Continúa el ciclo ópera y conciertos en la biblioteca
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn el marco del ciclo de ópera y conciertos en la biblioteca, esta noche se proyectará la filmación del siguiente programa: “Concierto para violín y orquesta opus 47” con el solista Maxim Vengerov, realizado por la orquesta de Chicago, dirigida por Daniel Barenboim. Luego se podrá ver la proyección de la “Sinfonía 2 en Re Menor opus 43”, de la orquesta filarmónica de Viena, dirigida por Leonard Bernstein.
La propuesta
Hoy se tendrá la oportunidad de escuchar un exquisito programa que los organizadores han titulado “Tributo a Sibelius”.
Sibelius compuso un único concierto, pero este aporte suyo al género se considera como uno de los ejemplos más excelsos de todo el repertorio violinístico, que ha logrado un notable equilibrio entre virtuosismo y contenido, fuegos artificiales y coherencia sinfónica. Esta obra marca un punto de inflexión en la carrera del compositor, pues aun permaneciendo enmarcado dentro del romanticismo tardío, Sibelius estaba cada vez más preocupado por los procesos abstractos de transformación musical.
Detalles
El concierto para violín es, además, una obra de fantasía y despedida: en su adolescencia, había ambicionado convertirse en un virtuoso del violín, pero un fracaso en un examen lo hizo abandonar su sueño.
La rica y variada personalidad que le dio al instrumento en este concierto parece una especie de sublimación de aquel frustrado deseo. En el primer movimiento, en particular -más largo que los otros dos combinados- tiende a establecer una escritura dramática e intensa para el solista, en contraste con la orquesta. En lugar de un diálogo, su pensamiento musical se despliega como un desarrollo continuo de ideas y motivos: Sibelius revitaliza el formato del concierto convencional en un denso primer movimiento, un lento y lírico segundo, y un final enérgico.
El autor
Considerado como conservador entre los compositores de principios del siglo XX, es fácil comprender porqué se hizo acreedor de este rótulo. Si comparamos su segunda sinfonía con algunas de las obras musicales de sus contemporáneos más abiertamente revolucionarios (Schoenberg, Webern, Ivés), o como los de Stravinsky, se comprobará que sus obras no son menos originales que las de los compositores que labraron el novedoso lenguaje musical del siglo XX.
No abandona en ningún momento la tonalidad, pero constituye una sólida prueba de que seguía siendo posible decir cosas asombrosamente originales en el viejo idioma.
Sibelius, por otra parte, raramente cita melodías folclóricas verdaderas, pero estaba profundamente preocupado por la identidad cultural de su música. Oscura, meditativa, suena distintivamente finlandesa. En su estilo, la fragmentación es la fuente de sus procedimientos formales originales. El primer movimiento de la segunda sinfonía constituye un ejemplo excelente de ello. Comienza, no con la exposición normal de las melodías completas en sí mismas, sino más bien con una serie de fragmentos aparentemente no relacionados, jirones de melodía, meras insinuaciones de temas. En general estas unidades se basan en notas repetidas o en un único tono sostenido, y a menudo, contienen una repetición interna. Este efecto unívoco es extraño, tal vez desestabilizador e intrigante. Aquí los temas ya están fragmentados, de manera que Sibelius comienza a ampliar y unir las piezas. Finalmente se integran y se logra la continuidad. En cierto sentido, este proceso es opuesto al desarrollo sinfónico tradicional.
Otras precisiones
El movimiento lento emplea también el proceso de fragmentación. Abre con una línea larga que no es una melodía, sino más bien un acompañamiento. Cuando finalmente entra la melodía verdadera, el fagot toca una serie de fragmentos. El lirismo real empieza a afirmarse, pero los motivos individuales socavan sus intentos de lograr la continuidad.
La obsesión de los fragmentos por la repetición o vuelta a la misma nota recuerda la unívoca singularidad del primer movimiento.
El scherzo se enlaza directamente con el final, con apertura solemnemente imperceptible, pero luego crece en su impulso. El tercer movimiento en realidad no termina en ningún momento, sino que es sustituido por el final.
Este último movimiento contiene un enorme crescendo hasta llegar a un clímax gigantesco. Este procedimiento requiere continuidad: por fin la sinfonía alcanza una línea melódica fluida. Pero incluso esta melodía está compuesta por una serie de fragmentos que se repiten, unidos entre sí. El lenguaje de la fragmentación está tan completamente integrado en la sinfonía, que no se lo puede eliminar, incluso por esta continua acumulación de intensidad. Ya es tarde y sobreviene la apoteosis.
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