Cristina Fresca expone su obra en el Mumbat bajo la curaduría del experto Máximo Jacoby
“Miradas en juego” es una invitación a los visitantes a recuperar el lúdico placer de ver con todos los sentidos, implicando sus experiencias subjetivas, lo visible, lo invisible, en un juego de recíproca tensión.
-¿Cómo nace “Miradas en juego”?
Cristina Fresca: -Nace a partir de una amistad que tengo con Milo Lockett. Nos decidimos a hacer una muestra juntos. Primero empezamos a ver los puntos en común que tiene nuestra obra. Surgió que lo lúdico y el juego de las miradas eran protagonistas. Tratamos de ver cómo personajes tan distintos en las obras de cada uno podían dialogar en un espacio tan magnífico como es el Mumbat.
-En esta oportunidad presentás obras en distintos formatos…
C.F.: -Sí, en esta oportunidad, y a partir del análisis que hace Máximo Jacoby -que es el curador de la muestra-, presento diferentes series: primero, la segunda parte y cierre de lo que mostré en Tandil hace un tiempo, que era “Quiero otra vuelta hoy como ayer”. La metáfora de esa serie es que si en la vida nos atrevemos a jugar, siempre vamos a tener una nueva oportunidad.
Después hay una serie muy blanca que está puesta a manera de instalación y remite a la infancia, a la inocencia, algo que se va perdiendo.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email-¿A qué se debe el nombre de la muestra?
C.F: -En sí, la pregunta que dio origen a la muestra, es qué miramos. Nosotros miramos, pero no vemos. Por eso el material que uso en la obra –venecitas blancas- es significativo; creo que las grandes cosas se construyen con pequeñas cosas. Además, rescato que lo que queremos ver, no siempre está en primer plano, sino por detrás. Por eso hay imágenes detrás de un enmarcado…
-Siempre están jugando con el concepto “del ver” plasmado en distintos dispositivos…
C.F: -Exacto. Si necesito la fotografía, venecitas, una tela, a todos los uso como recursos. Además, dialogo con un pintor a pleno color y movimiento como es Milo Lockett. A él lo caracteriza que su obra tiene lo mínimo y lo máximo del ser humano. Su trabajo es tan genuino como su persona. Él es la obra.
-Tu propuesta es sumamente contemporánea…
C.F: -Yo vengo de la pintura, y la fotografía me ha servido para seguir pintando de otra forma. Tomo las imágenes, la toma directa, pero después sintetizo el trabajo hasta ese mínimo que quiero, que es que el espectador pueda encontrarse y terminar de armar la imagen.
En líneas generales, son dos tomas. De ellas recorto, monto una con otra y suelo pintar lo que quiero que desaparezca, para que el espectador pueda armar lo que falta con su propia imaginación.
-¿Qué expectativas tenés con esta muestra?
C.F: -Con Milo siempre es crecimiento. Nos gusta trabajar juntos y entre lo igual y lo opuesto que tienen nuestras obras, el resultado es muy rico para que el público pueda disfrutar. La riqueza está en la diferencia.
-Has realizado la curaduría de la obra de Milo Lockett y Cristina Fresca. ¿Cómo definiste la puesta?
Máximo Jacoby: -Yo los conozco a los dos, el año pasado hicimos una muestra en el Centro Cultural Ricardo Rojas con otros dos artistas y nos quedamos con las ganas de hacer una muestra de Cristina y Milo.
-¿Qué propuesta formularon?
M.J: -Surgió la posibilidad del museo de Tandil y traté de encontrar un punto en común. A priori, son obras que parecen muy difíciles de conectar, porque Milo tiene como característica una figuración profundamente espontánea, y Cristina hace un trabajo minucioso en la fotografía y en la posproducción digital. En esto se ve una exquisitez increíble. Entonces, el desafío fue encontrar, más que una conexión formal, una conceptual, así que trabajamos con las miradas.
-¿Qué encontraste respecto al “ver”?
M.J: -En las obras de Milo, las miradas generan direcciones y casi estados de ánimo. Los conectamos con la mirada en la obra de Cristina, que es diferente.
En el primer caso, funciona como un gesto de inocencia y en el segundo, de poder y crítica de género. Ella ubica cuál es la mirada de la mujer, de la infancia, del otro. Tratamos de hacerlos convivir, aunque hay momentos donde respetamos las individualidades por sala.
-¿Y cómo se produjo la disposición de las obras?
M.J: -Lo que pensamos fue cómo jugar con la mirada del espectador sobre la obra y la devolución que la obra hace de ella. Hay miradas inquietantes de una niña que, de la inocencia, pasa a lo siniestro.
Esa vuelta tan amorosa a la infancia que se presenta en las obras, puesta en una sala blanca, que parece acética, genera una imposibilidad de tener una visión sobre lo siniestro, sobre lo inconsciente.
De manera que, a través de unos cubos, imposibilitamos algunas miradas que obligarán al espectador a que mueva su cuerpo, encontrando distintos puntos de vista de las obras, porque la realidad es el punto de vista desde donde me paro.
-¿Cómo surgen este tipo de propuestas?
M.J: -Hoy en día, el arte tiene que proponer ideas simples que se potencien con el espectador, y no ideas complejas con las que el espectador se quede afuera.
Entonces, queremos que la muestra sea sencilla y que el espectador complejice la lectura con su mirada, por eso se llama “juego de miradas”, que tiene que ver con qué podemos ver y qué no.
-¿Cómo te resultó el espacio para el trabajo?
M.J: -Muy bien, yo lo había conocido por una muestra que habían hecho Omar Panosetti y Diego Perrotta y me mostraron cómo habían hecho el montaje, conocía los planos.
El lugar está muy bien, es impecable. Tiene muchas salas, buena iluminación, la arquitectura no es dominante, no es de esos museos en que la obra es el museo mismo. Este espacio está pensado para respetar el trabajo y la creatividad del artista y eso, es más de lo que muchos pueden ofrecer.
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