado, había descargado todo lo que tenía que decir tras tantos años de espera, de silencios y dolor.
Testigos de las consecuencias
Por la tarde desfilaron en el recinto judicial dos novios y un amigo de la hermana mayor, quienes fueron los primeros que supieron de los abusos de la propia boca de la joven.
Precisamente los jóvenes que oportunamente fueron novios de la chica cuando ya adolescente, reseñaron que al comenzar a tener intimidad se toparon con el trauma de ella, que no podía mantener relaciones sexuales, y por eso les terminó confiando qué le había pasado cuando niña, sin entrar en detalles sobre qué versaron aquellos abusos.
También su mejor amigo compareció bajo el mismo tenor, recordando que la confesión de la joven fue cuando él le preguntó por su abuela y allí se anotició del distanciamiento y los motivos del mismo.
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