Crónica de una Muerte Anunciada
El viernes a la noche, Luis Cano dejó el cuerpo y el alma en su humilde comercio de barrio. Como lo había hecho cada día de su vida. Sólo que esta vez, la ofrendó inútilmente a manos de un fenómeno social que resulta incontrolable.
Nadie mejor que él, al menos por estos lares, había advertido sobre el cóctel letal que supone una sociedad pauperizada, en la que la marginalidad se codea a diario con todo tipo de estimulantes para llevar a cabo sus oscuros y, como ahora, hasta trágicos designios.
Hace apenas diez años, otro Cano, Juanito, se había convertido en un mojón insoslayable de una ruta plagada de desidias e impunidades. Nada cambió desde entonces. O lo que es peor, todo se agravó.
Se ha repetido que Tandil no es comparable con el Conurbano bonaerense u otros puntos críticos de la violencia delictiva, pero también es cierto que en materia de seguridad desde hace un mal rato se viven sensaciones otrora desconocidas. Encima, se convierten seguido en realidades fatales. Y allí ya no hay más vuelta que darle.
Carlos Solari, un artista sensible, describe desde sus versos aquello de ?que podría ser peor, eso no me arregla a mí?, que cae como anillo al dedo del sentir actual del tandilense medio.
Pero también ha advertido sobre el riesgo de caer en tentaciones extremistas que rara vez han logrado resultados: ?Los chicos no nacen malos?, sabe decir para bucear en el fondo de un océano de complejidades.
Claro está que nuevamente la política, la policía y la Justicia llegaron tarde. Que quedaron atrapadas en sus propias burocracias, en el mejor de los casos, y miserias, en el peor de ellos. Entrampadas en un sistema que no ha sido capaz de generar anticuerpos indispensables ante tamaña epidemia.
Y que, como Gabo, Luis Cano había escrito, con su repetida presencia mediática en forma de ruego, su propia ?Crónica de una muerte anunciada?. Y van…
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