Credos
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
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Todo lo que escribí hasta este momento es superfluo, indecoroso, inútil. Son las seis y pico de la tarde y el televisor me alerta de la peor noticia. El más temido de nuestros presagios, el que ni siquiera nos animábamos a decir, se hizo realidad.
Y ahora no sé qué quiero hacer: si seguir mirando y escuchando noticieros, si apagar todo, si refugiarme en las dos o tres cosas que me contienen.
Mi amargura tiene un límite y mi bronca no tolera un detalle más para desembocar en violencia. Y quién podría soportar hoy una muestra más de violencia.
De un momento a otro me paro y me voy. Necesito un viento frío del sur que me atraviese hasta los huesos; necesito de la noche más oscura, necesito el silencio de los ruidos lejanos. Voy a ponerle distancia a este momento y lo poco que puedo sumar ahora son cuadras y calles, hasta llegar a veredas desconocidas. El tiempo no me pertenece, tan siquiera para adelantarlo, para dejarlo atrás, para olvidarlo bien lejos.
No me voy a sumar, ni ahora ni mañana y espero que nunca al coro de venganza. Mi dolor es auténtico y solidario. Mi dolor ha de ser el mismo de millones de buenas gentes que no esperaban este desenlace. Los que imploraron a Dios, los que estrecharon sus manos, los que se aferraron a sus creencias y hasta los que licenciaron sus escepticismos en busca de otro final.
Mi dolor que es genuino, pero apenas solidario y extensivo, no pide más sangre para reparar la sangre. No hay muertes que remedien muertes. No hay furia que redima horrores.
Para los que no creemos en justicias divinas, sólo nos queda la terrenal. Y así como ante las tragedias los creyentes más se aferran a su Dios, más me aferro en este momento a la Justicia.
Mi credo de ciudadano no implora. Exige. Espero juicios, sentencias, veredictos y castigos por esta muerte atroz. Mi credo no es celestial, pero tampoco mundano. Por eso no quiere misericordias. Con los buenos hay que ser buenos; con los malos, hay que ser justos.
Mi credo pide verdad. Mi fe exige justicia.
Y ahora no sé qué quiero hacer: si seguir mirando y escuchando noticieros, si apagar todo, si refugiarme en las dos o tres cosas que me contienen.
Mi amargura tiene un límite y mi bronca no tolera un detalle más para desembocar en violencia. Y quién podría soportar hoy una muestra más de violencia.
De un momento a otro me paro y me voy. Necesito un viento frío del sur que me atraviese hasta los huesos; necesito de la noche más oscura, necesito el silencio de los ruidos lejanos. Voy a ponerle distancia a este momento y lo poco que puedo sumar ahora son cuadras y calles, hasta llegar a veredas desconocidas. El tiempo no me pertenece, tan siquiera para adelantarlo, para dejarlo atrás, para olvidarlo bien lejos.
No me voy a sumar, ni ahora ni mañana y espero que nunca al coro de venganza. Mi dolor es auténtico y solidario. Mi dolor ha de ser el mismo de millones de buenas gentes que no esperaban este desenlace. Los que imploraron a Dios, los que estrecharon sus manos, los que se aferraron a sus creencias y hasta los que licenciaron sus escepticismos en busca de otro final.
Mi dolor que es genuino, pero apenas solidario y extensivo, no pide más sangre para reparar la sangre. No hay muertes que remedien muertes. No hay furia que redima horrores.
Para los que no creemos en justicias divinas, sólo nos queda la terrenal. Y así como ante las tragedias los creyentes más se aferran a su Dios, más me aferro en este momento a la Justicia.
Mi credo de ciudadano no implora. Exige. Espero juicios, sentencias, veredictos y castigos por esta muerte atroz. Mi credo no es celestial, pero tampoco mundano. Por eso no quiere misericordias. Con los buenos hay que ser buenos; con los malos, hay que ser justos.
Mi credo pide verdad. Mi fe exige justicia.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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