Construcciones
En su "Libro de los abrazos", Eduardo Galeano cuenta que tras la finalización de la Guerra Civil Española, un obrero anarquista no conseguía trabajo luego de salir de la cárcel, adonde había ido a parar por "rojo".
Vencido y acobardado, el hombre se había atrincherado en su fe de no creer en nadie.
Su pequeño hijo, en tanto, por influencia de la madre se refugiaba en el catolicismo, orando para que la suerte cambie.
Cansado de que sus rezos no dieran resultado, un día se sentó frente al padre y le pidió que le explique la razón de su ateísmo:
– Si Dios no existe, como decís vos -le dijo el chico-, ¿quién hizo el mundo entonces?
– Tonto -dijo el obrero cabizbajo, casi en secreto-. Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.
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Quien haya trabajado con portland aunque sea una tarde para hacer un remiendo en la pared habrá de saber cómo quedan las manos.
A lo largo de los años se van mimetizando con los materiales con los que conviven. La cal, el cemento, la arena, el agua, el polvo del ladrillo van reemplazando la piel por otra piel más agreste y opaca, gris y salvaje.
La caricia de un albañil deja una sensación que no se borra fácil. Será por eso que todavía recuerdo en las mejillas aquellos rastros de cariño de mi padrino, Mario.
Era el hermano mayor de mi vieja y por ende, el primero de los diez en salir a trabajar. Aprendió el oficio acarreando baldes, abriendo cimientos, hombreando bolsas y haciendo mezcla. Habrían de pasar varios años hasta poner el primer ladrillo. Y varios años más en hacer la primera hilera con los propios.
Tal vez por su derecho de mayor o por ser el menos afortunado, mi abuela le cedió la parte de atrás del patio de su casa. Bien al fondo y en un rincón, Mario empezó a levantar su propia casita, un techo para las dos hijas de entonces y una tercera que llegaría con la obra terminada.
Todos los días volvía del trabajo a eso de las cinco de la tarde, se tomaba unos mates con mi abuela y empezaba de nuevo con las bolsas, los baldes, la mezcla… En invierno, las noches se le venían encima pronto y avanzaba a duras penas bajo la luz amarreta de una portátil.
Yo solía ir los fines de semana, los sábados a la tarde, mi abuela preparaba el mate y me decía “vaya y cébele a su tío”. Es de por entonces lo de las caricias ásperas.
Le llevó como tres años levantar su propia casa. Y la habrá terminado un domingo a la mañana, porque ese mediodía hubo asado para todos los hermanos en el patio. Un esplendor de caras felices que se extendió hasta bien entrada la tarde.
Recuerdo los ojos vidriados y rojizos de mi tío Mario, un poco por la cal, otro por las lágrimas y otro más por los tantos brindis del tinto recio en damajuana.
La última vez que volví a esa casa fue treinta años más tarde, una mañana de verano. Al llegar a cierta edad, a uno se le da por retornar a los lugares de infancia. Y es cierto nomás eso que dicen que con el tiempo los lugares se achican.
Aquella casita no era ni por asomo la de mis recuerdos. Ya no había nadie. Las tres hijas no vivían ahí; dos se habían casado y otra se fue de muy joven a Buenos Aires. Después fue el turno de mi tía. Y el último en irse fue Mario.
Debió ser un buen albañil. Después de tantos vientos, de tantas lluvias, de tantos soles, la casa seguía ahí, firme en el fondo. Humilde y más pequeña de lo que pensaba, pero erguida como yo mismo la vi levantarse.
A veces pienso que este mundo sería mejor si sus dioses fueran estos hombres de manos ásperas y caricias que dejan huella.
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