Cortinas de humo
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Acabo de terminar la columna del día (que no es ésta). Punto final, relectura y sentencia: esto no se puede publicar.
Sucede que jugar con la ironía no es fácil. Se corre el riesgo de la pedantería, la agresión o la confusión. Lo que acabo de escribir reúne estas tres características. Así las cosas, no quedó más remedio que ajusticiarla: seleccionar texto y ‘delete’. Borrado, suprimido, eliminado. Sin ningún tipo de clemencia.
Ahora estoy nuevamente ante la consternación de la pantalla en blanco y el apremio de la hora de entrega.
Para ser sincero, quise escribir sobre una sensación que me viene acechando desde hace bastante tiempo y que no puedo transformar en un razonamiento no digo medular, pero al menos entendible.
Me refiero, concretamente, a las normas dictadas de un tiempo a esta parte respecto a la prohibición de fumar en lugares públicos.
La primera aclaración que debo hacer es que pertenezco al sector fumadores. Razón por la cual, en este como en todos los otros casos, no seré imparcial.
Desde esa óptica había sido escrita la recientemente ajusticiada columna. Sólo que, con el fin de poner énfasis en algunas cuestiones que considero inadecuadas, llegué al extremo de autoproclamarme como un enfermo, perseguido por el Estado e incomprendido por la sociedad.
Una ironía que, al no cumplir con su premisa de sarcasmo al servicio de la inteligencia, se transformó en una pavada o algo peor.
Sin embargo, estimo que algo de eso hay en estas normas prohibitivas. Algo de chapucero, de quedarse a mitad de camino, de actuación pour la gallery.
Principalmente, porque este querido Tandil (que es lo que más a mano tengo, tal vez otras ciudades funcionen igual) tiene esa particularidad de que la mayoría de las normas se cumplen, pero no tanto. O se cumplen un tiempo o durante algunas horas o determinados días.
Si yo mal no recuerdo, continúa en vigencia la restricción al factor ocupacional, surgida luego de la tragedia de Cromañón, que estipula que no puede haber más de una persona por metro cuadrado en boliches y salones. También continúan vigentes la prohibición de ingreso y permanencia de menores en determinados horarios y, por supuesto, la estricta prohibición de venta de alcohol a los chicos.
Normas, todas éstas, surgidas desde la mejor de las voluntades, con las más nobles de las intenciones, justas y de sentido común. Pero inaplicables, al menos en la práctica. De tanto en tanto, un acta de contravención como para calmar las conciencias. Nada más.
Con la ordenanza antitabaco ha de pasar y pasa lo mismo. Sólo el empecinamiento del promotor de la norma, el ex concejal Juan Carlos Giménez, obliga a los permanentes controles y seguimientos.
Debería haber, supongo, un Giménez para el factor ocupacional, un Giménez para el tema del alcohol y los menores, un Giménez para que se use casco, un Giménez para cabarets, etc. O sea, debería haber un Estado con la perseverancia de un Giménez, que se encargue de hacer cumplir las normas que él mismo promueve.
Un Estado/Giménez. Caso contrario, queda librado a la mejor o peor voluntad de los afectados directos e indirectos.
Por lo demás, una buena campaña contra el tabaquismo limitada a la prohibición de fumar en determinados o todos los lugares es, mínimamente, incompleta. Nada que no se pueda solucionar con un extractor potente. Si de lo que se trata es de preservar la salud, un Estado/Giménez debería poner el acento en ayudar a librarse de la adicción a quienes estén dispuestos, antes que a perseguir a los que se empecinan en fumar escondidos detrás de las columnas. Por ejemplo, que los costosos tratamientos antitabaco estén cubiertos ciento por ciento en obras sociales y prepagas.
Para lo cual, un Estado/Giménez debería comenzar por dejar de cobrar suculentas cifras en concepto de impuestos por la venta de cigarrillos. Mal puede combatir aquello que lo alimenta. El día que los ladrones deban tributar el 21 por ciento de IVA sobre el botín de sus asaltos, seguramente los patrullajes policiales serán aún más laxos.
Decía, en la ya fenecida columna, que en lo personal, normas como éstas sólo logran que un tipo como yo se sienta un pavote, fumando en la vereda de un café, mientras no muy lejos de ahí o algunas horas más tarde, algunas risotadas se dejan escuchar detrás de una cortina de humo.
De unas cuantas cortinas de humo.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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