Crecer
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Por estos tiempos, los medios nacionales nos traen a diario noticias acerca de derrumbes en Buenos Aires. Conocedores un poco de las características de cierto periodismo, de moverse por espasmos o modas, al tema hay que tomarlo con pinzas. Como están las cosas, la caída de cuatro ladrillos de un tapial puede llegar a ocupar un espacio en la primera plana de algún diario.
No obstante, el caso del edificio de calle Mitre es más que contundente. Y más allá del tema de las inspecciones, la poco feliz declaración del jefe de Gobierno porteño, la actuación de funcionarios -asuntos que deberán debatirse en las áreas correspondientes-, lo que subyace es quizás lo más importante: el crecimiento desbocado de una actividad rentable como pocas.
Y si algún punto hay en común entre lo que ocurre en la Capital y en Tandil es precisamente ése, la dinámica de la construcción.
Por cada cuadra de la ciudad hay, al menos una obra; en la zona céntrica o semicéntrica, muchas de ellas corresponden a edificios o complejos de departamentos.
Pero también en los barrios, en la periferia y hasta en la zona serrana la actividad es incesante. Los fines de semana ofrecen la oportunidad de recorrer lugares que, por cuestiones de la rutina diaria, no se frecuentan habitualmente.
Cada recorrida permite apreciar cambios notables en el paisaje urbano; antiguas casonas que caen ante el avance inexorable de las nuevas unidades habitacionales, manzanas completas que hasta hace no muchos años eran espacios baldíos hoy están totalmente habitados.
La cara -por llamarlo de alguna manera- de este tema es el beneficio que conlleva toda actividad en auge: mano de obra, beneficios económicos para corralones y otros comercios del ramo, acrecentamiento de las arcas públicas en materia de tasas y tributos, etc. Otra de las ventajas que debiera traer este desarrollo es el aumento de la oferta, con la consecuente estabilización de un mercado que desde al menos una década parece descontrolado. Por ahora, éste es un tema pendiente: lejos de reacomodarse, los valores de alquileres y venta de propiedades continúan en alocada suba.
En noviembre de 2004, tras varios meses de debates y consultas a sectores directamente involucrados, el Concejo Deliberante aprobó un Plan de Ordenamiento Territorial, que luego mutó en el actual Plan de Desarrollo Territorial. La diferencia entre un término y otro va más allá de la semántica: una cosa es un plan que ordene y otra un plan que desarrolle.
La norma fue reglamentada al año siguiente por el Gobierno provincial. Por fin, y tras toda una historia de ausencia legal en la materia, la ciudad había podido sentar las bases de un plan director que rigiera, con cierto orden y racionalidad, un crecimiento que amenazaba con descontrolarse.
A siete años de su implementación, la pregunta se impone: ¿alcanzó el Plan de Desarrollo Territorial para poner freno a una actividad que, como todo emprendimiento lucrativo, persigue exclusivamente fines de lucro?
Y si se quiere, otro interrogante anexo: ¿se cumple a rajatabla este plan o, como toda norma bienintencionada, deja flancos vulnerables a través de excepciones u otras vías?
Cierto es que, mientras en un despacho municipal se ultimaban los detalles para darle forma al texto de la ordenanza, en una oficina contigua se aprobaban planos de obras que contrariaban ese espíritu, pero quedaban amparadas por estar siendo presentadas antes de la aprobación del plan.
Las preguntas están planteadas y detrás de ellas, el gran interrogante: qué tipo de ciudad queremos. La que crezca a toda costa en aras de un desarrollo excepcional (es decir, que contemple excepciones) o la que ponga frenos, límites, que impliquen beneficios que no sólo se midan económicamente.
De tanto en tanto está bueno mirar lo que pasa en otros lados para saber dónde estamos parados. Buenos Aires, por estas horas, tal vez nos esté dando algunas respuestas.
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