Cosificados
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No sé cómo funcionará en las peluquerías o en otros ámbitos netamente femeninos, pero en las mesas de café, el asunto es más o menos así: dos o tres tipos sentados ya gastaron los veinte minutos iniciales que insume ponerse al día en discusiones futbolísticas o políticas. Miran hacia la vereda como quien espera que pase un barco. Hasta que llega un cuarto y en un mismo movimiento saluda, le pide lo de siempre al mozo, repasa el diario y se sienta.
Ya instalado y mientras sacude el sobrecito de azúcar, lanza el comentario. O mejor dicho, la introducción:
-El que está complicado es ‘coso’…
Y basta ese mínimo prólogo para darnos cuenta de que estamos frente a un profesional del rumor, un maestro del chisme. Un académico.
En la ambigüedad y escasez de la sentencia radica el éxito.
Vale la pena analizarlo.
Una complicación puede ser apenas un percance, un contratiempo. Pero que alguien esté complicado incluye un abanico de posibilidades que van desde una enfermedad hasta una quiebra, de una separación a un delito.
Y el sujeto de esta circunstancia es nada menos que ‘coso’. O sea, un conocido, alguien cercano, un vecino, un pariente, uno de nosotros.
El sustantivo ‘coso’ en ese contexto no es un barbarismo ni insuficiencia de vocabulario: es un anzuelo. Porque si el profesional hubiera dicho su nombre de entrada, puede que alguno de sus interlocutores no lo conociera y por lógica, perdiera inmediato interés en el asunto.
La pregunta no tardará en llegar:
-¿Quién, che?
Y listo. No hay manera de evitar lo que se viene. El daño está a punto de concretarse. La única manera de impedirlo hubiera sido que los restantes integrantes de la mesa dejaran pasar el momento, salieran con otra cosa, con un comentario sobre el tiempo o la chica que pasa por la esquina. Ahora (tras el ‘¿quién?’) no hay marcha atrás.
Quién, justamente, podría permanecer indiferente. Hasta el más discreto se sentiría tentado aunque sólo sea a escuchar la historia de ‘coso’ y sus vicisitudes.
El profesional se aseguró la atención de los espectadores. Paso siguiente, desplegará el rumor, citando fuentes de absoluta confianza y en caso de ser necesario, eludiendo detalles precisos con el consabido "tanto no me dijeron".
En cuestión de días, a lo sumo un par de semanas, ‘coso’ y sus complicaciones estarán en boca de medio Tandil.
Porque, supongamos en el mejor de los casos que de los cuatro integrantes de la mesa fatal uno se olvide del asunto y otro se dedique a negarlo (lo que no hará más que generar una polémica; peor aún). Quedarán todavía un tercero y, obviamente, el académico del chisme.
A esto debemos sumarle los aportes voluntarios que cada uno de los integrantes de la cadena irá sumando. Una suerte de teléfono descompuesto y malintencionado. De manera tal que ‘coso’ ya no estará enfermo sino medio muerto, la quiebra será fraudulenta, la separación, por infidelidad, o el delito, un homicidio.
Nadie, en este Tandil medio pueblo medio ciudad, puede sentirse a salvo del rumor. Ni siquiera el tiempo mitiga sus efectos, porque los rumores no prescriben, en todo caso, se reciclan.
Habrá que esperar a que las nuevas generaciones y los venidos y quedados atemperen esta injusticia. No es que vayan a erradicar esta costumbre. Pero quizás cuando alguien nombre a ‘coso’, tres de los cuatro integrantes no sepan de quién está hablando, miren para afuera y elogien los encantos de una dama.
Coso, agradecido.
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