Contra las cuerdas
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Será una de sus vacaciones más incómodas. Ya no se trata de irse con el disgusto de padecer el acampe de los municipales que entorpecen la estética lunghista. Tampoco sobre posibles incendios descontrolados en el cada vez más poblado cordón serrano.
Confió a su entorno que se va con la intranquilidad de que en cualquier momento “le tiran un muerto”. Cruda frase que se corresponde al pensamiento que “algo raro” está pasando en torno a las herramientas como protagonistas encargados de combatir o al menos contener el delito y sus más diversas caras de lo que se conoce como inseguridad.
Cuando se dejó deslizar esa lapidaria frase, rápidamente se encargaron de aclarar que no se trataría de una cuestión política partidaria (no sea cosa que el aliado político Scioli se ofenda), más bien se inclinan por una interna policial, si por interna se alude a un desmanejo de los subordinados (cada vez con menos vocación de servicio) para con sus superiores a la hora del compromiso para con velar por la seguridad de los vecinos.
En eso anda la preocupación lunghista, transitando un sórdido como delicado camino cuyo horizonte sólo vislumbra incertidumbre política frente a un flagelo que no sólo es patrimonio tandilense, pero que claramente conmueve y desestabiliza cualquier administración comunal.
Ya se dijo, el propio sondeo de opinión encargado por el gobierno aludió a que la mayor demanda ciudadana redunda en la seguridad. Se remarcó que si bien Tandil no escapa al resto de las ciudades en relación a esta insatisfacción, el ítems figura como primero en el orden de prioridades. Ubicando como máximos responsables a la policía, la justicia y, al municipio, por encima de Provincia y Nación.
Se explicó al respecto que la inseguridad es un problema de todos los días, y al ser un asunto cotidiano se lo relaciona directamente con un municipio a la hora de buscar respuestas. Se cree que al haber más confianza en el gobernante local, al tenerlo todos los días, se le exige que intervenga.
No se trataría de culpar al intendente de turno, pero sí hay una demanda de contención y mayores acciones para prevenir. Al respecto oportunamente se informó que ante una pregunta puntual de aquel relevamiento dejó un saldo más que revelador: el 70 por ciento de los consultados quisiera tener una policía comunal.
A pesar de contar con ese “termómetro” estadístico, el lunghismo se empecina en querer inculcar a quien quiera oír una verdad de perogrullo: “la competencia es de Provincia”, pretendiendo asumir el menos costo posible y desoyendo el clamor vecinal, ensayando tibios anuncios sobre inversiones en la materia.
Por eso, tras la marcha impulsada por el homicidio del joven Giacone pidió a gritos que baje algún funcionario y de la cara como señal, un gesto de que “ellos” son los responsables. Pues bien, el funcionario de segunda línea llegó y ofreció sus mejillas precisamente para recibir los sopapos porque en verdad ya no sabe qué decir frente a lo que se les fue de las manos a un gobierno que hace décadas está al frente a la provincia de Buenos Aires.
Sin sonrojarse, el funcionario sciolista respondió con la receta fácil y demagógica: ante la inseguridad más policías y, en este caso, una comisaría, como si fuese la solución del mal padecido. Como respuesta del hampa al anuncio: un espectacular y violento atraco a una familia con privación de la libertad incluida al día siguiente.
Precisamente si algo ha quedado claro (se aguarda por una definición judicial) del caso Giacone es la duda sobre el accionar policial a la hora de impedir lo que finalmente se desencadenó.
Cabe el razonamiento sobre la muerte del joven que devino de una gresca callejera y que no debiera definirse como un hecho de inseguridad como definición, pero sí lo es cuando hay un menor de edad portando armas como si fuera un joystick, y cuando se solicita el socorro policial ante el acecho de los disparos y éstos llegan tarde o, lo que sería peor, no llegan.
Tampoco se dijo aún sobre cómo quedó al desnudo el precario sistema del 101 “Mejorado”, cuyo sistema fue bajado por internet por un voluntarioso agente policial y sobre su funcionamiento ni el propio jefe de la Departamental, cuya oficina está a media docena de pasos de hombre del operador del servicio, no sabe ni cómo funciona.
Así las cosas, en medio de las espumas de las olas de las gélidas aguas de la costa atlántica, Lunghi deberá reflexionar y decidir. Si prefiere surfear las olas y rezar para que no llegue un tsunami que se lo lleve puesto, o se zambulle en la amenazante marea y ordena, sobre todo, que sus soldados dejen de broncearse en la cálida arena para asumir una responsabilidad concreta sobre un asunto que quema. De eso se trata gobernar…
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