Conversaciones
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Mi abuelo se llamaba Aquilino y era tan particular como su nombre. No volví a saber de nadie que se llamara así.
Me contaba mi padre que él lo conoció con el pelo blanco. A los veintipico de años mi abuelo se había quedado canoso, casi de repente. Antes, supo ser rubio.
Lo recuerdo con el pelo abundante y pálido, contrastando con su tez del color de los pergaminos. Y de la textura también. Su rostro era un mapa indescifrable de caminos, estrechos algunos, más anchos otros. Senderos rectos o sinuosos que se cruzaban entre sí y se perdían detrás de las orejas, al pie de los ojos azules serenos.
Lo veía durante las vacaciones de verano e invierno, cuando viajaba a Mar del Plata a quedarme algunos días.
No creo haber entablado ninguna conversación que se extendiera más allá del saludo y del cómo andaba en la escuela.
Hablaba poco y muy bajito, características que se iban acentuando cada año, cuando lo volvía a ver.
Había llegado a esa edad en la que a falta de sueño y de sueños, se asume la resignación de levantarse temprano. En el fondo de su casa del barrio de la Estación tenía un galpón donde guardaba herramientas y cachivaches de toda clase. Era de los tipos que no tiraba nada, porque "en algún momento iba a servir": corchos, focos quemados, resortes, pedazos de azulejos, diarios y toda clase de latas y frascos donde guardaba tornillos, clavos y tuercas en estricto orden.
Ese galpón húmedo y oscuro se había convertido en su lugar en el mundo. Allí se pasaba la mañana, entre los rayos de sol que se colaban por la puerta y la ventana, hasta el llamado a comer de mi abuela. Luego de la siesta, volvía y se quedaba hasta tarde, bajo la luz amarillenta de un foco de 40w.
Siempre tenía algo para hacer. Y si no, lo inventaba. De él debo haber heredado la curiosidad por desarmar aparatos de todo tipo. Radios, televisores, veladores y estufas pasaban por esa suerte de quirófano donde todo quedaba despanzurrado. Con suerte, las cosas volvían a su estado natural. Y con mucha más suerte, funcionaban.
Me gustaba mucho recorrer ese galpón sucio y silencioso, lleno de cosas con las que se podía jugar. Aquilino disfrutaba tanto de su soledad que la procuraba a toda costa. Si bien nunca me echo de su galpón, siempre me encomendaba alguna tarea para mantenerme entretenido y callado.
-Ve aquella lata, está llena de arandelas. Necesito que me las separe en tres tamaños: las chicas, las medianas y las grandes. Cuando termine, avíseme. No era ni una orden ni una invitación. Sin embargo, no había manera de decirle que no.
Era en aquellos momentos en los que lo sentía hablar solo. Al principio, pensé que se trataba de un canturreo. Apenas movía los labios y emitía un sonido, monótono y apagado. Como rezongos, como tangos o viejas canciones de cuna.
Me fui dando cuenta de que no cantaba: hablaba. Parecía mantener conversaciones con alguien más. De tanto en tanto, levantaba el tono de voz y podía escucharse un "no, así no ", un "vos qué sabés", un "ya vas a ver, ya vas a ver…".
Tal vez le hablaba a los aparatos que iba desarmando o al él mismo. O a alguien en quien había dejado de creer. Como decía Antonio Machado: `quien habla solo espera hablar a Dios un día`.
Creo haber aprendido de aquellos días que las personas calladas no son las que no hablan, sino las que no encuentran con quien hablar.
Todo lo que no les decía a su esposa, a sus hijos o a sus nietos, Aquilino lo hablaba vaya a saber con quién en su galpón.
Será por eso que no me gusta escuchar que alguien diga de otro "está hablando solo como los locos".
Será que me acuerdo de Aquilino y sus silencios poblados de conversaciones. O quizás me esté preservando a mí mismo, que de tanto en tanto me sorprendo discutiendo con estos aparatos modernos tan complicados.
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