Cortes
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
De vez en cuando se me arman unos embrollos en la cabeza y no me queda más remedio que recurrir a un profesional.
Cuando era más joven me resistía, me costaba asumirlo, me decía que de alguna manera el asunto se iba a arreglar. O, incluso, hasta me parecía que estaba bien.
Ahora no lo dudo mucho y ante el primer síntoma de que la cosa se descontrola, voy al peluquero. Aunque en realidad, debería decir voy a los peluqueros, ya que a diferencia de la mayoría, no tengo un peluquero de cabecera.
Sucede que me cuesta sacar turno, me olvido. Y sinceramente, me parece innecesario: no estamos hablando de una operación cerebrovascular como para andar tomando tantas previsiones.
Y como además no me gusta esperar, no me queda más remedio que dejarlo librado a la suerte. Si paso por una peluquería y está desocupada, me meto. Si no, busco otra.
Podrá decirse que no soy muy cuidadoso con mi peinado. Tal vez sea cierto. Como también que a esta altura de las circunstancias, tampoco es mucho lo que se puede hacer. Estéticamente hablando.
Creo también que todos los cortes para hombres son más o menos parecidos. Hace algunos años me preocupaba por decirle al peluquero `córteme bastante de acá, y de este otro lado déjemelo más bien larguito y con las patillas mejor las dejamos a media oreja` y cosas por el estilo. Y al final, el tipo hace más o menos lo que quiere. Vaya a uno u otro lado, salgo siempre parecido.
Afortunadamente, mi barrio es pródigo en peluquerías. Así que si una tarde se me ocurre pegarme una emprolijada, hago una recorrida y siempre encuentro alguna desocupada.
Desde hace bastante tiempo vengo alternando entre dos peluqueros. Paso por lo de uno, me asomo y si veo que está atendiendo y hay alguien esperando, le digo `vuelvo mañana…` y aparezco a los dos meses. Entonces, me voy al otro. Y así sucesivamente.
Como dije, todos cortan más o menos parecido. Y éstos también. La diferencia entre ambos está dada en sus rasgos de personalidad. O si se quiere, en su ideología. Mientras uno es más bien progresista y descontracturado, el otro tiene cierta tendencia derechosa que a veces me asusta.
Pero he aquí una cuestión. Si alguien se tomara el trabajo de preguntarle a uno y a otro qué opinión tienen de mí, el primero dirá: `Me parece un tipo piola, con un pensamiento bastante de izquierda`; en tanto que el otro responderá: `Es un hombre respetuoso de las tradiciones, las buenas costumbres y lo que le hace falta a este país: mano dura`.
Me pasa que últimamente no me gusta discutir en vano. Sobre todo, si mi interlocutor me tiene agarrado de la cabeza con una navaja en la mano.
Por lo demás, es un buen ensayo periodístico. Un sondeo de opinión gratuito. Tampoco es que me deje engañar; tengo en claro que así como yo ya no discuto en vano, a ningún peluquero le gusta espantar clientes por sus ideas políticas. Ambos me dicen lo que creen que yo quiero escuchar.
Así y todo, siempre resulta un ensayo interesante.
Por caso, esta semana que pasó me corté el pelo. Pasé por lo de uno y estaba ocupado; el otro, no.
-¿Cortamos como siempre? -me preguntó el hombre, atento.
-Sí, sí, métale nomás.
Al rato, y luego de hablar del clima, le tiré el comentario de rigor:
-Qué lío con esto de las canteras, ¿no?
El peluquero se despachó con un ensayo sociológico político. Habló de la necesidad de generar reglas de juego claras, de anteponer objetivos superiores por sobre intereses coyunturales, de lo que significa vivir en un estado de derecho, de garantías constitucionales y otros asuntos.
Finalmente, dio por terminada la cuestión.
-¿Y? ¿Qué le parece? -me preguntó, atento.
-Creo que usted tiene razón, le dije como siempre.
-No -me aclaró-. ¿Qué le parece el corte?
-Ah, sí, fenómeno.
Cuando llegué a casa, mi mujer me preguntó a qué peluquería había ido.
-La verdad -le dije (me dije)-, no sé.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailMás de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios